Mantecados Felipe II a casi 40 euros el kilo: calidad o exceso
Un kilo de polvorones de marcas clásicas se ha visto a 4,50 euros en algunas cadenas, mientras que los de la firma Felipe II se han pagado a 36 euros y hay quien los ha visto a 45. Para una parte de los que participan en el debate, esa diferencia no está en la harina ni en el azúcar, sino en la marca. Los mantecados y polvorones de Felipe II, que estos días aparecen en tiendas y supermercados, rondan esas cifras y han reabierto la discusión recurrente de cada diciembre: cuánto de ese dinero compra producto y cuánto compra relato. Según a quién se pregunte, el mismo dulce es un homenaje a la infancia o un atraco a mano armada.
Cuánto cuesta un kilo de mantecados Felipe II
Los precios que manejan los aficionados al dulce navideño son elocuentes. La caja se ha visto a 35 y pico euros el kilo en una cooperativa de Vizcaya y a 36 y pico en Eroski. En un bar, la caja se vio por más de
200 euros. Y en un bazar chino la unidad se despacha a un euro, según un comentario del hilo. La aritmética ayuda a dimensionarlo: cada pieza pesa
40 gramos, así que en un kilo entran unas 25 unidades. A 40 euros el kilo, la bandeja de Navidad deja de ser un capricho menor y se convierte en una partida presupuestaria.
Hay quien sostiene, sin aportar prueba, que el encarecimiento no responde a la calidad del dulce, sino al origen ucraniano de la materia prima. Es una hipótesis que circula sin prueba y que convive con la explicación opuesta: que el producto siempre fue el más caro del mercado, con mucha diferencia sobre el resto, y que el precio actual solo ha terminado de romper la escala.
El margen: harina, azúcar y manteca a precio de iPhone
Un kilo de mantecados se elabora con harina, azúcar y manteca de cerdo. Hay quien calcula que, incluso con materia prima de la mejor calidad, el coste del kilo no llega al euro, de modo que un precio de venta de 40 euros dejaría un margen próximo al
4.000%. El porcentaje, tomado al pie de la letra, supera al que se atribuye a los iPhone, en torno al 700%. El cálculo es una estimación gruesa —no descuenta proceso, distribución ni merma—, pero circula con éxito porque confirma una intuición extendida.
La comparación con otras cestas aparece de inmediato. Con esos 40 euros hay quien prefiere un solomillo, y quien opta por una botella de whisky decente antes que por una caja de dulces. El argumento no es que el producto sea malo: es que todo artículo tiene un techo por encima del cual deja de compensar. Para una parte del público, este mantecado lo ha cruzado con creces.
¿Son tan buenos como dicen?
La defensa del producto se apoya en la materia prima. Según sus defensores, la variedad de la almendra, su origen y su tueste marcan la diferencia, y lo mismo ocurre con el resto de frutos secos. En la gama alta se citan almendra marcona, miel de productor directo y recetas familiares heredadas. Un aficionado lo resume apelando a la memoria: el dulce «te retrotrae a tu infancia, cuando las cosas sabían de otra manera».
Quien lo ha probado describe un bocado intenso que no admite atracones. No está pensado para comerse seis piezas seguidas, sino para dosificarlo. Hay también quien los considera secos. Y hay quien compara etiquetas y señala que algunos fabricantes competidores detallan el origen de su manteca, el ajonjolí o el aceite de oliva, mientras que el envase del producto de referencia es más opaco en ese apartado. El sabor genera menos acuerdo que el precio.
Alternativas más baratas para la bandeja de Navidad
El consumidor que quiere llenar la bandeja sin hipotecar la nómina tiene margen de maniobra. En Consum se han visto polvorones de marcas clásicas a
4,50 euros el kilo, y a granel se compran a
6 euros el kilo con el argumento de que superan en calidad a las marcas blancas de supermercado. Los nevaditos de Reglero funcionan como refugio habitual, con una advertencia técnica que conviene leer en la caja: la marca comercializa dos versiones casi idénticas, y solo una incluye galato de propilo, un aditivo que frena el enranciamiento de la manteca. Según se comenta entre aficionados, la que no lo lleva puede saber algo a rancio.
Entre las marcas de gama alta que se recomiendan aparecen La Colchona, de la que se destaca que detalla sus ingredientes, y La Jijonenca. La horquilla completa, desde el granel de 4,50 euros hasta los 40 de la referencia, dibuja un mercado partido en dos que comparten bandeja y nunca comparten mesa.
El precio del dulce como termómetro del poder adquisitivo
El asunto trasciende el paladar. Los dulces navideños artesanos se han puesto a precio de besugo, y una parte del público lo lee como un síntoma: si un mantecado se vuelve prohibitivo, el problema no es el mantecado. La idea de fondo es que lo bueno siempre se pagó, pero que cada vez menos gente puede pagarlo, y que la brecha entre la gama alta y la morralla se ensancha a la misma velocidad que el resto de la cesta de la compra.
Está quien reivindica el derroche puntual y quien reivindica el ahorro sin complejos. Las dos posturas caben en la misma conversación y ninguna convence a la otra. Lo único que ambas comparten es que el kilo de estas marcas se ha convertido en un capricho caro.
Con estos diferenciales, la lógica diría que la gama alta debería quedarse sin compradores. No ocurre: las cajas siguen saliendo de la tienda, los congeladores se llenan de raciones y la polémica se renueva cada diciembre. Si el sabor justifica los 40 euros es algo que solo se resuelve probando. La pregunta que queda abierta es otra: ¿cuánto tiempo más quedará alguien dispuesto a pagarlo?