La nostalgia del caco de barrio y la delincuencia que se difumina
En la España de los ochenta, un paseo bajo un puente podía terminar con una navaja en el costado y la cartera vacía. Quienes lo vivieron lo cuentan con mezcla de resignación y morriña: al menos sabías de quién desconfiar. Esa escena forma parte del costumbrismo urbano y ha vuelto a reflotar en los análisis económicos de los últimos días como síntoma de ansiedad social.
Lo interesante no es el crimen, sino su función como marcador de cambio social. El delincuente tradicional —el del barrio, el identificable— funcionaba como chivo expiatorio: mientras existiera, la sociedad se sentía a salvo. Hoy, con la exclusión social fragmentada y la economía sumergida diversificada, el peligro se ha difundido en una “mancha cada vez más oscura”, como sostienen algunos análisis urbanos.
La nostalgia por aquella delincuencia “ordenada” es también nostalgia por un estado del bienestar que lo ordenaba todo. Cuando las pensiones y la sanidad pública flaquean, resurge la fantasía de que el problema era solo de unos pocos. El relato se sostiene sobre anécdotas, no sobre datos: no hay estadística que cifre cuántos carteristas de navaja había en 1985 ni cuántos quedan. La falta de cifras refuerza el mito. Alguien incluso se dedica a rastrear en enciclopedias online el paradero de los antiguos protagonistas, un ejercicio de arqueología digital sin conclusiones contrastadas.
El dato que descoloca: en esa reconstrucción del pasado hay más picaresca que realidad criminal. La delincuencia que se mide y la que se recuerda casi nunca coinciden. Y cuando se intenta localizar a los supervivientes de aquella época, la búsqueda deriva en archivos enciclopédicos que no siempre confirman el relato. Queda la incertidumbre: ¿añoramos el orden o añoramos la ficción de que el orden era posible?