Óscar Puente y la libertad de ir en coche: el carril que divide España
Un tuit atribuido al ministro de Transportes, Óscar Puente, ha encendido la mecha: «¿Libertad para ir en coche a cualquier parte? Ese derecho no existe». La frase, difundida por
elDiario.es y replicada después por una cuenta crítica, ha servido para que media España discuta si moverse en coche es de derechas y pedalear es de izquierdas. El propio Puente matizó que lo que hay que garantizar es la libertad para moverse de forma eficaz en el ámbito urbano, pero el daño estaba hecho: la etiqueta ya circulaba.
La discusión no es nueva. Cada carril bici inaugurado en los últimos años ha venido con su correspondiente bronca sobre el uso real de la infraestructura, el coste para las arcas públicas y la supuesta guerra contra el automóvil privado. Lo que ha cambiado es el tono: ya no se discute la eficacia del carril, se discute de qué ideología es cada medio de transporte.
Qué dijo exactamente Óscar Puente sobre la libertad de ir en coche
El ministro de Transportes sostuvo en una comparecencia que «¿Libertad para ir en coche a cualquier parte? Ese derecho no existe», y añadió que lo que hay que garantizar es la libertad para moverse en los ámbitos urbanos de forma eficaz, algo que calificó como derecho fundamental. La cita, difundida por
elDiario.es, fue recogida por una cuenta que la interpretó como un ataque directo al automóvil privado.
La respuesta institucional no se hizo esperar. La alcaldesa de Valencia, María José Catalá, le respondió públicamente invitándole a comprobar sobre el terreno cómo funciona la movilidad en su ciudad. Un gesto que convirtió una frase de comparecencia en un pequeño pulso político entre administraciones.
El carril bici que nadie usa y el que sí se usa
La crítica más repetida no apunta a la ideología, sino al uso. Hay quien sostiene que los carriles bici se multiplican mientras las bicicletas brillan por su ausencia: «está todo lleno de carriles bici y no los usa ni el Tato», resume una de las posturas más repetidas. En pueblos y ciudades medias, el patrón se repite: bicicletas los domingos por la mañana, coches el resto de la semana.
Frente a esa lectura, otra corriente defiende que el problema no es el carril, sino su diseño. En Valencia, por ejemplo, se argumenta que se han quitado carriles en zonas donde no se usaban y se han puesto en otras como la calle Cuenca, donde el tráfico es intenso. La conclusión de este análisis es incómoda para ambos bandos: si el carril no se usa, quizá no sea por ideología, sino porque no conecta los puntos donde la gente realmente necesita moverse.
El coche como símbolo de libertad y el Falcon como excepción
El argumento más repetido en defensa del automóvil privado no es económico, es existencial. «Cualquier chaval de 20 años que se compra su primer coche, por tartana que sea, sabe lo que significa tener un coche: libertad para ir donde quieras, con quien quieras y cuando quieras, sin depender de terceros ni dar explicaciones a nadie», resume una de las intervenciones más aplaudidas. La tesis de fondo es que el coche representa autonomía individual, y que el discurso oficial busca que los jóvenes se conformen con una bici o un patinete para trayectos cortos.
La contradicción que más se repite es la del coche oficial. Si ir en coche privado es de ultraderecha, ¿de qué es ir en Falcon? ¿Y desplazarse en un vehículo de 250.000 euros con motor V8 y chófer? La pregunta, formulada con retintín, apunta a una supuesta doble vara de medir: restricciones para el ciudadano, privilegios para el cargo. El Ministerio de Defensa, según se apunta, habría encargado un Airbus 330neo para sustituir el viejo Falcon presidencial, un dato que se lanza como remate irónico.
La guerra cultural del carril: de la eficacia al sectarismo
El debate ha derivado en un juicio sobre las intenciones. Una parte sostiene que la etiqueta «ir en coche es ultraderecha» no la dijo Puente, sino que la construyó el autor del tuit crítico. Otra parte responde que da igual quién la dijo: el clima político la hace verosímil. «Cada gobierno tiene un gilipollas de estos para enervar a las masas y desviar la atención de lo importante con chorradas como el carril bici», resume una de las lecturas más repetidas.
El resultado es un debate que ya no va de movilidad. Va de quién tiene derecho a decidir cómo se mueve el resto, y de si ese derecho se ejerce desde el BOE o desde el asiento del conductor. La infraestructura es la excusa. El fondo es la desconfianza.
Al final, la pregunta que queda flotando no es si el carril bici es de izquierdas o de derechas, sino por qué nadie ha conseguido todavía que la gente lo use. Y esa, por mucho que se disfrace de ideología, es una pregunta de gestión.