Roro, la 'tradwife' que convirtió un personaje en fenómeno viral
Roro cocina para su novio, habla con voz aniñada y presume de ser ama de casa. La escena —tierna para unos, impostada para otros— ha convertido a esta joven en una de las 'tradwife' más comentadas del país: una cuenta que arrastra visitas y sobre la que un forero asegura que ya ha publicado un libro. La broma de que para hacerse un sándwich de queso hay que empezar comprando una vaca y plantando trigo resume el tono con que se la mira: admiración por el esfuerzo y sospecha por el envoltorio. El fenómeno no es nuevo; su versión española, sí.
Qué es una 'tradwife' y de dónde viene el término
El término designa a mujeres que reivindican el papel de esposa y ama de casa tradicional, con una estética y un tono de voz muy concretos. El movimiento se asocia a comunidades cristianas fundamentalistas y a la ultraderecha estadounidense, según los análisis que lo sitúan en la órbita del antifeminismo de los años sesenta.
La clave es que el nicho estaba vacío. Quien lo ocupa primero se queda con la audiencia, y esa audiencia, sostiene una parte del análisis, no va buscando realidad: va buscando un fetiche. Al público no le importa que todo sea una pose si el envoltorio funciona.
El perfil como activo: del gimnasio a la cocina
Un forero que dice haber seguido la cuenta desde sus inicios describe una evolución de manual. Antes del pelotazo, era la típica red social de chica fitness, con vídeos de gimnasio y rutinas. Cuando un vídeo de cocina disparó las visitas, los clips antiguos —que no encajaban con la imagen de esposa tradicional— desaparecieron del perfil. Ese mismo usuario calcula que las reproducciones se multiplicaron por cien e incluso por mil.
Y después, el salto editorial: según un forero, la autora ha publicado un libro, algo que él mismo presenta como señal de que hay algo más que publicidad. Ahí es donde la pregunta deja de ser estética: cuánto hay de biografía y cuánto de papel bien aprendido.
¿Es real o es una pose? El debate sobre la autenticidad
Aquí se parte la audiencia. Hay quien da por hecho que todo es ficción y que el objetivo es ganar visibilidad y dinero. Y hay quien defiende que la opción vital es legítima y que cada cual organiza su casa como quiere. Entre ambos, una postura intermedia: aunque el personaje sea un montaje, otras creadoras que documentan una vida de ama de casa sin la misma puesta en escena resultan menos inflamables.
El detalle que descoloca es justamente ese: buena parte del público sabe que puede ser un papel y aun así lo consume. La autenticidad no es el producto; el personaje sí.
Qué busca el público del personaje
Las reacciones se mueven entre el elogio y la incomodidad. Unos valoran que exista alguien que prepare la comida y espere en casa, y lo leen como un refugio frente a otros modelos de relación. Otros confiesan abiertamente que la escena les produce un rechazo difícil de explicar, un mal rollo que asocian con la dulzura impostada.
Lo cierto es que el personaje funciona en varios registros a la vez. Gusta a quien añora un reparto de roles clásico, atrae a quien lo consume como fantasía y también a quien lo sigue para criticarlo. Tres públicos distintos, un mismo contenido, y una cuenta que crece con los tres.
La reacción: del elogio al choque ideológico
Buena parte de la discusión pública ha venido por el flanco ideológico. Medios generalistas han publicado análisis críticos que sitúan a estas creadoras en el antifeminismo de los sesenta, y no han faltado calificativos duros contra la protagonista. En paralelo, sectores opuestos denuncian que son precisamente ciertos feminismos los que se arrogan el derecho de decirles a otras mujeres cómo deben vivir.
El resultado es un choque que apenas tiene que ver ya con la cocina. De un lado, quien ve sumisión voluntaria; de otro, quien ve libertad para elegir un papel tradicional. Y en medio, una discusión que sigue mientras se debate si es verdad o teatro.
Con la audiencia que arrastra y un supuesto libro ya publicado, lo lógico sería esperar un fenómeno efímero. No lo parece. El producto real nunca fue el sándwich.