El umbral de salida si las inversiones tributan como IRPF
¿A partir de qué punto le compensa a un inversor coger la maleta y largarse? Esa es la pregunta que vertebra una discusión fiscal que estos días ha vuelto a la primera línea: la propuesta atribuida a Yolanda Díaz de que las rentas del capital tributen con los mismos tipos que las del trabajo. La idea, de salir adelante, metería el
ahorro y la inversión en el mismo saco que el IRPF general, con tipos que en rentas altas alcanzan el 50%. Quien abrió el asunto lo dejó claro desde la primera línea: si esto se aprueba, se va del país. A partir de ahí, el enfado se convirtió en aritmética, y la aritmética es lo que conviene revisar.
Qué se paga hoy por invertir y qué se paga por trabajar
Hoy las rentas del ahorro y las del trabajo viven en compartimentos separados. En el ahorro, la retención obligada arranca en el 19% y el ajuste final puede llegar al 28%, según el desglose que circula entre los que manejan la letra pequeña. En el trabajo, el tipo medio en sueldos altos supera el 30% y el marginal puede tocar el 50%. No son magnitudes intercambiables, y ese es justo el punto.
La propuesta de equiparar ambos regímenes supondría, en la práctica, subir de golpe entre veinte y treinta puntos la factura de quien vive de sus rentas. Un salto así no lo digiere ningún patrimonio: los capitales se moverían antes de que el BOE terminara de imprimirse. Hay quien sostiene que la medida persigue simplemente redistribuir; en contra pesa el argumento de que castigar el ahorro seca la financiación de las empresas, que es de donde salen los puestos de trabajo.
El cálculo que desmonta la suma de tramos
Aquí llega la parte interesante. Varios intervinientes advierten de que los porcentajes no se suman, se multiplican. Si el Impuesto de Sociedades se lleva el 25% del beneficio y las rentas del capital, el 19%, la carga combinada no es un 44%, sino el 40%: queda 0,75 x 0,81 = 0,60. El desglose partida a partida, con los distintos tramos y la retención inicial, da una diferencia que sorprende a quien solo había visto la cifra redondeada.
La conclusión del ejercicio es más incómoda de lo que parece: quien invierte no siempre paga menos que quien trabaja, pero tampoco paga lo que la consigna sugiere. Y en el tramo combinado, entre sociedades y capital, hay quien sitúa el mínimo en el 45% y el techo en el 53%. Con esas cuentas, la línea entre inversor y asalariado de tramo alto se difumina más de lo que interesa a uno y otro bando.
¿A quién beneficia gravar solo al residente?
Ahí está el agujero que nadie quiere mirar de frente. Un inversor extranjero que coloque dinero en España sin residir aquí no queda sujeto al IRPF español. Es decir, la subida recaería sobre el ahorrador que vive en el país, mientras el capital de fuera seguiría entrando con ventaja comparativa. Otra cosa es que el inversor nacional opte por abrir cuenta en un bróker extranjero y fijar su residencia fiscal fuera cuando llegue el momento de vivir de las rentas.
Ese es el cálculo que cada uno hace en privado. Trasladarse, alquilar casa, contratar seguro sanitario y pagar los impuestos del país de destino tiene un coste concreto. Mientras ese coste supere al ahorro fiscal, conviene quedarse. Cuando deje de superarlo, la decisión ya está tomada de antemano.
El antecedente que Hacienda ya intentó y retiró
No es la primera vez que se plantea algo parecido. Años atrás se intentó que las ganancias de compraventa de acciones y fondos con menos de un año de antigüedad tributaran como renta del trabajo, al tipo marginal. La medida duró lo que tarda el mercado en encontrarle la vuelta y acabó retirándose. El precedente se cita como prueba de que la idea se desmorona sola.
También se recuerda el giro de las loterías. Los premios no tributaban, sobre la lógica de que lo recaudado ya era un impuesto en sí mismo. Llegó la crisis de 2008 y desde entonces Hacienda retiene un 20% del premio. La moraleja la saca cualquiera.
El umbral que cada cual tiene en la cabeza
Al final, el debate desemboca en experiencias concretas. Hay quien ya tenía preparada una maleta con 10.000 euros en efectivo, pasaporte y dos mudas, y la usó. Hay quien mira a Alemania, a Suiza o a los estados sin IRPF de Estados Unidos como destino. Y hay quien, simplemente, calcula el coste de irse tras una mala racha: 8.000 euros perdidos en un año de bolsa y 3.000 recuperados al siguiente, sin saber cuánto durará la racha.
La pregunta de fondo sigue sin respuesta y probablemente no la tendrá pronto. Una cosa es que la medida sea técnicamente torpe, y otra que no vuelva a intentarse. El capital tiene piernas largas; el legislador, la legislatura entera por delante. Y la maleta, esta vez, ya no está al fondo del armario.