La paradoja del informático: escasez que no sube salarios
En pleno 2007, una noticia de La Vanguardia titulada «La falta de ingenieros informáticos desespera a las empresas» desató la ironía de todo un sector. Las crónicas hablaban de consultoras como Raona, que pagaban hasta 4.000 euros a sus empleados por reclutar candidatos, y aseguraban que los estudiantes encontraban trabajo antes de acabar la carrera. Sin embargo, los datos reales del mercado laboral pintaban un cuadro muy distinto: salarios de entrada de 18.000 euros brutos anuales para titulados superiores, y apenas 12.000 para perfiles junior en muchas ofertas de Infojobs. La contradicción entre el discurso de la escasez y la realidad de los sueldos mileuristas se convirtió en el chiste del día.
La oferta y la demanda que no funcionan
La teoría económica dice que si un recurso escasea, su precio sube. Pero en el mercado laboral informático español de 2007, la regla parecía suspendida. Mientras las empresas clamaban por profesionales, los salarios ofrecidos no alcanzaban los 24.000 euros para técnicos con experiencia, y los recién titulados partían de los 18.000. «Es ridículo lo que se ofrece como sueldo a los informáticos», resumía un análisis común. Las consultoras de servicios, que facturaban a sus clientes cifras muy superiores, se negaban a trasladar ese margen a sus empleados. La consecuencia: rotación alta, profesionales que cambiaban de empresa cada dos años para arañar mil euros, y una corriente creciente de emigración hacia países donde la valoración salarial sí acompañaba.
El intrusismo y el «saber venderse»
Otro factor que emergió con fuerza fue el intrusismo laboral. No la FP reglada, sino los cursos acelerados de academias como CEAC que, según los testimonios, inundaban el mercado de falsos profesionales dispuestos a cobrar mucho menos. Esto, unido a unos departamentos de RRHH que desconocían la parte técnica, provocaba que se contratase más por labia que por conocimiento. «Si cobro una mierda es culpa del intrusismo; si cobro una pasta, es porque he sabido venderme», ironizaba un hilo de debate. La falta de transparencia salarial –ningún compañero revelaba lo que ganaba– permitía a las empresas mantener la pinza. Quien se atrevía a pedir un aumento al anunciar su marcha, solía obtener 6.000 euros más al año de inmediato: la prueba de que había margen, pero no voluntad de pagarlo por adelantado.
Emigrar o perecer
Ante el estancamiento, la opción exterior ganaba adeptos. Irlanda, Reino Unido o Alemania aparecían como destinos donde un informático con tres años de experiencia podía duplicar su salario sin cambiar de puesto. El idioma era la principal barrera, pero no insalvable. «En España no se nos valora lo suficiente», era el mantra repetido. Y mientras, las empresas españolas comenzaban a reclutar en Hispanoamérica, ofreciendo a recién titulados peruanos o bolivianos sueldos de 2.800 euros mensuales –cifra que aquí parecía de otro planeta para un júnior–. La paradoja alcanzaba su cénit: se importaba talento barato de fuera mientras el local se iba o se resignaba.
El cierre de la broma
El tiempo ha dado la razón a los escépticos. El hilo, abierto en 2007, seguía activo años después con la misma cantinela. Como señaló un comentarista tardío: «Por desgracia, por ahí seguimos, y no solo los informáticos». La escasez de profesionales denunciada por las empresas no se ha traducido en una mejora real de las condiciones. El mercado ha preferido mantener un ejército de reserva mal pagado antes que subir los sueldos. Y mientras, la broma sigue siendo la misma.
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