La generación bakala: así consiguieron la casa pagada mientras los empollones siguen con hipoteca
¿Quién lleva razón al comparar al bakala de los 90 con el empollón de carrera? La respuesta depende de cuándo compró cada uno su piso. Los veteranos de aquella escena madrileña guardan una conclusión incómoda para los que se quedaron en casa.
Las discotecas Radical, Paladium, Overdrive o Bacchata concentraron a toda una generación salida de instituto. Con 18 años, muchos de sus asistentes ya trabajaban en la construcción o en talleres. Cuando el ladrillo aún no era una burbuja, firmaron hipotecas que hoy están amortizadas. Sus compañeros de pupitre, en cambio, llegaron tarde: compraron en el pico del ciclo, pagando el triple por una vivienda comparable, y todavía deben. El resultado, recuerdan los partidarios de aquel estilo de vida, es que el obrero con oficio tiene su casa a coste histórico y el titulado superior sigue pagando letras desproporcionadas.
El fracaso que nadie contabiliza
La otra cara del relato es más cruda. La fiesta, el consumo de drogas de síntesis y las trifulcas dejaron muertos y heridos que no siempre llegaron a los titulares. Algunos de aquellos asistentes terminaron con una pensión por invalidez que hoy se ve como renta, y los que siguieron estudiando sostienen que su carrera no se tradujo en ventaja patrimonial. Los argumentos chocan sin tregua: la casa pagada frente a la paga vitalicia.
De la discoteca a la política nacional
La nostalgia derivó, inevitablemente, hacia la política. Ceuta y Melilla, la independencia de Cataluña y el repunte de la inmigración se colaron en el recuerdo con una mezcla de enfado y desconcierto. Es la deriva típica de una generación que ve cómo el país cambia y a la que le cuesta reconocer en el presente los sitios por donde pisó de noche.
Al final, la única certeza es que comprar antes de la burbuja lo cambia todo. Y mientras el resto se enreda en pronósticos, el que ya pagó su hipoteca duerme tranquilo.