Más de 60 bancos de EEUU, al borde del colapso por pérdidas ocultas
Según un mensaje que circula en un foro, la Corporación Federal de Seguros de Depósitos (FDIC) sitúa a más de 60 entidades bancarias estadounidenses al borde de la insolvencia, con pérdidas no realizadas que superan los 500.000 millones de dólares. Ese dato, que circula desde hace meses en informes regulatorios, ha dejado de ser una predicción agorera para convertirse en un problema contable de primer orden, según quienes lo defienden. La clave está en las pérdidas no realizadas: activos que el banco todavía no ha vendido, pero cuyo valor de mercado se ha desplomado. Mientras nadie los venda, el agujero no aparece en la cuenta de resultados. Cuando la liquidez aprieta y hay que vender, el agujero se materializa.
Qué son las pérdidas no realizadas y por qué asustan
Un banco toma dinero a corto plazo (depósitos, mercado interbancario) y lo invierte a largo plazo (préstamos, deuda pública). Ese desfase entre activos y pasivos es el negocio bancario clásico. El problema surge cuando los bonos comprados a tipo fijo pierden valor porque los tipos de interés suben. Si el banco compró deuda a diez años con una rentabilidad cercana al 1,8% a comienzos de 2022 y ahora el mercado exige rendimientos muy superiores, ese bono vale mucho menos en el mercado secundario. El banco no ha perdido dinero en efectivo, pero su balance está inflado.
Hay quien sostiene que esto es una forma de falsear la rentabilidad: un banco puede declarar 1.000 millones de beneficio y arrastrar 20 millones de pérdidas no realizadas. La pregunta es si esas pérdidas son una amenaza real o un artefacto contable. La respuesta depende de la liquidez. Si los depositantes retiran su dinero en masa, el banco se ve obligado a vender esos bonos depreciados y la pérdida pasa de latente a efectiva. Es lo que ocurrió con varias entidades regionales estadounidenses.
El contagio cruza el Atlántico
La crisis de NYC Bancorp, degradada a bono basura por Moody's, ha arrastrado a bancos europeos y japoneses expuestos al inmobiliario estadounidense. Deutsche Pfandbriefbank cotiza en mínimos históricos. El mercado teme que el problema no sea exclusivamente americano. En Europa, además, existe una diferencia clave: los bancos que quiebran en Estados Unidos suelen desaparecer, mientras que en Europa son rescatados con dinero público. Esa asimetría genera incentivos perversos y una pregunta incómoda: ¿quién paga la fiesta cuando el banco es demasiado grande para caer?
La Reserva Federal afronta un dilema. Si sube tipos para controlar la inflación, profundiza las pérdidas no realizadas de los bancos. Si los baja o inyecta liquidez, alimenta la burbuja. El enigma de la liquidez en 2024 es precisamente ese: solo la Fed puede impedir que se seque el mar, pero cada intervención tiene un coste.
El fin del petrodólar como telón de fondo
En 2022, Arabia Saudita exportó 236.000 millones de dólares en petróleo crudo, el mayor exportador mundial. Si una fracción de esas transacciones deja de hacerse en dólares y pasa a hacerse en monedas locales, los bancos estadounidenses pierden comisiones de cambio. El cálculo que circula es que solo Arabia Saudí podría dejar de generar unos 11.800 millones de dólares en comisiones si se prescinde del dólar. Japón, el mayor tenedor de bonos del Tesoro estadounidense, ya está reduciendo posiciones para evitar el colapso de su propia economía, endeudada hasta las cejas.
No es una predicción aislada. Según quienes sostienen esta tesis, Rusia, China, Sudáfrica, Turquía y buena parte de Asia y Sudamérica están diversificando sus reservas. La pregunta no es si el dólar dejará de ser hegemónico, sino a qué velocidad y con qué daños colaterales. Cada país que deja de facturar en dólares reduce la demanda de la moneda y, con ella, la capacidad de Estados Unidos de financiarse barato.
¿Es esto una crisis sistémica o una purga necesaria?
Hay una corriente que sostiene que las quiebras bancarias son sanas. El capitalismo sin quiebras es como el cristianismo sin infierno, viene a decirse. Si un banco es insolvente, debe caer. Rescatarlo con dinero público es socializar pérdidas privadas. El problema es que las quiebras en cadena pueden paralizar el crédito y arrastrar a la economía real. La historia de 2008 está demasiado cerca.
Otra corriente señala que el sistema está diseñado para que los grandes nunca caigan y los pequeños desaparezcan. Un tercio de los bancos que quiebren simplemente mantendrá la media anual del sector desde el año 2000. La noticia no es la quiebra, sino la concentración. Cada crisis elimina competidores y deja el mercado en manos de unos pocos gigantes.
El dato que descoloca es la deuda pública estadounidense: más de 35 billones de dólares. Con ese pasivo, cualquier tensión en el mercado de bonos tiene consecuencias globales. La inflación rusa en 2023 fue del 5,3%, mientras que la española en 2022 alcanzó el 8,5%. Las cifras oficiales siempre son discutibles, pero la tendencia es clara: el dinero barato se acabó.
¿Cuántos de esos 60 bancos sobrevivirán sin rescate? ¿Y quién asumirá el coste cuando el primero caiga?