Reclutamiento general: «no queda ni el 50% para el frente»
¿Cuánta gente iría de verdad a una guerra si mañana se decretara un reclutamiento general? La respuesta que se abre paso en el debate no admite adornos, según los participantes que lo sostienen: poquísima. El punto de partida es un cálculo incómodo para cualquier Estado Mayor. Si se segrega el componente operativo del administrativo y del de mantenimiento, no queda ni el
50% de la tropa disponible para mandarla al frente, según uno de los participantes. Y eso contando con que los números de partida cuadren: de la franja de reclutamiento, de
18 a 30 años, otro forero resume que quedan «cuatro gatos».
¿Por qué el reclutamiento general no cuadra con las plantillas actuales?
El argumento no se apoya en la falta de patriotismo, sino en la contabilidad. Los ejércitos occidentales han engordado su parte administrativa, logística y de mantenimiento hasta el punto de que la fuerza realmente desplegable sobre el terreno no llega a la mitad del total. Poner en pie una movilización masiva exigiría mover o sustituir esa masa burocrática, y ninguna de las dos cosas es rápida ni barata.
La consecuencia práctica es otra: el Estado tendría que elegir entre dejar desatendida la retaguardia o enviar al frente a personal sin tareas de combate.
El detalle es que ese cuello de botella pesa más que cualquier discurso sobre la defensa nacional. Sobre el papel, la maquinaria está; en la práctica, se atasca antes de arrancar.
¿Puede la inteligencia artificial sustituir a los soldados que faltan?
La respuesta que se repite es que no, o al menos no a tiempo. La propuesta que se lanza pasa por entrenar a las administraciones y a los cuerpos funcionariales en el manejo de sistemas automatizados: reconvertir al
funcionario en operador de tecnología antes que en fusilero. Encaja en el papel, tropieza con el calendario. Esa transformación no se improvisa en unos meses ni se compra con un contrato público.
El resumen de ese planteamiento es que, a la hora de la verdad, el frente sigue necesitando manos, y esas manos tardan en formarse.
El covid dejó una lección incómoda sobre la obediencia
Cuando la orden llega clara desde arriba, la mayoría acata sin apenas fisuras. Esa es la conclusión que varios participantes extraen de la gestión de la pandemia y trasladan casi tal cual a una hipotética movilización. No haría falta convencer a nadie: bastarían los mensajes repetidos y la presión del entorno. Quien se resista ya sabe cómo se le va a llamar.
Negacionista de la guerra. Ese es el sello previsto, según ese mismo análisis, para los que pongan pegas. La maquinaria de persuasión funcionó una vez y se da por hecho que volverá a funcionar, esta vez sin mascarilla de por medio.
Reclutamiento obligatorio: la carta certificada y el vuelo de ida
Nadie se llama a engaño sobre cómo empezaría todo. La descripción que circula es prosaica: una carta certificada entregada por la policía y, detrás, el centro de instrucción. Sin pregunta previa, sin margen para la réplica. El que tenga pasaporte y dinero ya está mirando billetes de avión; el que no, hace cuentas con lo que tiene. Desaparecer del mapa se menciona sin pudor.
Hay incluso quien lo plantea como una cuestión de cálculo familiar: si el Estado no te ha protegido antes, ¿por qué ibas a proteger tú al Estado ahora? Es la misma pregunta que se hacía en otras épocas y que entonces se respondía con la palabra patria. Esa palabra, dicen, ya no cotiza en el mercado interior.
¿Se está escalando el conflicto más de lo prudente?
Uno de los participantes sostiene que Occidente juega con una
distancia tecnológica frente a Rusia que, a su juicio, es reducida, incluso nula, y que el margen para el error es muy estrecho. La preocupación no es la derrota, es la escalada. Las noticias que se enlazan en el hilo —el derribo de un bombardero ruso valorado en decenas de millones de libras, según un medio británico— sirven a unos como prueba de firmeza y a otros como recordatorio de lo cerca que está el fuego.
Sobre Ucrania, el diagnóstico se endurece. Los relatos que circulan describen un reclutamiento que no pregunta y una retaguardia que paga el precio en silencio. La comparación con otros conflictos donde se cerró el paso a los que intentaban huir no ayuda a tranquilizar a nadie.
A quién se señala para ir al frente
El consenso se rompe cuando toca repartir la carga. Unos apuntan a los colectivos con privilegios, a las administraciones y a las élites bien situadas. Otros sostienen que la línea divisoria no es ideológica, sino de posición: irían los de siempre, los que no tienen fórmula para esquivarlo. Y sobrevuela una amenaza repetida medio en broma, medio en serio: que las armas que te entreguen no acaben apuntando hacia el otro lado.
Total, que el plan de movilización existe sobre el papel, los cálculos salen en cualquier simulador y la propaganda está lista. Lo único que no aparece por ningún lado es el soldado.