Bolivia: tanques en La Paz, litio de fondo y la sombra del autogolpe
El comandante general del Ejército boliviano, Juan José Zúñiga, tomó la plaza Murillo de La Paz con tropas y declaró ante los medios que iban a «recuperar esta Patria». Horas después, el propio militar acabó detenido y la versión oficial viró hacia el simulacro. Entre medias, un país sin dólares para importar, un litio que medio mundo codicia y una pregunta incómoda: ¿quién gana cuando un golpe se deshace solo?
La secuencia, tal como se siguió en tiempo real, arrancó con un tuit del expresidente Evo Morales denunciando un golpe «en este momento» y con la imagen del jefe militar insinuando que se disponía a tomar la sede del Gobierno. Lo que vino después fue un desfile de versiones: que si la CIA, que si el Comando Sur, que si el triángulo del litio, que si un autogolpe de Luis Arce para recomponer su autoridad frente a su propio partido. El general terminó esposado y diciendo que el presidente le había pedido el paripé.
El litio como coartada geopolítica
El argumento más repetido en la conversación fue el del litio. Bolivia atesora las mayores reservas del mundo y acababa de acordar con Vladimir Putin la finalización de la planta de Uyuni para 2025, además de negociar la importación de diésel. Para una parte del análisis, eso basta:
Estados Unidos no podía permitir que el litio boliviano se explotase con apoyo ruso y que el país acabara engrosando los BRICS. La jefa del Comando Sur había señalado un año antes el interés por el llamado «triángulo del litio», del que Bolivia forma parte.
En contra pesa un detalle que los propios participantes subrayaron: si Washington hubiera organizado el golpe, habría sido el golpe más chapucero de la historia. Un general que pide por favor al presidente que dimita, en lugar de detenerlo, no parece el guion de una operación profesional. «¿Dónde están los putos tanques?», resumió alguien. La escena, más que un pronunciamiento, parecía una representación.
Sin dólares, sin gas y con todo subsidiado
La economía boliviana llegó a este punto con los deberes hechos al revés. El país quemó las reservas de la bonanza del gas entre 2000 y 2015 en subsidios y clientelismo, sin invertir en prospección de nuevos pozos. El resultado: un banco central que se apropió de los dólares de los ahorristas —debe unos 3.000 millones a la banca privada, poco para España, muchísimo para Bolivia— y sin divisas para importar insumos básicos. La participación del Estado en el PIB rondaba el 40%, comparable a la Argentina kirchnerista.
A eso se sumó un factor externo que casi nadie vio venir: Bolivia vivía en parte del contrabando de mercancía subsidiada procedente de Argentina. Cuando el nuevo gobierno argentino liberó los precios y cerró la frontera, el suministro barato se cortó y los precios bolivianos se descompensaron. La bomba tenía mecha corta y varias fuentes de ignición.
¿Fue un autogolpe de Arce?
La hipótesis que ganó terreno con las horas es la del autogolpe. Arce se había independizado políticamente de Evo Morales y este le socavaba por dentro; con esa presión no pudo retirar subsidios y las reservas se agotaron. Un golpe de escaparate servía para concitar apoyo popular y recomponer autoridad. El propio Zúñiga, ya en prisión, declaró que el presidente le había pedido el montaje.
El problema de esa tesis es que convierte cualquier denuncia en sospecha. Si el golpe es falso, quien lo sufre pierde crédito; si es verdadero, quien lo niega blanquea a los militares. La conversación derivó hacia ese callejón: unos señalaban a la CIA y al Comando Sur, otros respondían que la CIA ya no existe como tal y que los intentos fallidos —Georgia, Bolivia— demuestran precisamente que no todo lo controla Washington.
El contexto que nadie quiere mirar
Bolivia fue el primer país latinoamericano en romper relaciones diplomáticas con Israel a finales de 2023. Ese dato, repetido como recordatorio, sirve para situar el golpe en una lógica de castigos y recompensas. También se recordó que Pedro Sánchez calificó lo ocurrido como «movimientos militares», fórmula lo bastante ambigua para no comprometerse.
Lo que queda claro es que el país lleva años dolarizado de facto en las transacciones relevantes, como Argentina, y que recuperar la confianza en la moneda local exige dos décadas de disciplina fiscal, como le llevó a Perú. Nadie en la conversación apostaba por ese plazo. El litio, mientras tanto, sigue bajo tierra, esperando a que alguien decida quién lo extrae y a qué precio.