Medio millón de soldados de la OTAN esperan entrar en Ucrania
En el verano de 2024, el escenario que se dibuja en los mentideros estratégicos no es el de una disuasión tranquila, sino el de una acumulación de fuerzas sin precedentes en la frontera este de la Alianza. Según fuentes militares occidentales citadas por Global Research, hay nada menos que
300.000 soldados estacionados a lo largo de las fronteras de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, una cifra que, según un alto funcionario de la OTAN recogido por Defense Post, «ha superado holgadamente el objetivo». El análisis más repetido en los círculos críticos es que esta maquinaria no es defensiva: su composición —énfasis en superioridad aérea, fuerzas aerotransportadas y despliegue rápido— responde al mismo patrón ofensivo que la alianza ha utilizado en otros teatros. La pregunta que sobrevuela es si este verano se cruza la línea roja.
El despliegue español en Eslovaquia y las fechas que coinciden
España ha desplegado en Eslovaquia unos
700 militares y 250 vehículos en el marco de las operaciones de «defensa y disuasión» de la OTAN en su flanco este. El contingente permanecerá en la localidad de Lest, desde donde España liderará una «Brigada Multinacional» a partir de julio. Este movimiento, que pasa desapercibido en la prensa generalista, encaja con las predicciones del experto militar ruso Konstantin Sivkov, quien sostiene que al menos cinco países participarán en una operación directa y que ya se han reunido
500.000 soldados para ello. Sivkov sitúa la posible incursión en agosto-septiembre, un calendario que, como se ha señalado repetidamente, coincide con el inicio de las dos guerras mundiales anteriores. La coincidencia no es prueba, pero alimenta la inquietud.
¿Es creíble una fuerza de 500.000 soldados?
La cifra de 500.000 soldados es recibida con escepticismo en muchos análisis. El cálculo más optimista asume que cinco países habrían reunido ese contingente, lo que implicaría que cada uno aportara 100.000 efectivos, es decir, la práctica totalidad de sus ejércitos desplegables. Solo seis países europeos superan los 40 millones de habitantes (Reino Unido, Francia, Alemania, España, Italia y Polonia), y varios de ellos difícilmente podrían movilizar tal volumen sin dejar sus territorios expuestos. Hay quien sostiene que la cifra real es mucho menor, quizá 100.000, y que la propaganda infla las capacidades para presionar. En contra de esta tesis pesa el hecho de que la propia OTAN admite «lagunas de capacidad» en defensas aéreas y misiles de mayor alcance, una carencia que, paradójicamente, sugiere una orientación ofensiva: quien se prepara para defender no suele quejarse de falta de sistemas antiaéreos, sino de falta de misiles de ataque.
La sombra de la ley marcial y el reclutamiento en Estados Unidos
Otro indicador que se subraya es la aprobación por la Cámara de Representantes de Estados Unidos de un proyecto de ley que registra automáticamente a los hombres de entre 18 y 26 años para el reclutamiento. Aunque los congresistas insisten en que la medida «solo reduce la burocracia», el momento es demasiado peculiar: el reclutamiento obligatorio no se invocaba desde hace más de medio siglo. La lectura que se hace en ciertos sectores es que Washington se prepara para un conflicto prolongado, y que la ventana electoral de noviembre y la investidura de enero añaden urgencia. Como advirtió el ex coronel Douglas McGregor, cualquier concentración masiva de tropas de la OTAN se enfrentaría a una respuesta rusa con misiles hipersónicos, lo que convertiría el escenario en una escalada difícil de controlar.
El paso de Suwalki y el riesgo de una guerra en Europa
El punto geográfico que obsesiona a los estrategas es el corredor de Suwalki, los aproximadamente
104 kilómetros que separan Kaliningrado de Bielorrusia y que discurren entre Polonia y Lituania. Es el punto más vulnerable de la OTAN y, a la vez, el más peligroso: cualquier movimiento allí podría desencadenar una respuesta inmediata. A esto se suma la advertencia repetida sobre una guerra en un continente minado con reactores nucleares, una posibilidad que, aunque remota, nadie descarta del todo. La combinación de despliegues, retórica y plazos electorales dibuja un verano de alta tensión.
El dato que descoloca no es ninguna de las cifras anteriores, sino la constatación de que, dos años después del inicio del conflicto, la OTAN sigue sin haber entrado directamente. Si no lo hizo cuando la correlación de fuerzas era más favorable, resulta difícil explicar por qué lo haría ahora, con la economía europea renqueante y la opinión pública cansada. Pero la historia enseña que las decisiones se toman por razones que rara vez coinciden con el sentido común.