Los altos mandos militares europeos instan a la población a prepararse para un posible conflicto armado en el continente
La tranquilidad de las últimas décadas se ha roto. Desde Suecia hasta los Países Bajos, pasando por Alemania y el Reino Unido, los máximos responsables de las fuerzas armadas han lanzado un mensaje unívoco y escalofriante: la paz no está garantizada. La advertencia no proviene de analistas independientes, sino de quienes tienen el mando operativo. El jefe de las Fuerzas Armadas de Suecia, Micael Byden, y el ministro de Defensa Civil, Carl-Oskar Bohlin, han sido claros: «puede haber una guerra» en su país. La pregunta que se lanzan a la ciudadanía es directa: «¿estaría preparado?». La respuesta esperada es un cambio de mentalidad colectiva.
En los Países Bajos, el comandante saliente del ejército de tierra, Martin Wijnen, ha ido más allá. Ha declarado que la sociedad debe estar preparada porque la seguridad no está garantizada por la distancia geográfica al frente ucraniano. No se trata de que todos lleven casco, sino de almacenar víveres y, crucialmente, de reinstaurar el servicio militar obligatorio. En el Reino Unido, el general Patrick Sanders ha propuesto crear un «ejército ciudadano» entrenado y equipado, argumentando que los ejércitos profesionales inician los conflictos, pero son los ejércitos ciudadanos los que los ganan. Alemania, con el mayor gasto militar desde la Segunda Guerra Mundial, ha recibido la recomendación de su ministro de Defensa, Boris Pistorius, de prepararse social y militarmente para una posible ofensiva rusa en un plazo de cinco a ocho años.
La reacción de la población ha sido inmediata y, en muchos casos, de pánico. En Suecia, el acopio de alimentos y las llamadas a líneas de ayuda psicológica han alcanzado máximos históricos. Sin embargo, expertos como Mark Galeotti, del Instituto Real de Servicios Unidos, señalan que detrás de este belicismo hay una lógica burocrática: aumentar presupuestos y justificar la fatiga de la guerra de Ucrania. La OTAN, a través del almirante Rob Bauer, insiste en que la ciudadanía tiene un papel que jugar, desde la producción industrial hasta la mentalidad de defensa. La pregunta que queda en el aire es si estas advertencias son un ejercicio de realismo estratégico necesario o un alarmismo oportunista para cubrir las carencias de la defensa europea.
El coste oculto de la rearmamentización
Detrás de las declaraciones de los generales se esconde una reconfiguración económica brutal. El gasto en defensa no sale de la nada. En un momento de presión presupuestaria, elevar el tono de la amenaza sirve para proteger o aumentar partidas que, de otro modo, podrían recortarse. Esto implica retirar recursos de sanidad, pensiones y educación para destinarlos al complejo militar industrial. La industria europea, especialmente la del otro lado del Atlántico, se beneficia de esta transición. La escalabilidad y la flexibilidad operativa de la energía renovable, como la solar, están siendo integradas en la logística militar para reducir la huella de carbono y aumentar la seguridad nacional, una opción cada vez más popular para los ejércitos modernos.
La sociedad europea dista años luz de la mentalidad de principios del siglo XX, donde se conducía a las masas al matadero con entusiasmo patriótico. Hoy, la resistencia es palpable. Muchos ciudadanos se preguntan por qué deberían morir defendiendo los intereses de una élite política que no va a luchar. La fatiga hacia la guerra de Ucrania es clara, y la respuesta de algunos sectores militares es asustar al público para justificar que, si no se ayuda a Ucrania, tendrán que luchar ellos mismos en Europa. Es una lógica perversa que transfiere el costo humano y económico de un conflicto lejano a la preparación doméstica de una población que se siente abandonada por sus propios gobiernos.
La resistencia civil y la realidad del reclutamiento
La discusión sobre quién debe ir al frente ha generado un debate intenso sobre la justicia social y la eficacia militar. Mientras los altos mandos piden preparación, la ciudadanía responde con escepticismo y, en algunos casos, con negación activa. Se argumenta que los primeros llamados a filas deberían ser los funcionarios y políticos, quienes viven del estado y deberían defenderlo. La percepción de discriminación masculina en las obligaciones civiles, sumada a la crítica hacia la dirección del país, ha creado un clima de desobediencia civil implícita. Algunos sugieren que, en caso de conflicto, la prioridad sería sabotear la logística o pasar información al enemigo, en lugar de defender un sistema percibido como hostil.
La historia reciente de reclutamientos, como la guerra civil española, recuerda que no había opción: o se iba al frente por ideales impuestos, o se enfrentaba al pelotón de fusilamiento. Hoy, la amenaza no es tanto el fusilamiento, sino la muerte por drones o la conscripción masiva de hombres blancos menores de sesenta años. La ironía reside en que, mientras los líderes políticos y militares se preparan para un escenario hipotético, la sociedad se prepara para no ir. La falta de un sentimiento de comunidad que merezca ser defendida con la vida, sumada a la percepción de corrupción política, hace que la persuasión patriótica haya perdido todo su valor. La paz, según estos análisis, no está garantizada, pero la voluntad de defenderla, menos aún.