La electrónica cae un 50% y los supermercados pierden un 20% en Argentina
Los proveedores venden a Argentina hasta un
40% más caro que a otros países, según las cifras difundidas por Público. Ese sobreprecio es la cuarta pieza de una foto más amplia: en Argentina, las ventas de bienes no alimentarios afrontan una caída esperada del
60%, la electrónica ya se derrumbó un
50% y los supermercados perdieron un
20% de sus ingresos, con
Javier Milei al frente del Gobierno desde hace dos meses.
La batería de cifras, difundida por Público y replicada de inmediato en el hilo, abrió una discusión que va mucho más allá del comercio minorista: cuánto de ese desplome es herencia, cuánto es shock deliberado y cuánto es relato interesado. Porque hay quien sostiene que el segundo mes de mandato se está midiendo con dos varas —la que se aplicó a
Syriza en Grecia y la que se aplica ahora— y que eso, en economía, nunca es un detalle menor.
El desplome en cuatro cifras: qué se cae y cuánto
Del cuadro salen cuatro datos concretos. Los bienes no alimentarios esperan una bajada del 60% en ventas. La electrónica se derrumba un 50%. Los supermercados pierden un 20% de ingresos. Y los proveedores extranjeros venden al país hasta un 40% más caro que a otros mercados.
Leído en conjunto, el patrón no es homogéneo: el consumo prescindible se hunde mucho más que el básico, y el sobreprecio de los proveedores añade una pieza más al cuadro. En el hilo se discute si un ajuste de choque puede juzgarse por su octava semana o si el daño es estructural, y hay quien sostiene que esto ya existía antes y que la situación sigue igual.
¿Qué pasa con los alimentos mientras se hunden las ventas?
Hay quien sostiene que bajan de precio algunos tramos de la cesta básica, y que ese es el dato que rompe el relato del colapso general. Varios productos cárnicos habrían perdido hasta un
25% de precio, según el cálculo que aporta un participante, lo que apuntaría a una corrección en la parte baja del consumo.
Hay quien lee la caída del 60% en bienes no alimentarios justamente así: los bienes de primera necesidad han subido tanto que no queda renta disponible para lo demás. El consumidor come y poco más. Bajo esa lógica, el ajuste golpearía primero a quien compra electrónica y muebles —rentas medias y altas— mientras la cesta básica empieza a aliviarse.
La versión sombría, también presente en el hilo, es la contraria: no es que los alimentos bajen, es que nadie tiene dinero para nada más. Y el ajuste, según quienes sostienen las previsiones más pesimistas, se alarga un par de años de dolor como mínimo.
«Lleva dos meses»: el argumento que domina la defensa
Dos meses es el plazo sobre el que vuelve una y otra vez la refutación de los datos. La tesis: no se puede evaluar un ajuste de shock por su octava semana, y menos cuando se parte de una economía descapitalizada, con deuda e inflación debajo de la alfombra. Que Milei no hace milagros con un caos heredado es, para varios participantes, la única conclusión sólida del cuadro.
La comparación con Grecia funciona como dardo en ambas direcciones. Como recuerda un participante, a Tsipras no se le dio cuartel cuando él tampoco había arruinado el país: se le exigió el ajuste completo desde el primer día. Ahora, sostiene, se pide paciencia. O el ajuste se mide igual para todos, o el doble rasero es la norma y no la excepción.
Lo que admite menos discusión es a quién le toca pagar: según se apunta en el hilo, el recorte se hace contra gasto público, subvenciones y pagos, y eso tiene destinatarios con nombre.
El FMI y Scioli: las señales que no encajan con el titular
Dos noticias posteriores matizan la fotografía del caos. La primera: el titular del FMI se muestra confiado con Milei, al que califica de
pragmático pese a los reveses; en el hilo se apunta además que el organismo prestará dinero al país. La segunda: Daniel Scioli, excandidato presidencial del peronismo, se incorpora al Gobierno de Milei.
Un Ejecutivo en caída libre no ficha a un peso pesado del peronismo. Ambas piezas van en sentido contrario al titular del desplome, y alimentan a quien sostiene que la lectura catastrófica es un sesgo editorial. Del otro lado pesa un argumento difícil de rebatir: un titular de confianza no paga la compra del mes.
De la macro a la cultura del trabajo
El tramo final se desplaza a terreno menos cuantificable. Se comparan esfuerzo y productividad: según un participante, el gasto público chileno es muy bajo en porcentaje comparado con el español —con Piñera o con Bachelet, da igual— y el sistema rinde de forma desigual; el mismo servicio tardó media hora y se resolvió mal en Chile, y un minuto bien en Estados Unidos.
De ahí se salta a la explicación cultural que defiende otro participante: tradición protestante frente a católica, cultura del trabajo frente a otras costumbres, nórdicos que aplicaron políticas muy socialistas y gestionan mejor. El propio razonamiento se topa con su contradicción: si las políticas liberales son de raíz anglosajona, aplicarlas en otro suelo dará otro resultado. Milei no ejecuta un programa en el vacío, sino en Argentina. El expresidente al que se declara heredero, el que desguazó el Estado sin desmontar a las élites que siempre lo usaron, sirve de advertencia.
Y el dato que descoloca es el de fondo, según se sostiene en el hilo: el país produce alimentos para doce veces su población. Ninguna caída del 60% en ventas no alimentarias lo explica. Tampoco lo arregla.