Mercadillos de 2023: imitaciones a la vista y la policía paseando
¿Cuánto de lo que se despacha en un mercadillo de pueblo es legal? Un viajero que llevaba años sin pisar uno recorrió en 2023 un mercadillo de la costa mediterránea y describió lo que vio como «tercermundismo en estado puro». Sobre el asfalto: un puesto de peluquería afro, ropa y calzado con marcas falsificadas a la vista, montañas de prendas amontonadas sin orden ni criterio sanitario y, como remate, un puesto de
CD piratas con la música a todo volumen. La policía local paseaba entre los puestos. No se paró en ninguno.
España rezuma pobrismo, resume una de las lecturas que suscita la escena. Otra avisa de que el mercadillo no es la enfermedad, sino el termómetro.
Ojo cuidao que vienen curvas, añade un tercero.
¿Por qué se permite vender falsificaciones en un mercadillo con licencia?
Porque nadie lo impide a pie de puesto. La paradoja que subraya el relato es de manual: da por hecho que para colocar una carpa hay que tener licencia municipal y pagar la tasa correspondiente, de modo que el ayuntamiento organiza y cobra por el mismo suelo donde se vende mercancía manifiestamente ilegal.
Los hay-untamientos lo toleran, se ironiza.
No es un caso aislado, se argumenta. Hay quien reta a poner un puesto así en un mercadillo de Berlín, Ginebra o Lyon «y ya verás las risas», y se cita un mercadillo europeo en plena zona turística, con imitaciones de Nike a Gucci y la policía dando vueltas por los alrededores con parsimonia, sin entrar al trapo.
El detalle que más incomoda del relato tiene dos años: en ese mismo lugar, un paseo sin mascarilla costó una llamada de atención policial. Con los puestos de imitaciones delante, cuenta el visitante, nadie movió un expediente.
De dónde viene el nombre del Rastro (y no es de las antigüedades)
Antes de comparar, conviene saber qué se compara.
El Rastro de Madrid toma su nombre de la Rivera de los Curtidores, la calle por la que subía el rastro que dejaban las caballerías cargadas de pieles chorreando. Otra versión lo ata al matadero que hubo en la zona y a la sangre que bajaba calle abajo. Ninguna de las dos tiene nada de romántico.
De ahí sale la distinción que se esgrime: en el rastro se venden objetos antiguos, no deseados, de particulares que se desprenden de lo que tienen en casa; en el mercadillo caben la huerta y el pequeño industrial, pero también —se afirma sin matices— quien revende más barato lo que antes ha quitado de en medio a otro. Y con los catálogos online de por medio, hay quien directamente considera el rastro un género amortizado.
Lo que sí se conserva es el oficio. Un jubilado vende en un rastro el kilo de plomos de pesca a 5 euros, fabricados por él con moldes propios y trozos de tubería de plomo que le van dando. La última vez, un cliente le llevó 300 gramos de perdigón usado para regalárselo; salió de allí con varios plomos de 100 gramos para surfcasting. Ese intercambio no lo iguala ninguna plataforma.
Ni todos los puestos ni todos los mercadillos son el mismo
Frente al retrato del mercadillo como estercolero, la defensa del formato es concreta. Hay quien sostiene que la fruta y la verdura que se despachan allí son mejores y más baratas que en cualquier frutería, que se encuentra ropa de todo y que los mayores reviven con la vuelta al puesto.
«Es el Elíseo», resume uno.
La geografía también divide. En un pueblo de las cuencas mineras asturianas el repertorio lleva décadas siendo el mismo: el ferretero, la furgoneta con quesos y embutidos, el de la fruta y la verdura. Añádanse el puesto de churros, los pollos girando y los melones, que el autor del hilo aclara que también había.
La fractura territorial aparece igual de cruda: hay quien afirma que los puestos del norte no se parecen en nada a los del sur, que existirían zonas más desarrolladas y otras donde la policía ni está, y hay quien responde que tres fotos de un estercolero no convierten un país en un erial. Es el desacuerdo de siempre con cualquier fotografía: la muestra no es el país, pero el país está en la muestra.
Donde sí hay consenso es en el mercadillo medieval y renacentista, ese que se ha puesto de moda para hacer fotos: mejor no comprar nada, porque los precios son de época del Buscón Don Pablos. Un mercadillo renacentista de Viveiro, en Lugo, sirve de ejemplo de lo que cuesta el atrezzo.
El fondo del asunto
La foto de 2023 no se lee como anomalía, sino como evolución: rastro, mercadillo y top manta se han ido solapando hasta que el cliente ya no distingue qué está pagando. La ley de la oferta y la demanda nunca falla, sentencia el relato: si hay oferta basura, es porque hay demanda basura. Se discute si el problema es esa demanda, la oferta o la administración que cobra la tasa y mira hacia otro lado. Y hay una tercera tesis, más incómoda: que retirar ese medio de vida empujaría a algunos a actividades peores.
Ninguna de las tres se sostiene con datos en este relato. Solo hay fotos, precios sueltos y una impresión muy concreta: la de un país que presume de mercados mientras los suyos venden marca falsa bajo licencia. Cuando la cosa deje de moverse a base de deuda, echaremos de menos unos mercadillos tan pletóricos.