Marc Vidal vincula los salarios a la productividad y estalla el debate
Un economista sostiene que para tener mejores salarios hay que aumentar la productividad. La afirmación, aparentemente inocua, ha abierto una trinchera: unos la ven como una obviedad técnica, otros como una forma elegante de no hablar de los beneficios empresariales. El desacuerdo no es sobre la teoría, sino sobre quién se queda la mejora.
La tesis de Marc Vidal, divulgada en sus conferencias y vídeos, sostiene que
la productividad es la variable que explica los salarios. Si se produce más por hora trabajada, hay margen para pagar más. El problema, según esta lectura, es que la economía española produce poco valor añadido: demasiado bar, hotel y ladrillo, poca industria y escasa inversión en tecnología.
¿Qué es la productividad y por qué se usa como argumento?
La productividad mide cuántos bienes y servicios se generan con los recursos disponibles: trabajadores, capital, tiempo y tierra. Una economía de alta productividad suele tener rentas per cápita altas y, por tanto, capacidad de consumo. Quien defiende la tesis del economista argumenta que sin ese aumento no hay subida salarial sostenible, solo reparto de lo mismo.
La objeción más repetida es que
la productividad ya ha subido en las últimas décadas y los salarios no han acompañado ese incremento. Hay quien sostiene que el incremento se ha ido a beneficios empresariales, a especulación o a inversiones fuera de España. El caso de la banca, que ha cerrado sucursales y reducido plantilla aumentando su productividad por empleado, se cita como ejemplo de ese desacople.
El sector servicios y el turismo lastran la productividad
Una parte del análisis apunta al modelo productivo: un país volcado en turismo y servicios de bajo valor añadido tiene difícil aumentar su productividad. Los bares, hoteles y actividades de temporada no escalan como una fábrica. Ahí, dicen, la mejora es marginal por mucho que se trabaje más rápido.
Frente a eso, otra corriente señala que incluso en la industria que queda los salarios están estancados. Los puestos de alta cualificación se pagan poco más que el salario mínimo, las facultades técnicas se vacían y los publirreportajes anuales denuncian falta de médicos e ingenieros. Todo ello, sostienen, mientras los beneficios de dos dígitos se suceden.
¿Bajar salarios aumenta la productividad?
No. Reducir salarios no eleva la productividad: abarata el coste laboral y mejora la competitividad a costa de deteriorar la calidad del empleo y la renta disponible. La confusión entre ambos conceptos es una de las trampas del debate. Si bajas salarios y produces lo mismo, el cociente mejora, pero la economía se empobrece.
El argumento contrario también circula: pagar más a los trabajadores más productivos incentiva que el resto se esfuerce. Si quien rinde el doble cobra lo mismo que quien rinde la mitad, el primero acabará rindiendo como el segundo. La lógica es de manual, aunque choca con la rigidez de las masas salariales y los convenios.
El coste laboral como excusa empresarial
En un producto industrial, la mano de obra puede representar entre el 8% y el 10% de los costes. Bajar los salarios un 10% reduce los costes totales en torno a un 1%. Con esa cifra sobre la mesa, la competitividad no se arregla recortando nóminas. La energía, la presión fiscal y la falta de inversión en I+D pesan mucho más.
Hay quien añade que el empresariado español prefiere producir bienes de bajo valor añadido en sectores saturados, contratando a bajo coste, antes que invertir en automatización, digitalización o mercados premium. La crítica no es menor: si el modelo se basa en mano de obra barata, la productividad no sube, solo se contiene el gasto.
El nepotismo y la mala gestión como freno real
Una parte del análisis se detiene en la gestión. En pequeñas empresas familiares es habitual colocar a familiares en puestos de responsabilidad, lo que puede lastrar decisiones y perjudicar a la plantilla. En multinacionales la selección es más estricta, pero el fenómeno existe igual. La diferencia es quién paga el error.
El nepotismo en la administración y las empresas públicas se señala como especialmente sangrante, porque lo sufraga el contribuyente. La discusión deriva entonces hacia el gasto público, las empresas intermedias y los chiringuitos, un terreno donde las cifras se manejan con más pasión que rigor.
La inversión, la variable que casi nadie discute
La productividad proviene de la inversión. No solo de comprar una máquina cara: también de contratar a un buen gerente, crear una red comercial, desarrollar software o buscar alianzas. En muchos casos la mejora es obvia, como cambiar la azada por el tractor; en otros, viene de la especialización y de hacer mejor las cosas.
El problema es que en España se penaliza fiscalmente la reinversión de beneficios en bienes productivos desde hace años, según se argumenta. Si comprar maquinaria sale caro y el ahorro tributa, la decisión racional del empresario es repartir beneficio o llevarlo fuera. La pelota vuelve al tejado de la política económica.
La experiencia de trabajar fuera de España
Un testimonio recurrente compara la situación con Suiza, donde los salarios multiplican a los españoles sin que la plantilla sea más productiva ni más trabajadora. La diferencia, según esta experiencia, no está en el esfuerzo individual, sino en el modelo, la organización y el valor que se da al trabajo.
En España, quien destaca por buscar cómo hacer menos movimientos para sacar más trabajo recibe más carga, no más sueldo. El incentivo perverso desanima al que quiere mejorar. Esa es, quizá, la crítica más repetida y la que menos se responde desde la tribuna de los expertos.
¿Y si el problema no fuera la productividad, sino quién decide cómo se reparte lo que ya se produce?