Franco y los pantanos: el bulo que el régimen nunca necesitó
Hay una forma infalible de saber que un debate histórico va en serio: cuando alguien aparece con un vídeo desmontando un bulo y el bulo resulta que tampoco era exactamente lo que se creía. En España, la política hidráulica del franquismo es ese terreno minado donde cada bando tiene su propia cifra y su propia vergüenza. Un vídeo viral de una creadora que se identifica como Elena Reines ha vuelto a encender la mecha: «Franco no hizo todos los pantanos de España», dice, y a partir de ahí el país se divide entre quienes creen que el dictador movía personalmente la pala y quienes recuerdan que la mayoría de esos embalses ya estaban proyectados antes de 1939.
La discusión, que en su origen era un tuit con hilo y capturas, ha derivado en un asunto mucho más interesante: ¿cuánto de lo que atribuimos a un régimen es propaganda del propio régimen? Porque el franquismo no necesitó inventar los pantanos. Le bastó con apropiarse de una política que venía de lejos y ponerle su firma.
¿Cuántos pantanos construyó realmente Franco?
El dato que circula en el material es contundente: durante los 36 años de dictadura, entre 1939 y 1975, España pasó de tener unas 60 presas importantes a más de 600. Es decir, se construyeron alrededor de 500 presas, con variaciones según la fuente que se consulte, entre 450 y 600. La cifra no es inventada: el régimen la utilizó como escaparate de su política hidráulica nacional, una prioridad absoluta desde el final de la Guerra Civil.
Ahora bien, de ahí a decir que Franco construyó los pantanos hay un trecho que la propia propaganda se encargó de difuminar. La mayoría de esos embalses ya estaban proyectados antes de la guerra, algunos desde el siglo XIX, y muchos formaban parte de un plan de aprovechamiento hidroeléctrico que la República había heredado de la dictadura de Primo de Rivera. El franquismo no inventó la política de embalses: la continuó, la aceleró y, sobre todo, la rebautizó.
Lo que sí es cierto es que la construcción masiva de presas fue una realidad durante el franquismo. Y ahí entra el detalle que muchos prefieren no mirar: la mano de obra. Los prisioneros de guerra republicanos, y también algunos condenados por delitos comunes, trabajaron en condiciones de semiesclavitud en la construcción de infraestructuras. No eran esclavos en el sentido jurídico, pero el sistema de redención de penas por el trabajo convertía a los presos en trabajadores forzados que, a cambio de reducir condena, levantaban pantanos que luego el régimen presentaba como obra propia.
El bulo del bulo: cuando desmontar algo se convierte en otra cosa
El vídeo de Elena Reines no solo desmonta la atribución personalista de los pantanos. También introduce un matiz que ha irritado a propios y extraños: la mayoría de esos embalses no los construyó Franco con sus manos, obviamente, pero tampoco los construyeron los republicanos esclavizados como gesto de generosidad. Los construyeron presos. Y el régimen los presentó como suyos.
La reacción en redes ha sido un muestrario de lo mejor y lo peor del debate público español. Por un lado, quienes señalan que la política hidráulica venía de antes y que atribuir a Franco la obra pública es tan absurdo como atribuir a Sánchez haber puesto los ladrillos de las casas que inaugura. Por otro, quienes recuerdan que el franquismo utilizó la construcción de pantanos como herramienta de propaganda interna y externa, y que la cifra de 500 presas se ha repetido hasta la saciedad sin contexto.
Y en medio, la eterna discusión sobre si el régimen fue un paréntesis o una continuidad. Hay quien sostiene que Franco fue un socialista infiltrado en el frente nacional, y quien responde que la guerra la ganaron los que ahora se quejan de que les quiten las placas. La ironía se escribe sola.
La mano de obra que no sale en las fotos
Uno de los puntos más incómodos del debate es el que tiene que ver con quién puso el cuerpo. Los prisioneros de guerra republicanos fueron utilizados como mano de obra forzada en la construcción de embalses, carreteras y otras infraestructuras. El sistema de redención de penas por el trabajo permitía a los presos reducir sus condenas a cambio de trabajar en obras públicas. No era esclavitud formal, pero se parecía bastante.
La discusión sobre si eran esclavos o no es, en realidad, una discusión semántica que oculta algo más simple: el régimen utilizó a los vencidos para construir la España que luego presentó como su gran obra. Y lo hizo, además, con un discurso que mezclaba la exaltación de la obra pública con la idea de que el trabajo redimía. Redimía de qué, es la pregunta que nadie quiere responder.
El pantano como metáfora nacional
Más allá de la anécdota histórica, el asunto de los pantanos ha servido para algo más: para comprobar hasta qué punto el relato oficial sigue operativo. La idea de que Franco construyó España es una de esas verdades a medias que se repiten en comidas familiares y en tuits madrugadores. Y desmontarla no es un ejercicio de revisionismo, sino de aritmética básica.
El problema es que, al desmontarla, algunos caen en el error contrario: negar que durante el franquismo se construyeran embalses. Se construyeron. Muchos. Y se construyeron, en buena parte, con presos. Eso no hace al régimen más admirable, sino más cínico. Porque la propaganda no consistía en inventar la obra pública, sino en borrar a quienes la hicieron posible.
La discusión, como casi todas las que tienen que ver con la memoria histórica, acaba en un callejón sin salida. Unos dirán que el vídeo es un bulo porque exagera. Otros, que el bulo es creer que Franco construyó algo. Y mientras tanto, los pantanos siguen ahí, llenos o vacíos según la sequía, sin que nadie se acuerde de los que murieron levantándolos.
Al final, el dato que descoloca no es cuántos pantanos se construyeron, sino cuántos de los que se atribuyen al régimen ya estaban proyectados antes de que Franco llegara al poder. La respuesta, según los documentos que se citan en el debate, es la mayoría. Y eso, más que una crítica al franquismo, es una advertencia sobre cómo se escribe la historia: a base de repetir cifras sin preguntar quién las puso ahí.