El coaching de vendehumos: un negocio que no crea riqueza
Un chaval de 14 años sostiene que no hace falta estudiar porque un futbolista de su edad ya gana millones. Otro, con 20, se levanta a las cinco de la mañana para meditar y organizar el día, convencido de que eso le hará millonario. Son la punta visible de un fenómeno que, según los foreros, se extiende por España: jóvenes sin experiencia laboral que confunden el entrenamiento físico y la retórica motivacional con un plan de negocio. El diagnóstico circula con crudeza en el hilo: no se hacen ricos entrenando, se hacen ricos los que les venden los cursos.
La tesis que articula el malestar es sencilla.
Los empresarios de verdad no pisan el gimnasio, sostiene un participante. No entra en la agenda de un Bill Gates ni de un Amancio Ortega. El dinero se gana vendiendo cosas, no motivando por YouTube. Otro forero lo resume así: los que realmente ganan en esta fiebre del oro son los que venden los picos y las palas a los mineros. El coach cobra siempre, tanto si el alumno triunfa como si se arruina.
De dónde sale esta generación de aprendices de millonario
El fenómeno no es nuevo, pero sí su escala, según los participantes. La comparación con los grandes fraudes financieros españoles —Fórum Filatélico, Afinsa, Gescartera, Nueva Rumasa— aparece de inmediato: los mismos que se rieron de sus padres por caer en aquellas trampas ahora ven a sus hijos pagar por cursos de emprendimiento. La diferencia, apuntan, es que antes el engaño venía con ladrillo y ahora llega con un anillo de luz y una cámara.
Hay quien sostiene que el problema no es intergeneracional sino de clase. Que el 90% de la población es fácilmente manejable y que el resentimiento hacia los jóvenes es extrapolable a los mayores. La crítica más incómoda apunta a que
muchos de estos cursos fueron públicos: campañas institucionales con nombres como «aprende a emprender» empujaron, según un forero, a gente sin cabeza para administrar un sueldo mensual a montar empresas que acabaron con deudas de por vida y con los padres como avales.
El vacío que llena el vendehumo: sectas para una vida gris
La explicación más lúcida del atractivo no tiene que ver con el dinero. Tiene que ver con la pertenencia, según un participante. El rollo cripto y motivacional es para los chicos lo que la nueva era, el yoga y el reiki son para las mujeres de mediana edad:
un sustituto del cristianismo, de las peñas de ultras y de cualquier secta. Sentir que formas parte de una comunidad y de un propósito más grande que la mierda gris del día a día. En otros tiempos esos mismos chavales habrían sido felices trabajando de mozos de almacén, con coche tuneado, churri y un pisito de alquiler donde fumarse sus porretes.
El caldo de cultivo es material, según los foreros. Un joven de hace cincuenta años sabía que esforzándose progresaría, y así era. Hace treinta, muchos lo conseguían. Hace veinte, algunos. Hoy, sostienen, el ascenso social se ha vuelto tan improbable que
es más factible dejarse caer al escalafón más bajo y trampear el sistema con paguitas que intentar subir. A eso se suma un sistema educativo sin consecuencias: seas buen o mal estudiante, el curso lo superas igual. No hay aliciente para el que se esfuerza.
Qué papel juega el móvil y la cultura del espectáculo
El smartphone es el canal, según los participantes. Los chavales repiten lo que ven en redes sin saber muy bien lo que dicen, y quien se sale del grupo se cortocircuita. La cultura que antes ocupaba ese espacio —Oasis, Bon Jovi, REM— ha sido retirada del mercado a favor de otro tipo de producto, sostiene un forero. No es solo que no sepan quién fue Lennon: es que se ha borrado el mapa cultural que hacía posible distinguir el humo del oficio.
La cosa no es exclusiva de los jóvenes, coinciden varios participantes. Hay maduritos de más de 35 abducidos por lo mismo, y no pocos adultos especulando con cualquier cosa convencidos de ser Warren Buffett. La diferencia generacional está en la intensidad: los cuerpos que exhiben muchos de estos chavales superan a los de atletas profesionales de los años noventa, según un forero. Pero un cuerpo trabajado no es una cuenta de resultados.
El coste real: años perdidos que no se recuperan
El daño no es solo económico. Es temporal. Años de juventud gastados en una rutina franciscana de gimnasio, meditación y visualización, en lugar de experimentar el mundo, viajar, salir o simplemente formarse, según los participantes. Cuando el espejismo se rompe, el reloj ya ha corrido y rehacer una vida profesional a cierta edad es mucho más difícil. Hay quien defiende que al menos estos chavales se mazan y leen en lugar de meterse heroína en un parque o delinquir. El listón, reconocen, está por los suelos.
La pregunta que sobrevuela todo esto no tiene respuesta fácil. Si el sistema ya no garantiza el ascenso, si la escuela no discrimina el esfuerzo y si el referente cultural es un tipo salido de un videojuego, el vendehumo no crea la demanda: la encuentra. Con estos mimbres, lo probable es que la próxima hornada encuentre un coach aún más convincente y un curso aún más caro. Aunque nadie sabe cuánto de esto es moda pasajera y cuánto se ha quedado ya instalado en la cabeza de una generación.