Fontanería en Nueva York: de 55.000 dólares a 120.000
Un informático de 51 años afincado en Nueva York, con un sueldo de
90.000 dólares en una escuela, envió su currículum a una empresa de fontanería «por probar». Le llamaron. La compañía le costea un curso de dos meses y después le pone a trabajar:
entre 55.000 y 60.000 dólares el primer año, con subidas conforme aprende hasta llegar a 120.000. Ha avisado de que, de momento, no acepta la oferta mientras conserve su empleo actual. La anécdota abre una pregunta incómoda: si eso es lo que se paga por un oficio sin experiencia, ¿por qué no hay cola en la puerta?
Qué ofrece la empresa y por qué sobran vacantes
La oferta concreta de la compañía habla de técnicos de servicio que el primer año cobran
entre 55.000 y 65.000 dólares según su ubicación y que van ganando más a medida que completan más tipos de trabajo. El paquete incluye seguro médico y dental, vacaciones pagadas, reparto de beneficios, reembolso de matrícula y posibilidades de promoción. Todo eso para un puesto que, se insiste, no exige titulación técnica: un cursillo y a la calle.
La explicación que se repite para justificar el hueco es poco glamurosa.
No hay fontaneros porque nadie quiere trabajar con material desagradable, y eso que el paro real ronda el 5%. El razonamiento tiene su lógica: cuando un oficio repugna, el mercado solo lo cubre subiendo el precio. Aun así, hay quien mira el anuncio con recelo y sospecha una exageración pensada para captar candidatos incautos.
Cuánto se paga de verdad por una hora de fontanería
Los números que se manejan sitúan el mínimo en
25 dólares la hora en la ciudad de Nueva York, con una horquilla que llega a los 50 dólares según experiencia y habilidades. Para quien trabaja por cuenta propia el techo desaparece: hay fontaneros que, según se cuenta,
viven como obispos.
El anecdotario familiar y vecinal hace el resto. Un fontanero que montó su propio negocio y se especializó en piscinas tiene chalet con zona para dos caballos. En un puerto deportivo del País Vasco, el yate más grande pertenece, dicen, a un fontanero. Son casos sueltos, no una estadística, pero dibujan un oficio con márgenes que muchos asalariados cualificados no ven.
¿Compensa dejar un sueldo de 90.000 dólares en Manhattan?
Aquí el relato se complica. Quien plantea el cambio calcula que con 90.000 dólares viviendo solo en Manhattan apenas ahorra
700 dólares al mes. Con 120.000, asegura, metería en el banco
3.000 al mes, porque a partir de 70.000 todo lo demás es ahorro. La cuenta tiene un contrapeso obvio: el alquiler de un apartamento de una habitación en Brooklyn se sitúa en 3.200 dólares.
La otra objeción es física. El oficio se hace agachado, con cargas, en sótanos y a veces en altura. Quien lo defiende avisa de que conviene exprimirlo joven y retirarse o montar una empresa antes de que lleguen los problemas de espalda, rodillas y tendones. Empezar a los 50, sin callo previo, es otra cosa.
El suelo de los programadores cae un 30% y el oficio aguanta
El interés por la fontanería no sale de la nada. Quien abrió el asunto lo explica sin adornos: actualización constante, la sensación de tener la
espada de Damocles encima por los cambios a la nube, la inteligencia artificial y los lenguajes nuevos, y sistemas que se reescriben cada dos años porque lo decide un directivo. Sostiene que el suelo salarial de los programadores ha bajado un 30% en Nueva York en los últimos meses y que la administración de sistemas aguanta mejor que el desarrollo.
El contraste con España se cuela en cuanto se comparan mercados. Frente a esos 55.000 dólares de arranque, se sostiene que un ingeniero recién titulado allí cobra en torno a 20.000 euros y que con experiencia se queda cerca de 60.000.
El funcionario americano también tiene su chollo
El mito del emprendedor sin red se rompe en cuanto sale a relucir el empleo público. Una profesora de matemáticas de colegio público neoyorquino con 20 años de antigüedad cobra
170.000 dólares al año y suma pensión privada, seguro médico y dos meses de vacaciones pagadas. Hay quien añade que determinados puestos públicos son, en la práctica, inamovibles. El
funcivago existe también allí.
Al ahorro se añade el vehículo fiscal estrella: los planes de pensiones con aportación patronal, en los que, según se detalla, pueden llegar a ponerse 8.000 dólares al mes por parte propia y otros 8.000 por parte de la empresa.
Con esas cifras sobre la mesa, lo raro no es que alguien se plantee cambiar de oficio a los 51 años. Lo raro es que el mercado siga ofreciendo 120.000 dólares al año y no se llene. ¿Es un desajuste pasajero o el precio real del trabajo que nadie quiere hacer?