126 ahogados en dos meses: el verano que reabre el debate de la prevención
El verano deja un reguero de muertos que no se cuenta en los telediarios.
126 fallecidos por ahogamiento en lugares de baño en España entre junio y julio, una cifra que, según los propios datos que maneja el sector,
duplica la media histórica de los últimos años y que llega con agosto todavía por delante. La pregunta no es si son muchos o pocos: es por qué se repiten cada temporada con la misma liturgia de banderas rojas ignoradas, rescates y lamentos institucionales.
Los números que se cruzan en la conversación pública apuntan a un patrón incómodo. Frente a los alrededor de 400 ahogados anuales que se venían registrando, este arranque de temporada rompe la serie. Y lo hace, además, en el mes en que el Mediterráneo se convierte en un caldo a casi 30 grados, un detalle que algunos análisis consideran relevante:
a más temperatura, menos densidad del agua y peor flotabilidad.
¿Por qué se ahogan más hombres que mujeres?
La mayoría de las víctimas son hombres. Es el dato que menos se subraya y el que más explica el fenómeno. La explicación que circula entre quienes analizan los rescates no es cultural sino casi física: el hombre tiene más masa muscular y mejor sistema óseo, y ambos tienden a hundirse; la mujer acumula más grasa, que flota. A eso se suma una variable de comportamiento:
la sobreestimación de la propia capacidad. El cuarentón que nadaba de joven se mete con bandera amarilla y el agua por el pecho porque cree que sigue teniendo veinte años.
El cálculo es cruel. La fuerza y la resistencia que se tenían a los veinte no son las de los sesenta, pero la cabeza no lo actualiza. Y en el mar, ese desfase se paga en minutos.
Corrientes de retorno, banderas rojas y la vieja excusa del imprudente
El segundo gran bloque del asunto es la ignorancia sobre el medio. Buena parte de los bañistas aprenden a nadar en piscina y trasladan esa confianza a ríos, pantanos y playas donde las reglas son otras. Las corrientes de retorno del Atlántico, que arrastran hacia dentro en lugar de hacia la orilla, sorprenden a quien no las conoce y no sabe salir de ellas nadando en paralelo a la costa.
A esto se añade un perfil que concentra el desprecio general: el bañista que paga su apartamento a precio de burbuja, llega a la playa, ve la bandera roja y decide que es una tontería de los socorristas para fastidiar.
El mar está en calma, piensa. Y se mete.
¿Cuánto cuesta prevenir un ahogamiento?
Aquí el debate se vuelve económico, que es lo que justifica que esto se discuta en clave de
gasto público. La pregunta que sobrevuela es cuánto costaría cubrir con socorristas y vigilancia miles de kilómetros de litoral, ríos y pantanos. La respuesta corta es que no hay presupuesto que lo cubra. La respuesta larga es que la alternativa —rescates con helicóptero por una torcedura de tobillo, dispositivos de búsqueda y operativos de emergencia— tampoco es gratis.
Hay quien sostiene que el problema no es de recursos sino de responsabilidad individual: en cuanto se pone un salvavidas en cada playa, el bañista deja de mirar por sí mismo. El argumento tiene su lógica y su trampa. Porque la otra cara es que una sociedad que trata a sus ciudadanos como niños acaba comportándose como tal.
La asignatura pendiente que nadie quiere dar
La propuesta que más consenso genera, aunque sea a regañadientes, es la de enseñar a nadar y a leer el mar en la escuela, como asignatura obligatoria, en lugar de dejar la educación física en el limbo actual. Hay colegios que ya enseñan a los niños a montar en bicicleta, una tarea que en teoría correspondía a los padres. Extender eso a la natación y a la seguridad acuática no parece descabellado.
Lo que genera rechazo inmediato es la vía burocrática: un certificado o permiso de natación para acceder a la playa o a la piscina, con su autoridad correspondiente verificando el cumplimiento. La reacción es unánime:
nos tratan como disminuidos y acabamos comportándonos como disminuidos.
El bulo que nunca falta
Ninguna tragedia colectiva se libra de su teoría conspirativa. En este caso, la acusación de que los ahogamientos son consecuencia de las vacunas circula por los mismos canales de siempre, sin ninguna evidencia que la respalde. Es el ruido de fondo que acompaña a cualquier debate sobre muertes evitables y que conviene identificar como lo que es: una hipótesis sin pruebas.
El verano no ha terminado. Agosto sigue por delante y las cifras de junio y julio ya marcan un récord que nadie quería. Si la tendencia se mantiene, la temporada cerrará con un balance que volverá a poner sobre la mesa las mismas preguntas de siempre: cuánta prevención estamos dispuestos a pagar y cuánta responsabilidad estamos dispuestos a asumir. La respuesta, a la vista de los datos, no invita al optimismo.