El buque insignia ruso se hunde y Moscú apunta a la tormenta
¿Puede el buque insignia de una flota hundirse por un incendio fortuito en plena guerra? Desde que se confirmó que el crucero
Moskva, buque insignia de la
Flota del Mar Negro, había acabado en el fondo del mar, esa pregunta sobrevuela cada mensaje. El
Ministerio de Defensa ruso sostiene que el barco se hundió mientras era remolcado a Sebastopol a causa de una tormenta, después de un incendio que se declaró a bordo. La otra lectura, la que se abre paso desde el primer minuto, habla de un ataque con misiles lanzados desde tierra y da por hecha la autoría ucraniana. Dos relatos que no pueden ser verdad a la vez.
Las dos versiones que Moscú mantiene a la vez
El primer aviso fue un incendio. Después llegó la confirmación del hundimiento durante el remolque a puerto, con mala mar de por medio. La secuencia oficial encaja más bien regular: un fuego que no se sofoca, un remolque que no llega y una tormenta que aparece justo a tiempo. La versión alternativa es mucho más corta.
Dos impactos, evacuación y barco al fondo.
Hay quien sostiene que ninguna marina admite a la ligera la pérdida de su buque insignia, y que eso daría verosimilitud al relato del accidente. En contra pesa otro argumento que se repite: una flota tampoco reconocería de buen grado que un par de misiles lanzados desde tierra le han mandado al fondo su barco más simbólico.
Llueve sobre mojado.¿Por qué importa tanto perder este crucero?
El argumento de que era un barco antiguo, heredado de la era soviética y deficientemente modernizado, tiene poco recorrido. Reconstruir un crucero grande no es coser y cantar, y el paralelismo que más se repite es el de
Midway: cuatro portaaviones japoneses perdidos en un puñado de minutos fatídicos, un golpe del que una nación eminentemente naval nunca logró reponerse. La conclusión que se extrae es incómoda: no se repone flota a golpe de talonario y en dos tardes.
A eso se suma el efecto sobre la moral y sobre la capacidad real de operar en el Mar Negro. Un buque insignia no es solo acero: es la pieza que da cobertura a todo lo demás. Quienes leen el episodio como una humillación insisten en que el desgaste de la flota rusa venía de antes, y que este naufragio solo lo hace visible.
El precedente que se usa para rebajar el golpe
Frente a la tesis del ridículo militar se cita un caso anterior: la corbeta israelí
Hanit, alcanzada por un misil iraní en
2006 y a punto de irse al fondo, pese a ser un navío moderno y equipado con lo mejor que tenían entonces los estadounidenses. Nadie concluyó por aquello que Israel hiciera el ridículo. El matiz que se añade es que una cosa es encajar un impacto y salir a flote, y otra bien distinta es perder el barco y tener que explicarlo.
El SOS y las comunicaciones que chirrían
La imagen de un buque insignia emitiendo
señales de socorro ha alimentado el desconcierto. Se ha especulado con que el crucero pidiera auxilio y con el estado de sus comunicaciones, y con el detalle de que los sistemas de radio de algunas unidades se habrían quedado anticuados hasta extremos casi anecdóticos. En paralelo se discute si el buque disponía de los protocolos mínimos para gestionar una emergencia de esa magnitud. Un crucero, al fin y al cabo, es un pequeño pueblo flotante con miles de rutinas a bordo.
Las bajas: la parte que no cuadra
El hundimiento deja un flanco incómodo, el del balance humano. El relato oficial no contempla víctimas mortales, pero la cifra que circula apunta a que responsables ucranianos situaron a
más de 500 personas a bordo en el momento del ataque. Resulta difícil de encajar que semejante dotación saliera indemne de dos impactos directos, del incendio posterior y de las condiciones del abandono del buque. Es, probablemente, el punto donde las dos versiones se separan más.
Con un crucero en el fondo del Mar Negro y dos relatos que se excluyen entre sí, ambas partes comparten un solo dato: el Moskva ya no navega. Lo demás, que cada cual elija su tormenta.