Muere Raúl Castro a los 93 años: ¿cambia algo en Cuba?
¿Qué cambia en Cuba cuando muere un hombre que llevaba años sin mandar? Esa es la pregunta que sobrevuela tras la noticia del fallecimiento de Raúl Castro a los 93 años, el hermano de Fidel Castro que dirigió la isla entre 2008 y 2018 y que, según el consenso más repetido en el análisis, ya no pintaba nada en el organigrama real del régimen. La noticia, difundida por una cuenta que se identifica como «Aprendiz de Brujo» y que se presenta como «No soy Periodista», desató una cascada de reacciones que van del champán al análisis frío, y de la celebración al aviso de que el problema no era el hombre, sino la estructura.
¿Quién era Raúl Castro y cuánto poder tenía?
Raúl Castro Ruz, nacido en 1931, falleció en La Habana a los 93 años. Fue el hermano de Fidel Castro y dirigió el país entre 2008 y 2018, cuando cedió el testigo a Miguel Díaz-Canel. En el material de la discusión se repite una idea: que llevaba retirado y que su muerte es «simbólica y no afecta en nada al organigrama político de Cuba». Hay quien va más allá y sostiene que era el sector reformista del régimen, con declaraciones conocidas como «esto no funciona» o «esto es un desastre», y que estaba en condiciones de haber pilotado una transición, pero que ya estaba mayor y se limitó a asegurar el futuro de la familia poniendo el dinero a salvo en el exterior.
La discusión no se pone de acuerdo sobre si su desaparición abre o cierra algo. Una parte sostiene que el régimen no peligra porque en los países comunistas es el servicio de inteligencia el que tiene una nación, y eso hace muy difícil que se vayan. Otra parte responde que esa idea se vendía durante la guerra fría y que luego resultó que no era cierta, y que los que parece que nunca se van cuando llegan al poder son otros.
La sucesión: Díaz-Canel, los herederos y el papel de Rusia y China
El nombre que aparece como sucesor es el de Miguel Díaz-Canel, ya al mando. En el análisis se apunta que está «muy bien protegido por Putin y Xi» y que Cuba puede usarse como plataforma para perjudicar a Estados Unidos cuando llegue el momento de la revancha por Ucrania y Taiwán. La pregunta que se lanza es si hay algún otro familiar Castro que pueda sucederlo democráticamente, y la respuesta implícita es que la continuidad está garantizada por el partido, no por el apellido.
Hay quien recuerda que los descendientes ya habrán aprendido que si no mantienen una continuidad férrea se van al carajo, y quien subraya que la culpa no es de una persona concreta, sino de los millones de personas que sostienen la maquinaria estatal y que no quieren cambiar el statu quo.
Celebración, condena y el problema de fondo
Las reacciones van del «que la tierra te sea leve, último expedicionario» al «arde en el infierno», pasando por el «un comunista menos» y el «un idiota más». También hay quien pide reservar el champán para otros nombres europeos y quien recuerda que el problema no es el hombre, sino el sistema: «En los países normales la nación tiene un servicio de inteligencia; en los países comunistas es el servicio de inteligencia el que tiene una nación».
El contrapunto lo pone quien sostiene que Cuba lleva décadas siendo un moscón para Estados Unidos a pesar de embargos, sanciones e intentos de invasión, y quien responde con la imagen de los cubanos que huyen en embarcaciones precarias. La discusión deriva hacia si una socialdemocracia penosa es preferible al
comunismo y hacia si los cubanos, después de años de mirar al tendido, estarían dispuestos a formarse y trabajar como en un país normal.
Al final, la noticia es la muerte de un hombre de 93 años que ya no mandaba. El resto es la discusión de siempre: si el problema eran las personas o el sistema que las sostiene. Y ahí, como en Cuba, nadie descorcha nada definitivo.