Defensa no cifra los desaparecidos y el recuento se hace a cuentagotas
La ministra de Defensa compareció en televisión y no dio una cifra de desaparecidos. Se escudó en el Ejército y en que los datos llegarán «progresivamente». Es el punto que ha encendido la conversación pública sobre la gestión de la catástrofe: no hay lista, no hay horquilla y no hay nombres.
Lo que sí hay son escenas.
Siete cadáveres hallados en un garaje de la pedanía de La Torre, vecinos muertos atrapados en sótanos de Paiporta, gente caminando a pie en busca de agua y comida mientras la policía ordena el tráfico. Y una pregunta que se repite: ¿cuántos son? ¿Cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil?
Por qué no se publica la cifra de desaparecidos
La explicación oficial es que el Ejército tiene los datos y que se irán dando de forma escalonada. El problema es que ese escalonamiento tiene un coste.
Cada hora sin cifra es una hora sin búsqueda organizada, y los garajes son el escenario donde esa demora se convierte en algo peor que una estadística.
Hay quien sostiene que el Gobierno conoce una horquilla amplia y que la dosifica por cálculo político. Otros apuntan a pura incompetencia: dos o tres titulares por delante y la realidad por detrás. Ninguna de las dos hipótesis es tranquilizadora, y las dos caben en el mismo silencio.
El método que se usaba antes: dos listas con nombre y apellido
En otras catástrofes se publicaban dos listas, la de fallecidos y la de desaparecidos, con nombre y apellido, para que cualquiera pudiera cruzarlas. Ese sistema no era caridad: era logística.
Un desaparecido sin nombre no existe para el operativo, y sin operativo no hay rastreo de sótanos, bajantes ni huecos con un palmo de aire.
La crítica más repetida apunta a que ahora el recuento se hace a cuentagotas y en plató, con presentadores conteniendo las lágrimas. La información se gestiona como un foco que se abre y se cierra, no como una lista de trabajo.
Los garajes, el reloj y las bombas de achique
El detalle técnico que más ha circulado es el de los aparcamientos subterráneos. Muchos tienen partes altas por encima del nivel de la calle. Si alguien quedó atrapado ahí, el tiempo corre en su contra y las bombas de achique de los bomberos son la única herramienta útil: vaciar aunque sea parcialmente, entrar con material adecuado y descartar. Garaje a garaje. En horas, no en días.
A eso se suma el riesgo sanitario.
Los cadáveres sin retirar son un vector de enfermedades diarreicas —cólera, salmonela, shigela, E. coli— y de virus que portaban las propias víctimas. Las epidemias de cólera posteriores a grandes catástrofes, como en Haití, son el precedente que nadie quiere repetir.
El ejército, la ultraderecha y el relato paralelo
En el terreno político, la conversación se parte en dos. Una corriente sostiene que la prioridad era sacar al Ejército a la calle para controlar saqueos, como se hace en cualquier país ante un huracán, en lugar de tener a una ministra dando explicaciones. Otra responde que el despliegue militar no es la solución y que la emergencia es civil. Y una tercera, más cínica, sentencia que da igual:
lo importante es que la ultraderecha no saque rédito.
Mientras tanto, el goteo de datos sigue. La cifra de desaparecidos no aparece. Los bulos sobre parkings y embalses tampoco ayudan: los bomberos han denunciado que la desinformación les interrumpe el trabajo de campo. Y en el fondo queda el dato más incómodo de todos, el que no se puede dosificar: habrá desaparecidos que nadie reclame y que no entrarán en ninguna estadística.
Con este ritmo de información, lo previsible es que la cifra real aparezca tarde, troceada y por filtraciones. Si el recuento se cierra antes de que se vacíen los garajes, la cifra que se publique será la de los localizados, no la de los desaparecidos. Y esas dos nunca coinciden.