España ante el pronóstico del inmovilismo: nada va a cambiar
Nada va a pasar. Esa es la conclusión que se impone en el análisis más repetido sobre el futuro inmediato de España: ni la amnistía, ni el acuerdo con los independentistas, ni las manifestaciones, ni el debate sobre la monarquía van a mover un milímetro el statu quo. El diagnóstico dominante es que la ciudadanía volverá a tragar, los responsables públicos seguirán cobrando y en un año nadie recordará nada. La tesis no es nueva, pero el consenso con que se repite sí llama la atención.
El pronóstico central: entretenimiento para la plebe y pasta para los de siempre
El argumento más repetido es que los grandes asuntos públicos funcionan como «cacahuetes para votantes»: distracciones periódicas que no alteran la estructura de poder. Quien ocupa un cargo relevante, sostiene esta corriente, acabará colocado en otro sitio con un sueldo que muchos no verán en media vida. El ciclo se repite con independencia de quién esté en el Gobierno.
A eso se suma el factor demográfico. Se argumenta que una población envejecida, con una parte importante viviendo de transferencias públicas —pensiones, empleo público, subsidios—, tiene pocos incentivos para movilizarse. Añádase una población migrante centrada en sobrevivir y pagar el alquiler, y el cóctel desmovilizador está servido. La conclusión es que hace falta una masa crítica que ya no existe.
¿Por qué se da por hecho que no habrá huelga general ni cambio de ciclo?
La respuesta más repetida es que los sindicatos forman parte del sistema y no van a morder la mano que les da de comer. A eso se añade el miedo a perder prebendas: quien cobra una ayuda, una pensión o un puesto público no arriesga. El resultado, según este análisis, es que las protestas se desinflarán en semanas.
Hay quien va más allá y sostiene que la propia pandemia dejó a la población más pasota y aborregada, dispuesta a aceptar restricciones y a olvidar rápido. El episodio de los aplausos vespertinos y la ausencia posterior de exigencias de responsabilidad se cita como prueba de que la memoria colectiva es corta.
La pérdida de poder adquisitivo: el cambio que sí está ocurriendo
Frente al «no va a pasar nada», otra corriente responde con un matiz incómodo: sí está pasando algo, y es un empobrecimiento sostenido. Se menciona el salto del precio del aceite de un euro y pico a seis euros la botella como ejemplo de que la vida se encarece sin que nadie dimita ni se desmiembre nada. La subida de impuestos para financiar el gasto público se da por descontada.
A esto se añaden previsiones concretas: escasez de nitratos, de abonos, de pesticidas, de papel, gasoil caro y un invierno frío. La tesis es que el deterioro material avanza aunque la política espectáculo no cambie.
El diagnóstico de fondo: una sociedad sin patria ni proyecto común
Una de las reflexiones más citadas sostiene que los españoles carecen de patria real: salvo la nobleza y quienes tienen chollos en política, el resto paga impuestos, multas y vive sin justicia ni derechos efectivos. La conclusión es que no hay proyecto colectivo que defender, y sin proyecto no hay movilización.
Se apunta también a la división entre votantes que viven la política como un equipo de fútbol, sin pensamiento crítico sobre lo que hace su partido. Y a un detalle que descoloca: parte de la población que se siente discriminada en su propio país dice abiertamente que no moverá un dedo por él. Ese desarraigo, sostienen, es el combustible perfecto para que nada cambie.
El escenario que se descarta: conflicto civil y giros históricos
La hipótesis del conflicto civil se despacha como exageración de quien necesita ayuda profesional. Y se recuerda que el orden mundial se decidió en 1945, no en 1939: lo que vino después fue gestión doméstica sin continuidad posible una vez desaparecido el líder.
Como cierre, la predicción más repetida: el actual presidente solo se irá cuando el país esté en la miseria absoluta y ya no haya dinero para subsidios. Mientras dure la fiesta, seguirá. Y si algún día comparece ante los tribunales, se leerá como teatro. La única certeza que se repite es la pasta ya embolsada, la que se embolsa y la que se embolsará.