El 28% de los juguetes europeos ya lo compran adultos
¿Por qué hay una generación de hombres que no madura? La pregunta, formulada así, es la que se hizo un ensayista danés y la que recorre un debate que dura ya casi un año. Los datos que se manejan apuntan a algo más prosaico: en 2023, el
28% del negocio de los fabricantes de juguetes europeos procedía de adultos que compraban para sí mismos, y firmas como Lego dedican ya
más de una sexta parte de sus diseños a ese público. No es una moda de redes: es un mercado.
Qué dice el ensayo que originó la polémica
El criminólogo Keith J. Hayward publicó
Infantilised: How Our Culture Killed Adulthood, un ensayo aún sin traducir al español que sostiene que la cultura de masas y el estilo de vida contemporáneo empujan a buena parte de la población adulta a comportarse como niños. No por la inocencia, sino por los vicios: egolatría, narcisismo, indisciplina y poca resistencia a la frustración. El libro recorre parlamentos, academias y, sobre todo, el ocio.
La tesis no es nueva. Hayward se alinea con pensadores conservadores como Jordan Peterson o el español Jorge Freire, que en
Hazte quien eres propuso un código de costumbres para esquivar las trampas de la época. La novedad está en el envoltorio: un diagnóstico que mezcla criminología, cultura pop y un decálogo de buenas prácticas.
Los dos polos del hombre de internet
El texto original describe un panorama con dos caricaturas enfrentadas. En foros masculinizados, la masculinidad se reduce a dos caras: el
coleccionista de funkos progresista y el que se niega a ser infantilizado y se ve a sí mismo como asceta o estoico, aunque arrastre los atributos del friki noventero. Entre ambos, una pregunta incómoda: ¿está fallando algo o son simples elecciones de consumo?
La discusión derivó rápido hacia el terreno económico. Hay quien sostiene que madurar era el paso previo a casarse y formar una familia, y que si ya no hay dinero para mantenerla, la pregunta pierde sentido. Hay quien apunta a la espada de Damocles legal y a la probabilidad de acabar en la indigencia; otros, a que la vida se puede pasar con el menor riesgo posible.
El doble rasero que nadie desmiente
Una de las corrientes más repetidas señala el trato desigual de los medios. Se argumenta que cuando mujeres adultas juegan con bebés reborn, la prensa lo presenta como reivindicación del deseo de jugar, mientras que un hombre con maquetas o monigotes de Warhammer es un inmaduro. La comparación se apoya en titulares concretos, no en percepciones.
Otra línea de análisis pone el foco en el sistema. La infantilización, se dice, no es culpa de los hombres sino de una maquinaria que premia la obediencia y demoniza a quien se aparta. El servicio militar suprimido, las campañas electorales bailando el último reto de TikTok y las tramas de superhéroes cada vez más simples aparecen como síntomas de un fenómeno más amplio.
Madurar, según quién lo pida
La definición de madurez es el campo de batalla real. Para unos, madurar es tragar sin rechistar y poner buena cara. Para otros, es darse cuenta de que uno no es el más guapo ni el más listo ni se lo merece todo. Y hay quien directamente rechaza el marco: vivir solo, trabajar, cocinar, limpiar, planchar y tener aficiones sanas no convierte a nadie en pueril.
El negocio, mientras tanto, sigue creciendo. Lego, los funkos y los videojuegos de estética colorida no necesitan que nadie madure: necesitan que nadie deje de comprar. La pregunta sobre qué es un hombre atraviesa la cultura desde principios del siglo XX, cuando personajes como los de
La marcha Radetzky ya se resistían a incorporarse al mundo adulto. Un siglo después, la respuesta sigue sin consenso y el mercado ya ha tomado la suya.