Sánchez aprieta el órdago y la calle le devuelve el silencio
Unas 60 personas frente a la sede federal del PSOE, en la madrileña calle Ferraz, es toda la respuesta social que recogió —según el recuento que se difunde— una convocatoria que sus impulsores no atribuyen al partido. El órdago de Pedro Sánchez, esa pausa para decidir si sigue al frente del Gobierno, buscaba presión en la calle para sostener el relato. La calle pasó de largo. Y sin calle, la aritmética del pulso cambia de signo.
El diagnóstico que domina estos días es que la jugada no está saliendo como estaba prevista. Los medios afines repiten el guion de la persecución política, pero el relato que trasciende fuera de España no lleva ese envoltorio:
varios medios internacionales han recogido las informaciones sobre la investigación a Begoña Gómez sin el marco del victimismo. Hay quien ve ahí una señal incómoda. Y quien recuerda que, cuando el relato de la conspiración está bien montado, se refuerza desde fuera, no se desmiente solo.
¿Por qué el órdago de Sánchez no está funcionando?
Porque el respaldo institucional no se traduce en respaldo social. El Ejecutivo mantiene el control del legislativo y del ejecutivo, y una parte del análisis sostiene que también trabaja el terreno mediático por la vía de las subvenciones y de las normas contra la desinformación. El problema es el escaparate:
la concentración de Ferraz reunió a alrededor de 60 asistentes y la cita del lunes se acerca sin que haya ocurrido nada en la calle. Ninguna maquinaria, por engrasada que esté, sustituye a un gentío que no aparece.
La otra pata del argumento es electoral. El cálculo que circula sitúa el suelo del PSOE en
7 millones de votos, a los que se sumarían otros tantos procedentes de formaciones que pactan con él de forma recurrente. Con esa base, la conclusión que saca buena parte del análisis es que el partido no tiene incentivo para forzar una salida, por mucho que el desgaste sea visible.
Dimitir no figura en el manual.
El frente judicial y la querella contra Begoña Gómez
La investigación sobre la esposa del presidente arranca de una querella presentada por Manos Limpias, una organización de perfil ultraderechista. Parte del análisis cuestiona la solidez de la acusación; otra parte cuestiona directamente al instructor. Ninguna de las dos cosas es una prueba, y conviene decirlo con todas las letras: aquí lo que hay es un procedimiento abierto, no una condena. Nada más, y nada menos.
Lo que sí se repite es la sospecha de presión sobre la judicatura. Hay quien sostiene que el Gobierno está enredando con los jueces para desgastar el caso, y quien va más allá y afirma que han llegado a producirse amenazas contra el entorno del magistrado. Esa versión circula sin verificación pública. Se cuenta; no se acredita.
De Air Europa a la federación: los frentes que se acumulan
A la causa judicial se le han ido sumando asuntos que, juntos, dibujan un patrón incómodo. El
rescate de 1.500 millones de euros a Air Europa es uno de los que más se repite. Otro es la intervención en la federación de
fútbol, leída desde algunos sectores como un movimiento para controlar el equilibrio de liderazgos del organismo.
Ahí aparece la versión más llamativa y, a la vez, la menos sostenida. Un dirigente de extrema derecha ha difundido que el Gobierno habría pactado con Marruecos celebrar el final del Mundial en Casablanca y que el interés por la federación respondería a ese acuerdo, con mordidas millonarias de por medio. No hay ni un documento público que lo respalde. En el mismo saco se ha metido el amago de cargarse Telegram por los derechos de emisión, otro de esos movimientos que se explican mal desde la versión oficial.
El votante que decide no está mirando
Mientras la discusión se libra en juzgados, federaciones y tertulias, el electorado que decide atiende a otra cosa. La observación más repetida es tozuda: lo que pide el votante medio es que la nómina o la ayuda lleguen puntuales a fin de mes. Lo demás —escándalos, querellas, comparecencias— resbala hasta que toca el bolsillo.
De ahí que el escenario de una salida voluntaria se considere improbable. El precedente que se cita es el de responsables políticos que se fueron por una gestión fallida —la de las residencias, por ejemplo— con agradecimiento incluido por los servicios prestados. En este ecosistema nadie se va por voluntad propia. Se va cuando alguien empuja.
¿Qué puede pasar el lunes?
Lo que se espera es una comparecencia con guion conocido: la reflexión cumplida, el sacrificio por el interés general, el compromiso de seguir frenando a la ultraderecha y una cuestión de confianza que se saca adelante con los socios de siempre. El escenario alternativo, el de una salida real, exige algo que no se ha visto: que la calle apriete de verdad.
Con los frentes abiertos multiplicándose y el desgaste asumiendo el mando, el órdago se sostiene sobre el mismo material con el que empezó: el relato. Y el dato nuevo que ha dejado la semana no lo ha traído ninguna comparecencia. Son 60 personas. Cabe en un autobús.