Sicarios con escuela en Sudamérica y sin miedo a actuar de día
Dos sicarios. Uno dispara, el otro descuartiza. Viven en Madrid y, según el relato periodístico que ha encendido la conversación, aprendieron el oficio en una escuela de un país sudamericano que algunos comparan con el Harvard del crimen. Ya no esperan a la noche. Actúan a pleno día, a la vista de todos, y el ruido de los disparos funciona como aviso para el resto. Es la tesis que sobrevuela el asunto: los sicarios en España han perdido el miedo.
El material de partida son dos piezas de prensa. Una, de El Español, reconstruye la pareja que reside en Madrid y reparte roles. La otra, de La Vanguardia, sitúa los focos principales en Madrid, Alicante y el sur, y subraya el cambio de patrón: los asesinatos ya no son nocturnos. Sobre ese esqueleto se ha montado una discusión que mezcla estupefacción, dudas sobre la veracidad del testimonio y una pregunta incómoda: ¿cómo alguien cuenta esto en una entrevista y sigue tan tranquilo?
¿Existe una escuela de sicarios por encargo?
El relato sitúa esa academia en un país sudamericano, sin concretar cuál. La comparación con Harvard no es un dato, es una imagen: se usa para subrayar el prestigio que, según esta versión, tendría el centro entre quienes se dedican al crimen por encargo. No hay nombre, ni ciudad, ni matrícula. Solo la afirmación de que existe y de que no es fácil que te admitan.
Ahí empieza el escepticismo. Una parte de la conversación directamente no se cree el relato y lo compara con una trama de ficción. Otra lo acepta como síntoma de algo más grande: la profesionalización de un mercado negro que, como cualquier otro, se organiza, forma a su gente y reparte tareas. La división del trabajo que describe el caso —uno ejecuta, otro se encarga de hacer desaparecer el cuerpo— es, precisamente, lo que más inquieta.
Por qué los asesinatos ya no se cometen de noche
El cambio de horario es el dato que más se repite. Según el relato periodístico, los homicidas aprovechan la luz del día ante la indiferencia o la parálisis de quienes asisten a la escena. El disparo a plena luz no busca pasar desapercibido: busca que se vea. Funciona como escarmiento, como una llamada, como decir «toma».
Esa lógica del mensaje es la que conecta con la idea de que han perdido el miedo. No es solo que actúen: es que quieren que se sepa. Y sobre ese punto aparece una hipótesis que circula en la discusión: que la pareja no sea tanto un equipo operativo en España como una herramienta de coacción. Es decir, que se muestre su existencia para que un cliente moroso entienda el primer aviso. Es una interpretación, no un hecho probado.
El problema del periodista que entrevista a un asesino
¿Está obligado un periodista a denunciar lo que le cuentan sus entrevistados? La pregunta recorre buena parte del intercambio. Una posición sostiene que no existe tal obligación profesional y que el valor informativo del testimonio prevalece. La contraria responde con el principio de que nadie está por encima de la ley y que el desconocimiento no exime de cumplirla.
El propio autor del trabajo admite que había entrevistado a sicarios antes y que había visto violencia en países en guerra, pero que este caso supera registros anteriores. Ese detalle —la comparación con contextos bélicos— es el que da peso a la historia. También es el que alimenta la sospecha de que todo sea un montaje.
Madrid, Alicante y el sur: el mapa que se repite
La geografía del fenómeno, según las piezas citadas, se concentra en Madrid, Alicante y el sur. El material lo enmarca en una discusión más amplia sobre inmigración y seguridad que estos días ha dejado titulares como el de un joven de 21 años herido muy grave tras ser tiroteado cuando caminaba por la calle en Madrid.
Ahí el asunto se cruza con otro debate, el de las políticas migratorias y su relación con las mafias. Hay quien sostiene que la llegada de población extranjera sin control alimenta estas redes; enfrente pesa el argumento de que el problema es la demanda de mano de obra barata y la existencia de economías sumergidas que aprovechan la vulnerabilidad. La discusión se calienta y, como casi siempre, se mezclan causas estructurales con anécdotas.
El caso deja una cifra que descoloca: la pareja que dispara y descuartiza vive en Madrid, a la vista de todos, y concede entrevistas. Si el relato es cierto, el problema no es que existan sicarios. Es que ya no les haga falta esconderse.