Nueva York y el socialismo que se queda sin dinero ajeno
El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ha anunciado que la ciudad está en crisis presupuestaria: «No tenemos ingresos. El déficit es enorme». La noticia, difundida por el comentarista Carlo Martin, ha reavivado el viejo axioma que atribuye a Margaret Thatcher la frase de que el socialismo fracasa cuando se acaba el dinero de los demás. En menos de dos meses, el regidor que prometió gratuidad en transporte, guarderías y vivienda se topa con la aritmética. Y la reacción no se ha hecho esperar: desde quien pide subir impuestos hasta quien sentencia que Nueva York sobrevivió al mayor atentado de su historia pero puede que no sobreviva al socialismo.
Qué ha pasado en Nueva York
El mensaje inicial es un tuit: el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, anuncia que la ciudad ha quebrado. «Estamos con una crisis presupuestaria. No tenemos ingresos. El déficit es enorme», dice. La pieza la firma Carlo Martin, que añade el calificativo de «comunista» al regidor y cierra con un «así termina el socialismo». El diagnóstico es simple: un programa de gasto expansivo —transporte público gratuito, guarderías, vivienda— se estrella contra la caja. No hay margen para matices cuando el propio alcalde reconoce el agujero.
El contexto no ayuda. La ciudad arrastra compromisos de gasto público que, según se argumenta, incluyen pensiones blindadas para empleados municipales. Un dato que circula en el análisis: en Nueva York la pensión media de los funcionarios ronda los 60.000 dólares, pero las nuevas se acercan a los 100.000. La práctica de inflar las horas extra en los últimos años de servicio para elevar la base de cálculo es una trampa conocida. El resultado es una estructura de gasto rígida que no se corrige con un tuit.
El socialismo como etiqueta y como problema
La discusión deriva rápidamente hacia el marco ideológico. Una parte del análisis sostiene que el comunismo funciona hasta que se aprende que los recursos son limitados y que las élites acaparan la mayoría, gobierne quien gobierne. Otra corriente lo resume con sorna: el socialismo fracasa cuando se acaba el dinero de los demás. La cita, atribuida a Margaret Thatcher, se repite como un mantra. Y hay quien va más allá: el problema no es el dinero, es la educación pública que durante décadas ha convertido a los ciudadanos en animales de granja incapaces de concebir una vida sin el Estado.
No todo es burla. Hay quien defiende que hace falta más gratuidad, no menos, y que ese dinero sale de las piedras. La respuesta es inmediata: las piedras no pagan nóminas. El intercambio refleja una tensión real entre quienes ven el gasto social como inversión y quienes lo ven como una transferencia insostenible. En medio, un dato incómodo: los trabajadores públicos reciben pensiones muy superiores a las de los privados, una asimetría que en Nueva York alcanza cifras de seis dígitos.
La quiebra como espejo de otras quiebras
El caso neoyorquino se lee como un experimento controlado. Si el socialismo municipal quiebra una ciudad con la capacidad fiscal de Nueva York, ¿qué no hará en economías más frágiles? La comparación con Venezuela y Cuba aparece en varios mensajes, aunque no todos la compran. Un participante recuerda que los venezolanos vivían bien antes de Chávez y pregunta por qué no se culpa al capitalismo del hambre en Honduras, Nicaragua o Burundi. La discusión se encona: unos acusan al capitalismo de selectivo, otros responden que el socialismo solo ha funcionado donde ya había dinero ajeno que exprimir.
El detalle local importa. Nueva York es una de las ciudades más caras del mundo, con impuestos municipales para casi todo. Rodar una escena de cine en sus calles es casi inviable para los grandes estudios, que prefieren construir una réplica en Los Ángeles o Pinewood antes que pagar las tasas. Si además se suben los impuestos, el riesgo es que los contribuyentes ricos emigren y queden solo los que viven de la paguita. Chicago ya lo hizo.
El factor Trump y el ruido de fondo
La conversación deriva hacia la política nacional. Hay quien pregunta si Mamdani ha pedido auxilio financiero a Trump y este ha respondido con un «siéntate aquí y pedalea». No hay confirmación en el material. Lo que sí aparece es la tesis de que Trump no está demostrando ser mejor: déficit, inflación e impuestos. La defensa del expresidente se apoya en que ha rebajado impuestos, contiene la inflación y centra el gasto en lo militar, que a la postre genera economía privada. El crecimiento de Estados Unidos, se dice, ronda el 4% frente al 0,1% europeo.
El ruido ideológico tapa a veces lo esencial. La quiebra de Nueva York no es un debate abstracto sobre comunismo y capitalismo: es una ciudad que no puede pagar sus compromisos. Las causas son múltiples —pensiones blindadas, gasto rígido, base fiscal que se estrecha— y las soluciones, escasas. Subir impuestos puede acelerar la fuga. Recortar gasto puede paralizar servicios. Y mientras, el reloj corre.
Qué puede pasar ahora
Con estos mimbres, lo previsible es que la ciudad intente renegociar pensiones, recortar gasto no esencial y buscar ingresos extraordinarios. Ninguna de las tres cosas es popular. Si la presión fiscal sube, la experiencia de Chicago sugiere que los contribuyentes con movilidad se irán. Si no sube, el déficit se financiará con deuda, que es otra forma de hipotecar el futuro. La predicción con reservas: Nueva York no quebrará formalmente, pero entrará en un ciclo de ajustes que erosionará su atractivo. Y el debate sobre el socialismo municipal seguirá vivo, porque el dinero ajeno, tarde o temprano, se acaba.