Mercadona factura 3.000 millones en comida lista y roza a McDonald's y Burger King juntos
La sección de listos para comer de Mercadona ya mueve 3.000 millones de euros en España y Portugal, cerca del 7% de la facturación total de la compañía en 2025. La cifra, publicada por
Marca, deja al gigante valenciano por delante de McDonald's en España (unos 2.000 millones anuales) y muy por encima de Burger King (1.500 millones), según datos de Numerator. El supermercado de Juan Roig no vende hamburguesas: vende tiempo. Y le está saliendo más rentable que a los que llevan medio siglo haciéndolo.
Qué hay detrás de los 3.000 millones de platos preparados
El negocio no se sostiene en un solo producto. El surtido abarca pollo asado, paella, ensaladas de pasta, salmón al horno con guarnición de verduras, sushi o poke. La sección ya está instalada en
1.100 tiendas y la compra de platos preparados creció un 6,2% en el último año. Un estudio de Numerator Worldpanel apunta que el 60% de quienes compran estos productos lo hace dentro de una cesta más grande de lo habitual, mientras que el 40% restante responde a un impulso puntual.
El cambio de hábitos empuja en la misma dirección: menos tiempo para cocinar, más disposición a pagar por no hacerlo. Ese porcentaje de consumidores que alega falta de tiempo alcanzó el 8,9% en 2025. La sección de listos para comer aportó ese 7% del total facturado por la cadena.
El cálculo que no cuadra: 6.000 euros al día por tienda
Dividir los 3.000 millones entre las 1.100 tiendas con sección activa arroja una media superior a los 6.000 euros diarios por centro. Es el tipo de cifra que hace levantar la ceja a quien frecuenta estos establecimientos. Hay quien sostiene que en su Mercadona habitual la bandeja de paella lleva horas cogiendo costra y que el movimiento real no justifica ese volumen. Otros apuntan a que el fenómeno se concentra en ciudades dormitorio y zonas de oficinas, donde el cliente come rápido y no cocina.
La comparación con la restauración tradicional no ayuda a digerir el dato. Un menú del día en un bar de barrio se ha ido a los 17 euros en muchas zonas, y los locales de toda la vida cierran cuando se jubila quien los regentaba. El relevo no siempre llega. En ese hueco se ha instalado una bandeja de arroz con guarnición por cuatro euros y un microondas a disposición del cliente.
Pollo asado, croquetas y sushi: el producto que sostiene el negocio
El pollo asado es el producto estrella sobre el papel y el más discutido en la práctica. Hay quien lo compara desfavorablemente con el de una pollería de barrio, señala que la carne parece cocida más que asada y echa en falta hierbas. Las croquetas generan veredictos más benévolos: no están mal, sin entusiasmo. Las hamburguesas de la sección se han convertido en objeto de curiosidad, con precios que en promoción bajan al entorno de un euro y medio.
El argumento sanitario aparece en cuanto se rasca. Se menciona la práctica habitual de inyectar fosfatos en la carne preparada para que no quede seca, y se recuerda que McDonald's y Burger King, con una calidad nutricional discutible, mantienen procesos de higiene y trazabilidad muy estrictos por tradición legal estadounidense. Quien ha trabajado en cocinas de estos establecimientos sostiene que la limpieza de Mercadona está por encima de la media del sector.
El supermercado como comedor social de clase media
La lectura más incómoda del fenómeno es la económica. En zonas de costa y barrios populares se observa a trabajadores que antes comían el menú del día en un bar y ahora recalientan su bandeja en el microondas del supermercado. El precio de un menú completo en hostelería se ha despegado del bolsillo medio, y la comida preparada de supermercado ocupa ese espacio con una propuesta más barata y previsible.
Hay quien lo llama empobrecimiento y quien lo llama simple cambio de hábitos. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. Lo que no admite discusión es el desplazamiento de gasto: cada euro que un trabajador gasta en una bandeja de pollo con patatas es un euro que no entra en la caja de un restaurante.
Con este ritmo de crecimiento, la sección de listos para comer tiene margen para seguir arañando cuota a la restauración organizada. La duda es si el modelo aguanta cuando el consumidor apriete de verdad el bolsillo o si, por el contrario, es precisamente esa presión la que lo alimenta.