Jóvenes que no creen en el trabajo: «me pagan lo que me pagan»
«Viene un cliente y me dice “me has cobrado de menos”, me da igual». La frase la soltó una camarera que cobra
cinco euros la hora y convirtió la indiferencia en contenido viral: más de medio millón de reproducciones en TikTok y una aparición en
La Sexta Xplica que dejó a más de un espectador de otra quinta haciendo cuentas. Lo que había detrás no era vagancia. Era un diagnóstico.
Cristina Merino es el nombre de esa camarera. «No significa que lo haga mal, al contrario, simplemente relativizo», aclaró. Y remató:
«Me pagan lo que me pagan, no voy a heredar la cafetería y no me van a subir ni un euro. Entonces, ¿por qué me tengo que estar matando?». La frase viajó por redes y televisiones sin perder eficacia.
¿Por qué los jóvenes ya no creen en el trabajo?
Porque el empleo dejó de darles lo que les dio a sus padres: estabilidad, identidad y expectativa de mejora. El
58% de los jóvenes de 18 a 24 años dejaría su puesto si no le garantiza calidad de vida, según los informes de la consultora de recursos humanos Randstad. A la vez, crece el número de ocupados de 20 a 24 años que querrían trabajar menos horas.
El sociólogo Mariano Urraco, autor de
Una juventud zaleada, lo formula sin adornos: para las generaciones que hoy tienen 60 o 70 años el trabajo era lo que daba identidad; para los jóvenes, el empleo es tan escaso, precario y discontinuo que ya no genera esa vinculación social. La consecuencia es que buscan quiénes son en otro sitio: el ocio, el consumo, sus proyectos personales. «Os fastidia que nuestra generación se haya dado cuenta de que el sistema de trabajo asalariado es abusivo», resume una de las voces recogidas por
El Confidencial.
El tiempo, ese salario que no se cobra
Lo que piden no es un puesto soñado. Piden tiempo. El vídeo de otra creadora llorando porque tardaba
dos horas en llegar al trabajo y salía de casa a las siete y media dio la vuelta a la red: no le quedaba hueco para nada. La lista de exigencias es tan básica que suena ridícula: que se pague lo trabajado, que las horas nocturnas se paguen como nocturnas y las extra como extra.
Hay quien cambió una consultoría y una editorial por un empleo de portero para volver a casa fresco y disponer de seis o siete horas para escribir sobre música. Otros apuntan a una redefinición del éxito: no ascender, sino vivir con unos mínimos y algo de tiempo libre.
¿Cuándo empezó a romperse el vínculo con el empleo?
No se rompió en 2008. Los treintañeros que vivieron aquella crisis mantenían, en palabras de Urraco, un discurso «totalmente laboralista». El corte llega antes, con quienes crecieron sin conocer otra cosa que la crisis perpetua: sus primeros recuerdos son de vacas flacas, nunca vieron la burbuja inmobiliaria. A eso se sumó una pandemia que aceleró la revisión de prioridades.
Por debajo queda el recuerdo familiar de los años sesenta y setenta, cuando España era la octava economía mundial, había fábricas en casi todas las ciudades y
un solo sueldo levantaba casa, coche, hijos y una carrera universitaria. Ese listón es hoy inalcanzable para buena parte de una generación entera.
El otro debate: impuestos, Estado y quién paga la fiesta
Aquí el consenso se rompe. Una parte del análisis sostiene que el problema no es el empresario que paga mil euros, sino una estructura fiscal que se queda cerca de la mitad de lo que cuesta cada trabajador, y que eso deja poco margen para subir salarios. Otra corriente responde que el mercado paga lo que vale cada puesto y que igualar a todos solo se consigue por abajo. Una tercera señala a la vivienda: si el alquiler se come el sueldo, el esfuerzo no compra nada.
Los desgloses sobre qué parte del coste laboral no llega nunca a la nómina circulan por todas las conversaciones, con cifras que enfrentan retenciones, cotizaciones y coste total de empresa.
¿Se puede motivar con dinero a quien ya no espera nada?
Hay un testimonio recurrente que sirve de contraste. Un joven que se fue a trabajar en granjas de marihuana en California describió cómo compañeros apáticos y perdidos se convertían en máquinas de resistencia cuando cobraban
entre 120 y 300 dólares al día. Su conclusión: con 60 euros diarios el cálculo no cuadra, y con 300 el nihilismo se va por la ventana. La discusión, entonces, vuelve al principio.
Lo que sigue sin respuesta
Nadie ha cerrado el expediente. Se discute si esto es un cambio cultural duradero o una adaptación forzada a unos salarios que ya no compran una vida. Se discute si la salida es más mercado o más Estado. Lo que no se discute es el punto de partida: una generación que ha decidido que el trabajo no merece el sitio que ocupaba. Si vuelve a merecerlo, tendrá que cambiar algo antes que su actitud.