El origen de los presidentes latinoamericanos abre el debate
Un presidente chileno con apellido alemán, un candidato croata y una candidata comunista con rasgos del norte del país. La discusión sobre si un mandatario debe parecerse físicamente a la mayoría de la población que gobierna ha vuelto a encenderse, y no solo en Chile. El detonante es una pregunta que circula con insistencia: ¿por qué en algunos países de América Latina un descendiente de inmigrantes recientes puede llegar a la presidencia en dos o tres generaciones, mientras que en España eso se antoja imposible?
La respuesta corta es que el marco legal es distinto. La mayoría de las naciones americanas aplican el
ius soli, es decir, la nacionalidad por lugar de nacimiento, mientras que en Europa y Asia predomina el
ius sanguinis, la nacionalidad por filiación. Esa diferencia, que parece técnica, condiciona todo lo demás: quién es considerado ciudadano de pleno derecho y, por tanto, quién puede votar y ser votado.
Qué es el ius soli y por qué cambia el mapa político
El
ius soli rige en la gran mayoría de países americanos. Bajo ese principio, nacer en el territorio otorga la nacionalidad con independencia del origen de los padres. Un hijo de inmigrantes alemanes nacido en Chile es chileno, y puede votar, militar en un partido y presentarse a las elecciones. No hay una categoría intermedia de ciudadanía.
Ese diseño no es casual. Tras las independencias, las nuevas repúblicas necesitaban construir un relato nacional que integrara a criollos, mestizos, indígenas y esclavos liberados. El
ius sanguinis habría dejado fuera a la mayoría de la población. El
ius soli permitió articular un imaginario donde todos los nacidos en el territorio eran iguales ante la ley, aunque la realidad social fuera otra cosa.
Hay quien sostiene que ese modelo produce paradojas llamativas: un candidato con apellido extranjero puede conectar con votantes cuyos antepasados llevan siglos en el país. En contra pesa el argumento de que la identidad nacional no se hereda por sangre, sino que se construye con la convivencia y el paso del tiempo.
El caso chileno: Kast, Boric y el factor fenotipo
En Chile, la discusión se ha centrado en dos figuras concretas. Por un lado, un candidato de derecha con apellido alemán y rasgos centroeuropeos, descendiente de una familia llegada a mediados del siglo XX. Por otro, una candidata comunista con rasgos del norte del país, emparentados con el altiplano. Ambos compitieron por la presidencia.
El análisis más repetido es que el votante medio no eligió a Kast por su fenotipo, sino por anticomunismo. La otra opción era, según esa lectura, una candidata comunista con un porcentaje de voto nada desdeñable, y un tercer candidato que estuvo a dos puntos de alcanzarla en primera vuelta. La mayoría del electorado se movió por rechazo a una opción política, no por identificación étnica.
Eso no impide que el debate sobre el aspecto físico siga vivo. Hay quien argumenta que un mestizo no puede identificarse con un blanco, y que en su subconsciente se identifica con el indio. Es una tesis que se repite en foros y tertulias, pero que no tiene respaldo empírico: los resultados electorales muestran que los votantes eligen por motivos ideológicos, económicos o de clase, no por parecido físico.
España como espejo invertido
La comparación con España aparece una y otra vez. El argumento es que aquí ningún votante apoyaría a un candidato con el que no se identificara étnicamente. Es una afirmación difícil de verificar, porque España no ha tenido un presidente con rasgos no europeos, pero tampoco ha tenido un presidente de origen inmigrante reciente.
Lo que sí existe es una diferencia de marco legal. En España rige el
ius sanguinis con matices: la nacionalidad se transmite por filiación, y la obtención por residencia requiere plazos que van de los dos a los diez años según el caso. Eso dificulta que un inmigrante o sus hijos alcancen la nacionalidad en una sola generación, y más aún que lleguen a la presidencia.
Hay quien ve en ese modelo una ventaja: preserva una identidad nacional más estable. Otros señalan que genera bolsas de población residente sin derechos plenos, y que eso es un problema democrático. El debate no está cerrado.
El relato de la nación joven frente a la nación vieja
Una de las claves que se apuntan es la diferencia de edad entre las naciones. Los países americanos son naciones jóvenes, con poco más de dos siglos de vida independiente. España es una nación vieja, con siglos de historia compartida. Eso cambia la forma de entender la pertenencia.
En las naciones jóvenes, el relato fundacional tiende a incluir a todos los que nacen en el territorio, porque no hay una etnia mayoritaria clara ni una tradición estatal consolidada. En las naciones viejas, la pertenencia se asocia a la sangre, la lengua y la cultura heredadas. Son dos lógicas distintas, y ninguna es superior a la otra.
El problema surge cuando se intenta aplicar la lógica de una a la otra. Un español que juzga la política chilena con criterios de
ius sanguinis no entiende por qué un descendiente de alemanes puede ser presidente. Un chileno que juzga la política española con criterios de
ius soli no entiende por qué un inmigrante residente durante años no puede votar.
La inmigración como telón de fondo
Detrás del debate sobre el origen de los presidentes está el debate sobre la inmigración. En Chile, la llegada de venezolanos ha generado tensiones. En España, la llegada de personas de América Latina, África y Asia ha transformado barrios y escuelas. En ambos casos, la pregunta es la misma: ¿hasta qué punto la integración es posible y deseable?
El análisis más lúcido que circula es que el problema no es el fenotipo ni el origen del inmigrante, sino el incentivo. Traer a millones de personas de culturas con valores distintos, darles papeles y subsidios, y permitir que se organicen en guetos, produce conflictos. No es un problema de razas, sino de políticas públicas.
Eso no impide que el debate se contamine con frecuencia de racismo y xenofobia. Las generalizaciones sobre colectivos enteros son injustas y falsas. Pero ignorar que la inmigración masiva sin integración genera problemas es igualmente irresponsable.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La discusión sobre si un presidente debe parecerse a la mayoría de la población no tiene una respuesta clara. Los datos electorales sugieren que el votante elige por motivos ideológicos, no étnicos. Pero la percepción de que el poder está en manos de personas ajenas a la mayoría sigue alimentando partidos y discursos en todo el mundo.
Lo que no se discute es que el marco legal importa. El
ius soli y el
ius sanguinis producen sociedades distintas, con oportunidades distintas para los recién llegados. Cambiar uno por otro no es una decisión técnica, sino una apuesta por un modelo de nación. Y ahí, cada país decide.