Fiala tilda de prorrusos a los manifestantes checos contra la UE
Una plaza llena de banderas checas y ni un cartel que reclame nada a Moscú. La manifestación contra la Unión Europea y la OTAN celebrada en la República Checa ha reunido a una multitud y ha dejado un titular incómodo: el primer ministro Fiala llama prorrusos a los manifestantes y a los organizadores. El detonante no es Ucrania. Es la factura del gas y de la electricidad.
La acusación no ha sentado bien ni entre quienes no comparten la protesta. Señalar a los convocantes como agentes de Moscú ahorra discutir el contenido de las pancartas, que hablan de precio de la energía y del daño que la escalada está haciendo a la economía y a las empresas del país. Y de fondo, una frase que se repite: el Gobierno piensa más en Bruselas y en Ucrania que en la República Checa. El reproche no es menor en un país donde el simpatizante declarado de Rusia siempre ha sido minoría.
¿Por qué se llama prorrusos a los manifestantes checos?
Porque sale más barato que responder por el precio de la energía. La etiqueta funciona como un interruptor: quien protesta no discute una política pública, es un peón de Putin. El paralelismo con los años de la pandemia aparece en cuanto se rasca un poco —los mismos adjetivos, la misma lógica de bloques— y hay quien sostiene que a la mayoría de los asistentes Rusia le resulta indiferente. Lo que les mueve, dicen, es defender los intereses de su propio país.
El matiz importa. Se puede estar a favor de las sanciones a Rusia y no estar de acuerdo con unas sanciones que, a juicio de los críticos, están sirviendo sobre todo para encarecer la vida en Europa. Esa distinción, incómoda para el relato oficial, es justo la que se intenta tapar con la palabra
prorruso.
Alemania: protestar por la factura y ser «enemigo del Estado»
El guion no es exclusivamente checo. En Alemania, el ministro de Interior del estado de Renania del Norte-Westfalia —el más poblado del país— ha abierto el paraguas antes de que llueva y ya ha anticipado que a quienes salgan a la calle por los precios de la energía y la inflación se les va a catalogar de
enemigos del Estado. El término, propio de regímenes que no admiten réplica, se aplica aquí a lo que en cualquier otro contexto sería una protesta por el coste de la vida.
Que funcione o no es otra cosa. En una sociedad anestesiada por el consumo y los subsidios, y con décadas de pedagogía oficial a cuestas, una parte de la población prefiere no pensar por su cuenta. Es la misma a la que se le dijo que quien dudaba de la versión oficial era un negacionista, un fascista o un machista. Al final el cajón de sastre se vacía de sentido y solo queda el ruido.
La fractura que Europa disimula
Las protestas han dejado al descubierto una división que no es solo geopolítica. Hay quien describe el mapa europeo como dos bloques: uno alineado con la agenda 2030 y contrario a Rusia, y otro que rechaza esa agenda y se declara neutral o favorable a Moscú. La lectura simplifica, pero explica por qué el invierno ha dejado de ser un asunto meteorológico y se ha convertido en política interior de cada Estado miembro.
A la fractura exterior se suma la de siempre, la que llevaba décadas ahí: el norte que mira por encima del hombro al sur, los vecinos que se desprecian con
cariño y sin él, la sospecha mutua sobre quién paga la fiesta. Una crisis energética no crea esas grietas. Solo las hace visibles y las pone en el escaparate.
Aguantar el frío: nuclear, carbón y cronómetro
Entre los argumentos con más recorrido está el de aguantar el invierno sin ceder y exigir al mismo tiempo que se vuelvan a abrir las centrales nucleares y las plantas de carbón. Es una posición que mezcla resignación y cálculo: pasarlo mal un par de meses y recolocar la política energética de una vez por todas. El cronómetro encima de la estufa como única métrica que tranquiliza.
Menos fe tienen otros en la solidaridad de los socios. El gas licuado que llega desde Estados Unidos se paga con un sobrecoste que en una de las intervenciones se cifra en el
140%, y mientras tanto la industria europea se abarata de cara a su compra por terceros. Ayudar al aliado y quedarse con su fábrica es un modelo de cooperación difícil de vender en una pancarta.
«Pero es que los HIMARS...»
Conviene añadir una escena para entender el clima. Una de las réplicas más repetidas, hasta la extenuación, es recordar el sistema de lanzacohetes HIMARS como argumento definitivo. La repetición mecánica del mismo mensaje, escrito varias veces seguidas sin añadir nada, se ha convertido en la parodia involuntaria de un debate que confunde munición con análisis. Vale la pena saberlo antes de tomarse en serio según qué respuestas.
Aquí se atasca el análisis. La protesta checa es real, multitudinaria y con banderas del país; también es cierto que en la República Checa el prorruso convencido es minoría. Las dos cosas caben a la vez. Y ninguna de las dos resuelve la pregunta que el invierno va a poner encima de la mesa: cuánto está dispuesta a pagar Europa por sostener una posición que no controla.