Este mensaje y otros no están disponibles para visitantes. Regístrate para leerlo.
Follow along with the video below to see how to install our site as a web app on your home screen.
Nota: This feature may not be available in some browsers.

Un mensaje que circula atribuido a las élites mundiales sostiene que el petróleo no se agota, pero su extracción se encarece, y que se prepara un sistema de garantías públicas para evitar que la escasez derive en miseria. El texto admite que el cambio climático y la Agenda 2030 se han usado como herramientas para reducir el consumo de combustibles fósiles.
Un mensaje que circula atribuido a las élites mundiales sostiene que el petróleo no se agota, pero su extracción se encarece, y que se prepara un sistema de garantías públicas para evitar que la escasez derive en miseria. El texto admite que el cambio climático y la Agenda 2030 se han usado como herramientas para reducir el consumo de combustibles fósiles.
Hay un texto que lleva tiempo circulando por foros y cadenas de mensajes. Se presenta como una comunicación directa de las élites mundiales a los ciudadanos de Occidente. No lleva firma, ni institución, ni fecha. Y precisamente por eso conviene leerlo con distancia: lo que dice no es un documento oficial, sino una pieza que atribuye a poderes difusos intenciones y planes que nadie ha confirmado.
El mensaje arranca con una idea que no es nueva en los debates sobre energía: el petróleo no se está acabando, pero extraerlo cada vez cuesta más. La producción no se detiene de golpe, se encarece. Sobre esa base, el texto sostiene que durante generaciones Occidente construyó viviendas, transportes e industrias con energía abundante y relativamente barata, y que ese modelo debe reorganizarse.
La parte más llamativa del mensaje es la promesa central. El Estado garantizará que ningún ciudadano quede por debajo de un nivel de vida digno. Eso incluye, según el texto, acceso a alimentación suficiente, vivienda adecuada, agua, energía doméstica esencial, atención sanitaria, educación, comunicaciones y movilidad básica. Nadie tendría que elegir entre comer, calentarse o recibir atención médica.
El mensaje insiste en que esto no supone acabar con el mercado. Las empresas seguirían produciendo, los trabajadores desarrollando sus profesiones y los ciudadanos comprando, vendiendo, ahorrando y emprendiendo. Quien quiera consumir más, dice, podrá hacerlo pagando el coste correspondiente. Lo que se establece es un suelo de seguridad, no un techo.
También reconoce límites. No promete que los precios permanezcan invariables ni que todas las actividades sigan creciendo al ritmo del pasado. Lo que compromete es la capacidad de organización, los recursos públicos y las instituciones para impedir que la escasez se transforme en miseria. Es una formulación que suena a contrato social nuevo, aunque nadie haya asumido su autoría.
El texto da un paso más y entra en un terreno resbaladizo. Afirma que durante los últimos veinte años se ha trabajado para anticiparse al problema de la escasez de petróleo. Y sostiene que el cambio climático ha sido una de esas herramientas. No niega que exista, pero dice que su principal utilidad política ha consistido en justificar la reducción del consumo innecesario de combustibles fósiles.
Lo mismo afirma de la Agenda 2030, presentada como otro instrumento para impulsar transformaciones en movilidad, producción, ciudades y hábitos de consumo bajo un marco de objetivos compartidos. El mensaje menciona también la promoción del automóvil eléctrico y de energías alternativas como la solar y la eólica, aunque admite que no pueden sustituir inmediatamente todas las funciones del petróleo.
Estas afirmaciones son, conviene subrayarlo, atribuciones sin prueba. El texto no aporta documentos, nombres ni fechas que respalden esa supuesta coordinación. Que un mensaje anónimo diga que el cambio climático se ha usado como herramienta política no lo convierte en un hecho verificado. Es una tesis que circula, no una conclusión establecida.
El mensaje dedica varios párrafos a lo que llama condiciones demográficas y sociales. Menciona políticas de planificación familiar, cambios culturales relacionados con la natalidad y el reconocimiento de nuevas formas de identidad y convivencia. Reconoce que se han considerado sus posibles efectos demográficos a largo plazo. También alude a la inmigración como factor que introduce poblaciones con experiencias materiales y expectativas de consumo diferentes.
Sobre las pensiones, el texto intenta tranquilizar. Dice que el envejecimiento de la población no debe preocupar y que el incremento temporal de las obligaciones del sistema, asociado a la jubilación de generaciones numerosas, no recaerá exclusivamente sobre quienes trabajan actualmente. Se usarían financiación pública, mecanismos de deuda y reformas para distribuir ese esfuerzo a lo largo del tiempo.
El mensaje cierra con una admisión que, si fuera cierta, sería la más relevante de todas. Afirma que las grandes decisiones de coordinación ya se están preparando y negociando en instancias internacionales, entre gobiernos, instituciones financieras y responsables de sectores estratégicos. Los ciudadanos seguirían eligiendo a sus gobiernos, pero la dirección de la transformación no dependería exclusivamente de ellos.
Ahí está el núcleo del asunto. Un texto sin firma que promete protección estatal frente a la escasez energética y, al mismo tiempo, sugiere que las decisiones reales se toman en otro lugar. No hay que tomarlo como un documento oficial ni como una filtración verificada. Es, por ahora, un mensaje que circula. Y como todo lo que toca dinero, energía y derechos, conviene contrastarlo con fuentes solventes antes de dar por bueno cualquiera de sus promesas.
Este mensaje y otros no están disponibles para visitantes. Regístrate para leerlo.