Nadal, señalado en un artículo de El País: el debate sobre quién puede opinar
¿Alguien debería decir a Rafa Nadal que, si quiere dar lecciones, mejor que sean de tenis? Eso sostiene un artículo de opinión de
El País firmado por Berna González Harbour, que remata preguntando si es «el fin de un mito». El texto avisa de que «el desamor ha comenzado» y de que puede acabar fatal. Con eso ha bastado para que buena parte de la conversación pública dé por hecho que
el tenista de Manacor ha sido cancelado. La cosa, claro, no va de tenis.
¿Qué ha pasado realmente entre Nadal y El País?
Un artículo de opinión. Ni boicot, ni comunicado, ni retirada de patrocinios.
Una columna firmada que reprocha al deportista salirse de su casilla y le sugiere limitarse a la pista. A partir de ahí, la etiqueta hizo el resto. Y el asunto se discute en dos direcciones opuestas: unos ven un ajuste de cuentas coordinado contra cualquiera que no comulgue al cien por cien; otros responden que estirar la palabra cancelación hasta este punto la devalúa tanto que acabará dejando de significar nada.
Un cálculo que circula por la conversación descoloca a los primeros: ninguna periodista alcanzará
«la repercusión del atleta ni al 1%». Si cancelar es silenciar, al tenista el silencio le queda ancho. Lo que se discute, entonces, no es si le han quitado la voz, sino si alguien pretendía quitársela.
El doble rasero: vacunas, Arabia Saudí y la lista de dianas
Aquí la discusión se pone interesante. Se argumenta que a Nadal solo se le exige prudencia cuando su opinión incomoda: cuando ha hablado a favor de la vacunación,
nadie le replicó que se limitara a las pistas. La exigencia de silencio, se sostiene, no sería un principio sino una conveniencia que cambia de dueño según el día.
El segundo frente es la agenda. Mientras se reprocha al tenista, se pregunta por qué no se aplica el mismo celo a la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudí, que una parte de la conversación pone como ejemplo de que la diana mediática se elige según el momento y no según el mérito. La acusación de fondo es de coherencia selectiva.
Y sobre el método, una idea repetida: al personaje incómodo se le pregunta para que conteste lo que se espera oír; si no lo hace, se le invita a callar. Sobre eso no hay acuerdo, pero sí sobre el desgaste que produce.
Nadal, el contribuyente que no se fue a Dubái
En clave económica, el episodio se lee como un riesgo nada desdeñable. Un cálculo que circula en el hilo sitúa en
entre el 40% y el 50% de su patrimonio lo que el tenista ha entregado en impuestos, y se repite que lo tenía fácil: Suiza, Dubái, Florida o Qatar, como tantos otros deportistas y empresarios. Se llega a pronosticar que le caerá una inspección fiscal. Es, conviene subrayarlo, una predicción lanzada al aire, no un hecho constatado.
El argumento que se deriva de ahí no es menor: si el país premia el esfuerzo, mandar el mensaje de que esforzarse no da derecho a opinar tiene un precio, aunque sea simbólico. Ahí es donde el asunto del tenis se cruza con el de la fiscalidad.
Las columnistas con plataforma y el mercado que no reparte
El tono general apunta a un fenómeno con nombre propio en la jerga de internet: la
charocracia, un término despectivo hacia las mujeres columnistas. La tesis es que una capa de columnistas y comentaristas con plataforma en televisión pública y en la prensa de referencia sienta cátedra sobre cualquier asunto, y que su influencia real no se corresponde con su audiencia.
Ahí están los números que se han ido colgando: cuentas con miles de publicaciones y un promedio de interacción que no pasa de un puñado de reacciones.
- Cero respuestas, 2 retuits y 8 me gusta.
- Cero respuestas, 0 retuits y 5 me gusta.
- Dos respuestas, 0 retuits y 8 me gusta.
- Una respuesta, 0 retuits y 4 me gusta.
El contraste incomoda: la herramienta para hablarle al mundo está ahí, gratis, y el mundo pasa. De ahí salta la discusión al terreno económico: se sostiene que el sueldo debería medirse por lo que cada cual genera, y se compara lo que paga la administración con lo que cobra quien sostiene una empresa de
500 trabajadores —con una diferencia que se cifra en el triple—, lo que deja la sensación, según quienes lo plantean, de que el mercado funciona para unos y no para otros.
Total, que un tenista de Manacor ha quedado retratado como disidente por decir lo que piensa, y quien se lo reprocha lo hace desde una columna de opinión en el diario que la publica. Si eso es cancelar, la palabra ya no significa nada. A este paso, el último oficio cancelado va a ser el de opinar.