El OP aclara que no hubo contacto físico y el hilo reparte notas
El hilo se le ha girado al que lo abrió. Pasadas las primeras horas, el relato de la terraza ya casi no se discute: lo que se discute es si el que lo cuenta se lo ha inventado. Él responde que no hubo contacto físico, que todo quedó en
intercambios duros y en que le dijeran que tenía que tener educación. A partir de ahí, la concurrencia se reparte entre los que puntúan el relato, los que le piden sangre y los que pasan directamente del tema. Ni una disculpa, ni un dato nuevo: solo juicio sobre quien escribe.
Qué se ha sabido
Poco, y de segunda mano. El autor aclara que no se llegó a las manos —
«no afortunadamente»— y que la escena se quedó en reproches. Añade que no piensa tocar a nadie: si lo hace, dice, teme acabar señalado como agresor mientras ellas pasan por víctimas. Ese es el único dato nuevo que suelta. Ni hora, ni local, ni testigos.
El resto son notas. Al relato le caen
0/10 y
3/10, un «taluec» de despedida y varios mensajes que dan por hecho que hay invención. Nadie aporta enlaces, capturas, ni una segunda versión de lo ocurrido. En todo el tramo no hay un solo vídeo ni un tuit.
Lo más trabajado llega de un forero que describe con retranca la supuesta rutina del ocupante profesional de terraza: sentarse a «recargar pilas», volver el lunes a la rutina, saltarse la cola del supermercado y pedirle a la cajera que le cuente las monedas de céntimo una a una. Es una parodia, no un testimonio. Otro se limita a pedirle al autor que cuente más, y un tercero le propone, medio en broma, hacer una mueca a las tres.
Dónde está la bronca
El hilo se parte en tres.
Primero, los que dudan del que cuenta la historia. Uno suelta que «siempre te pasan cosas, que casualidad». Otro avisa de que, sin algo más que palabras, el relato vale poco. Un tercero lo llama trol y da por hecho que ha quedado ridiculizado. A otro le reprochan que quiera que le den la razón solo porque él lo diga. No hay pruebas; hay desconfianza.
Segundo, los que cargan contra las tres mujeres y contra lo que representan. Ahí entra el argumento fiscal: que quien trabaja paga, vía impuestos, el té que se han tomado entre las tres. Es una opinión, no una cuenta hecha. En esa misma línea aparece un mensaje que mete el origen y la nacionalidad del que pide la mesa para explicar quién se sienta y quién se queda de pie. Se cuenta porque está ahí, no porque nadie lo respalde con nada.
Y tercero, el tramo que se lleva más mensajes: la tanda de bromas sexuales. Varios foreros, en lugar de discutir la mesa, le aconsejan al autor que se hubiera liado con ellas, se ofrecen a convertirlo en héroe o le ponen motes. Uno de esos mensajes se despacha con un
«héroe sin capa». También hay quien le recomienda reconciliarse con su familia y quien sostiene que el problema es suyo por quejarse en un foro. Es cachondeo a costa del que abrió el hilo, y él entra al trapo con un
«jajaja ojalá» cuando le desean que hubiera pasado a mayores.
Por el medio queda un mensaje que sí aporta algo distinto: alguien cuenta que no pisa cafeterías ni restaurantes en su tiempo libre, que solo va a comidas de empresa pagadas con tarjeta y que en esos casos le da igual todo. Es su caso, no una estadística.
Las notas que reparte el hilo
Se ha instalado la costumbre de puntuar el relato.
0/10 y
3/10 son las dos notas que aparecen. Una viene con un «no sé, Rick» y con la sospecha de que un relato sin movida no es creíble. La otra se cierra con un «taluec». Ninguna explica qué haría falta para subir la nota. También hay quien pide que, al menos, hubiera soltado la frase final de manual para dar la historia por buena, y quien pregunta si hubo pelea o no.
Qué cambia respecto a antes
En la página anterior se hablaba de mesas, sillas y turnos. Aquí eso ya da igual. El eje se ha movido del espacio de terraza a la credibilidad del que lo cuenta, y de ahí al chiste. Lo que se daba por hecho —que el conflicto existió— ahora está en duda para una parte del hilo.
Entra un asunto nuevo: el miedo del autor a que un contacto físico lo convierta a él en el señalado. Y el hilo se queda ahí, repartiendo notas y bromas, sin que nadie haya movido todavía la primera silla.