El pasaporte COVID sigue dividiendo familias cuatro años después
El código QR que durante la pandemia se presentó como una herramienta temporal para garantizar la movilidad segura se ha convertido en un cisma familiar que perdura. Las navidades de 2026 han vuelto a poner sobre la mesa la misma discusión: ¿quién se vacunó, quién no, y por qué eso debería decidir quién se sienta a la mesa?
Una herida que no cierra
Cuatro años después del pico de la crisis sanitaria, los argumentos se han endurecido. Quienes apoyaron el pasaporte COVID lo defienden como una medida de salud pública inevitable; quienes lo rechazaron lo ven como un ensayo de control social. El debate ha trascendido lo estrictamente sanitario para convertirse en un test de lealtad política: estar a favor o en contra del QR define bandos, igual que el 8M de 2020 marcó una frontera entre partidarios del confinamiento y críticos de la gestión gubernamental.
En la discusión resuena la sombra de aquella marcha del 8M, que para unos fue un foco de contagio y para otros una maniobra política. Las acusaciones cruzadas sobre responsabilidades y muertes siguen vigentes. Y mientras la política juega al ping-pong de culpas —unos señalan a Moncloa, otros a Ayuso—, las familias lidian con la incomodidad de sentarse con quien piensa distinto.
La distopía que nunca se fue
Hay quien sostiene que el pasaporte COVID fue solo un ensayo. Un sector ve en la experiencia del QR un precedente de lo que está por venir: nuevas formas de control social bajo diferentes pretextos. "Puede que la de las vacunas ya haya pasado, pero aún nos guían al matadero con otros shows", resumen los más escépticos. La idea de que el QR no fue un fin sino un medio cala entre quienes desconfían del relato oficial.
Lo cierto es que el pasaporte COVID, aunque retirado formalmente en la mayoría de contextos, ha dejado una cicatriz que reactivan cada sobremesa navideña. La pregunta que flotaba en 2021 sigue sin respuesta: ¿fue una medida sanitaria proporcionada o una excusa para ensayar el control de la población? El cisma familiar no se cerrará hasta que la sociedad decida qué respuesta quiere creer.
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