El día en que un inmigrante era la excepción: España desde 1998
Según varios testimonios, en 1998 bastaba un solo alumno nacido fuera del país para que el colegio entero lo conociera por su nombre en algunas zonas. Para quienes participan en el debate, la inmigración era entonces una rareza de barrio, no un fenómeno estructural. Describen tiendas regentadas por familias locales, ninguna peluquería de bajo coste, ningún
kebab en la esquina. El recuerdo se repite con insistencia entre quienes vivieron esa década, casi con las mismas palabras y casi siempre con la misma pregunta de fondo: cómo cambió tanto el paisaje en tan poco tiempo. La secuencia que describen esos relatos es nítida; la explicación que cada cual le da, mucho menos.
¿Cuántos inmigrantes había en España antes del año 2000?
Muy pocos, y muy concentrados, según esos relatos. Fuera de Madrid, Barcelona y algunas localidades turísticas, cruzarse con alguien nacido en el extranjero era lo bastante raro como para comentarlo en casa. En Torrevieja se recuerda a vendedores de ventiladores llegados de África antes de esa fecha, y en pueblos del interior la primera familia migrante aparece, según varios relatos, con el cambio de siglo. Sirve de termómetro una anécdota incómoda: el museo Darder de Bañolas exhibía el cuerpo disecado de un hombre africano como atracción estrella, y la decisión de repatriar los restos molestó a parte del vecindario.
La rareza tenía efectos en el trato diario. Un solo alumno extranjero podía ser conocido por todo el instituto, y los motes y las bromas formaban parte del paisaje. Varios relatos admiten episodios de acoso escolar: una compañera perseguida por el patio con un trozo de jamón en la mano, por ejemplo.
El jornal de 30 euros al día y el tirón de la construcción
Según los relatos, la construcción fue un motor económico del vuelco. Durante la burbuja inmobiliaria, testimonios describen plazas donde se agolpaban candidatos a subir a una furgoneta y una puja silenciosa por ser el primero. Las tarifas que circulan son explícitas:
30 euros al día para marroquíes y entre
40 y 50 para un peón sudamericano, según un testimonio que cita a quienes contratan.
Sobre la magnitud total, un participante lanza una cifra redonda:
siete millones de personas durante la burbuja. Aparece sin fuente ni desglose, así que conviene leerla como lo que es, una cifra no verificada. Varios relatos apuntan en la misma dirección: una economía que crecía a base de cemento necesitaba brazos y los encontró fuera. La discusión sobre el saldo llegó después.
¿Cuándo dejó de ser exótico? El giro de mediados de los 2000
Las fechas no coinciden del todo, pero se solapan. Hay quien sitúa la primera sorpresa en 2003, al volver a una capital de provincia tras años fuera y encontrarse grupos de latinoamericanos por la calle como si fueran visitantes. Otros fijan el punto de inflexión en 2005, cuando la presencia se generaliza en ciudades de tamaño medio. Y una tercera lectura retrasa la explosión visible hasta 2012 o 2013, incluso en pueblos del área metropolitana.
El cambio también se veía en el escaparate. La tienda de barrio regentada por locales dio paso, según un testimonio, a una peluquería de cinco euros. La transformación del comercio de proximidad fue uno de los indicadores visibles de que la composición del barrio había cambiado.
El relato del asombro tiene su reverso. Una parte de los testimonios recuerda que en los noventa no se veía
apenas inmigrantes, y otros matizan que la añoranza se refiere a inmigrantes pobres, no a otros extranjeros. Los relatos no resuelven si el cambio fue de volumen o de perfil social.
La política entra en la ecuación
Desde
2019, una parte de los relatos vincula la nueva aceleración a decisiones políticas: acuerdos con Marruecos, el papel de la Unión Europea y la política migratoria del Gobierno. Es una lectura repetida, pero quienes la sostienen se apoyan en la observación del barrio, no en series estadísticas. También circula la idea, sin verificación, de que los documentos de identidad se reparten con generosidad en países sudamericanos.
Un participante cita como contraejemplo países asiáticos, donde, dice, el control migratorio es estricto y previo.
Qué queda del barrio: aulas mestizas y convivencia a medio construir
Las generaciones que se criaron en colegios ya mestizos aportan el material más incómodo. Hay quien afirma haberse sentido siempre aparte, con la sensación de que los compañeros de otra procedencia no eran iguales. La misma variación aparece en el empleo: hay quien recuerda haber sido el único español en su puesto de trabajo.
Los datos oficiales no forman parte de este material. Nadie cita al Instituto Nacional de Estadística ni al padrón; todo se sostiene en observación directa, memoria de barrio y cuentas aproximadas. Eso no invalida la descripción, pero limita las conclusiones: un cambio demográfico de esta escala exige series largas, no impresiones.
Según algunos relatos, la mezcla no se revierte porque las segundas generaciones ya están en las aulas y su peso crecerá. Lo que estos relatos dan por seguro es que aquel barrio, tal como lo recuerdan, ya no vuelve.