Muere a los 36 el culturista que pesaba 165 kilos
Illia Gollem, fisicoculturista checo de 36 años apodado «El mutante», falleció el miércoles por causas que, a la fecha de esta discusión, se desconocen. Medía 1,85 metros y llegó a pesar 165 kilos. La revista
Men's Health detalló hace un año que ingería hasta 16.500 calorías diarias repartidas en siete comidas, con más de 100 piezas de sushi y 2,5 kilos de carne al día. Se inyectaba, según el relato que acompaña a la noticia, 50 dosis de insulina diarias para quemar rápido los alimentos. Empezó como autodidacta inspirado por Schwarzenegger y Stallone. Levantaba entre 250 y 350 kilos.
Qué se sabe de la muerte de Illia Gollem
El culturista checo murió un miércoles sin causa oficial confirmada. La noticia, publicada por A. L. Menéndez, recoge que se desconoce el motivo del fallecimiento. Gollem tenía 36 años, medía 1,85 y pesaba 165 kilos. Su dieta, según
Men's Health, incluía siete comidas diarias, más de 108 piezas de sushi y 2,5 kilos de carne. La insulina, en dosis de 50 pinchazos al día, aparece en el relato como herramienta para metabolizar esa ingesta brutal. Ninguna autoridad ha confirmado todavía la causa del fallecimiento.
La duda sobre las 16.500 calorías y el sushi
La cifra de 16.500 calorías diarias circula como dato estrella, pero no todos la dan por buena. Hay quien sostiene que se trata de una cifra fantasma, del mismo tipo que las que exhiben otros influencers del sector: comidas pantagruélicas grabadas en días distintos y montadas en un solo vídeo para aparentar una ingesta que nunca fue diaria. En esa lectura, Gollem no competía, no había destacado en ninguna disciplina y su negocio era la imagen. La duda razonable es cuánto comía de verdad y cuánto era escenografía para seguidores.
El cuerpo como máquina que se agota antes de tiempo
El argumento más repetido es el del desgaste. Un organismo que digiere semejante volumen mantiene el metabolismo al cien por cien solo en tareas digestivas, sin margen para repararse. La comparación con un coche aparece y se matiza: el cuerpo se autorrepara, pero solo si le dejan. Con siete comidas al día, la insulina no baja en ningún momento. Y el resultado, sostienen, es el mismo que el de la obesidad mórbida: riesgo cardiovascular, apnea, agotamiento al subir escaleras. El sobrepeso muscular no protege de eso.
Esteroides, insulina y el negocio del físico extremo
El caso se enmarca en una discusión más amplia sobre el consumo de esteroides entre jóvenes, normalizado hasta el punto de que hay quien presume de ciclos de nivel profesional con veinte años. La insulina, la hormona del crecimiento, los estimulantes y los analgésicos aparecen en la conversación como parte del pack. La pregunta que sobrevuela es económica: ¿cómo se financia ese modo de vida? Patrocinios, marcas de suplementos y una audiencia que paga por ver al monstruo. El físico extremo, en ese circuito, es el producto.
Trastorno dismórfico: la anorexia del músculo
La lectura clínica que aparece con más fuerza es la del trastorno dismórfico corporal. La persona que lo padece nunca se ve suficientemente grande, por mucho que entrene y por mucho que gane. Es la versión musculada de la anorexia, y termina igual de mal. En esa clave, la frase de que «murió haciendo lo que quería» se cae: no hay elección libre cuando hay enfermedad mental de por medio. El culturista no se veía monstruoso por fuera; se veía pequeño por dentro.
Qué pasa con la pensión y con el relato del sacrificio
El sarcasmo recurrente es que no llegó a cobrar pensión. A los 36 años, con 165 kilos y ese historial, la esperanza de vida se estrecha. La conversación deriva hacia la idea del suicidio lento: años de esfuerzo físico brutal, disciplina extrema, para acabar muerto a los cuarenta convertido en una anomalía. No es dejadez, es lo contrario. Es la paradoja de matarse trabajando por un ideal que no existe.
El patrón se repite: físico extremo, patrocinio, audiencia y un final temprano. Si la causa oficial se confirma algún día, se sabrá si fue el corazón, un trombo o el desgaste acumulado. Mientras tanto, la cifra de 165 kilos y los 36 años quedan como el resumen más elocuente de un negocio que vende salud con forma de enfermedad.