Sindicatos: 200 asistentes y 30 antidisturbios por barba
¿Qué pasa cuando una manifestación sindical reúne a 200 personas y a 30 agentes antidisturbios por cabeza? Que el acto se convierte en un esperpento. Eso es lo que denuncian los críticos con la última protesta de UGT y CCOO, una concentración que, según los asistentes, se dirigía contra la oposición y no contra el Gobierno. El resultado: una plaza medio vacía, un cartel que parece de otro tiempo y un sindicalismo que, a juicio de muchos, ha dejado de representar a los trabajadores para convertirse en una oficina más del poder.
La escena, captada en vídeo, muestra a un grupo reducido de manifestantes, en su mayoría veteranos, coreando consignas contra el PP mientras el Ejecutivo socialista permanece en la sombra. La convocatoria, lejos de ser un éxito, se ha convertido en el ejemplo perfecto de la desconexión entre las cúpulas sindicales y la base social. Los datos son tozudos: 200 asistentes frente a 30 agentes, una proporción que, más que una protesta, parece una operación de marketing fallida.
¿Por qué se manifiestan contra la oposición y no contra el Gobierno?
La pregunta es obligada. Los sindicatos, que deberían fiscalizar al Ejecutivo, han optado por arremeter contra el principal partido de la oposición. Según los críticos, esta estrategia responde a un pacto no escrito: el Gobierno ha duplicado la subvención a los sindicatos semanas antes de la manifestación, según informaciones publicadas. El dinero público, lejos de fortalecer la independencia sindical, habría comprado silencio y complicidad. La protesta, en lugar de exigir mejoras laborales, se convierte en un acto de campaña a favor del Gobierno.
Hay quien sostiene que los sindicatos actúan como una mafia: no se manifiestan contra quien les paga, sino contra quien podría recortarles el grifo. La lógica es perversa: si el PP vuelve al poder, las subvenciones peligran; por tanto, mejor movilizarse contra la oposición y asegurar la continuidad del chiringuito. Mientras tanto, los trabajadores de verdad, esos que madrugan y cobran mileuristas, siguen sin representación real.
¿Cuántos asistentes tenía la manifestación de los sindicatos?
Los datos disponibles apuntan a 200 personas. Una cifra ridícula para una convocatoria nacional. En Gijón, por ejemplo, los servicios de discoteca estaban más llenos que la plaza donde se concentraron. La mayoría de los asistentes eran jubilados, según los testimonios, lo que evidencia el envejecimiento de la base sindical. Los jóvenes pasan de estas cosas. En 20 años no habrá ni afiliados ni manifestantes.
La proporción es demoledora: 30 agentes antidisturbios por cada 200 manifestantes. Es decir, un policía por cada seis o siete asistentes. Nunca una protesta tan pequeña había requerido un despliegue tan grande. Algunos ironizan con que los agentes cobran horas extras y los sindicalistas, dietas. Otros ven en esta imagen el símbolo del fin de una era: el sindicalismo de clase ha muerto y lo que queda es una caricatura subvencionada.
El vídeo que muestra la agresividad sindical
El material audiovisual recoge momentos de tensión. Un sindicalista, fuera de sí, amenaza a un contrario con arrancarle la cabeza. La agresividad verbal contrasta con la escasez de convocatoria. Es la pataleta de quien se sabe acorralado. Los sindicatos, acostumbrados a vivir del erario, no aceptan que la sociedad les dé la espalda. Y cuando la realidad les golpea, responden con insultos y amenazas.
La escena recuerda a una película de Fellini: un grupo de veteranos manifestándose contra la oposición mientras el Gobierno les financia. El surrealismo es tal que algunos se preguntan si no estaremos ante el fin del sindicalismo tal y como lo conocíamos. La respuesta, probablemente, es sí. Los sindicatos han pinchado. Y lo saben.
Al final, la conclusión es la de siempre: los sindicatos defienden sus intereses, no los de los trabajadores. Y mientras tanto, la fiesta la pagan los contribuyentes. Una fiesta que, viendo el panorama, tiene cada vez menos invitados.