Lidl de los 90: el garaje con palets que ya no vuelve
A finales de los 90, entrar en un Lidl español era entrar en un almacén. Palets en filas, cajas de cartón en los pasillos, luz tenue, folletos gigantes impresos en papel reciclado y un surtido que no existía en ningún otro sitio. No aceptaban tarjetas:
cash only. Y sin embargo, buena parte de quienes lo conocieron entonces sostiene que aquel supermercado era mejor que el actual. No más bonito. Mejor.
La tesis que recorre la conversación es sencilla: el Lidl primitivo traía excedentes de producción del norte y centro de Europa a precios que rompían el mercado español, sin adaptarse a los gustos locales ni pedir perdón por ello. Productos raros, etiquetas en alemán, información nutricional en un idioma que nadie leía. Hoy ese modelo se ha diluido en una cadena más, con app de cupones, bazar y producto español. La pregunta es si ganó el cliente o perdió el comprador de 1998.
Qué vendía el Lidl que ya no vende
El catálogo de entonces funciona como inventario de una España que aún no había globalizado la cesta de la compra. Arenques en vinagre con eneldo en tarros de medio kilo —algo muy bien considerado en Alemania y que aquí nadie había visto—, tabletas de chocolate precortadas por menos de 20 duros, cerveza alemana de la zona de Baviera a 25 pesetas el bote, copas de chocolate y nata a 15 o 20 pesetas la unidad, pizzas a 30 pesetas. Pan de verdad, no el pan blanco y chicloso del supermercado convencional.
La lista de precios que se maneja en la conversación tiene un valor casi arqueológico. Los postres de chocolate y nata que se compraban a 15 o 20 pesetas se venden hoy, en el mismo formato, a 59 céntimos: al cambio, unas 100 pesetas. La cerveza alemana a 25 pesetas el bote es el otro ancla. Y el detergente en polvo en cajas grandes, que entonces era un valor seguro de la cadena, hoy es más difícil de encontrar en sus estanterías que la marca blanca.
El surtido era el argumento. Había productos que no se encontraban en ningún otro sitio y que justificaban el viaje. Esa es la parte que más se repite:
la capacidad de sorprender. Un supermercado que en 1999 abría en una ciudad media con folletos de tamaño gigante y tipografía brutalista generaba una curiosidad que ninguna campaña de marketing actual reproduce.
La estética de economato soviético que algunos echan de menos
La descripción del local se repite con precisión de testigo: garajes con estanterías, palets, cajas de por medio, poca iluminación por la tarde y noche. Un formato que se compara con los antiguos DIA y que hoy resulta impensable.
Era broootal, resume uno de los relatos, y todo estaba tirado por el suelo.
Esa cutrez tenía un efecto secundario inesperado: la sensación de estar comprando en un sitio donde el precio era lo único que importaba. No había música ambiental ni pasillos anchos ni secciones de bazar. Había producto y había precio. La modernización posterior —por zonas, en distintas oleadas, con un impulso claro tras la crisis de 2008— convirtió aquellos locales en supermercados de barrio presentables. El resultado, según varios testimonios, es que hoy no se distingue un Lidl de un Mercadona o un Carrefour pequeño.
Hay quien va más lejos y sostiene que la cadena se ha «mercadonizado»: mismo aspecto, mismo tipo de surtido, precios que ya no son los de antes. La fruta y la verdura se compran en el mercadillo y la carne y el pescado en el mercado municipal. El Lidl ha dejado de ser una anomalía para ser una opción más.
El bazar, la app y el problema de las existencias
La transformación tiene una cara visible: el bazar. Herramientas de la marca Parkside, ropa deportiva, depiladoras de cejas, radiales. Un comprador resume la experiencia actual con una imagen que vale por un análisis: te vas con la pechuga de pollo, la depiladora y una radial. La cadena que vendía chocolate alemán ahora compite en el terreno del bazar con el comercio de proximidad.
El sistema de cupones y la app Lidl Plus concentran buena parte de las críticas. Los descuentos están limitados a cuatro unidades por cliente, frente a otras cadenas que no ponen tope y acumulan el cheque ahorro. Las etiquetas naranjas de producto cercano a caducidad no siempre se aplican bien en caja. Y los cupones de la aplicación, según varios relatos, son en buena parte morralla: bebidas de soja, menaje, productos de limpieza específicos.
Cicatería digital para sostener un relato de ahorro.
A eso se suma un fenómeno que trasciende la cadena: cuando hay una oferta muy buena, desaparece rápido. Hay quien habla de compradores que arrasan el stock para revender. El cliente que llega después encuentra la estantería vacía. La queja sobre faltas de existencias en tiendas de Alemania y de España aparece en la conversación como señal de un problema más amplio de suministro, aunque nadie aporta datos que lo confirmen.
La calidad que se fue por el desagüe
El otro gran capítulo es el de la calidad percibida. Los envoltorios cada vez más finos —los yogures que se atraviesan con la cuchara—, los yogures naturales que parecen agua, las natillas de chocolate sin chocolate. La crítica no es nostálgica: es de producto. Se ahorra en packaging y en ingredientes para bajar el precio unos céntimos y poder decir que se es más barato.
El chocolate y la mermelada son el ejemplo recurrente. La mermelada de fresa con trozos de fruta en cantidad se ha convertido, según los relatos, en algo sintético. El chocolate que venía de Alemania o Bélgica ya no sabe igual. Los postres que estaban buenos cambian de receta a peor cada año o dos, o reducen cantidad. Es la misma queja que se aplica a la cerveza: la que era una cerveza alemana con cuerpo es ahora agua.
En el lado contrario, hay quien defiende que la cadena actual tiene más surtido, producto español y mejores precios que otras cadenas nacionales, y que la fruta y la verdura se compran fuera por costumbre, no por necesidad. La discusión no está cerrada. Lo que sí aparece con claridad es que el Lidl de 1999 y el de hoy son dos empresas distintas con la misma marca.
El cliente que ya no es el mismo
La evolución del público es otra capa del asunto. En los primeros locales, la clientela era la del barrio popular. Con el tiempo, y según algunos relatos, la cadena movió sus ubicaciones a zonas donde hiciera falta coche para llegar. La lectura que se hace de ese movimiento es incómoda y no está demostrada: se sugiere que respondió a un cambio de perfil de cliente. Lo que sí está documentado en los testimonios es el estigma inicial: había quien te miraba mal por comprar allí, y soltaba comentarios.
Hoy el juicio social se ha invertido. El Lidl es una opción respetable, incluso aspiracional en su sección de bazar. La paradoja es que esa respetabilidad se ha comprado a costa de lo que lo hacía distinto. El supermercado que traía productos que no existían en España ahora vende, sobre todo, productos que existen en todas partes.
Queda una pregunta sin respuesta en el material: si el modelo de descuento duro era sostenible o si la modernización era inevitable para sobrevivir. Quienes añoran los palets no compran el relato de la nostalgia fácil. Compran la sensación de que algo se perdió por el camino y de que ese algo no era solo el precio.