Países Bajos plantea domingos sin coches por la escasez de diésel ruso
¿Puede un país europeo racionar la movilidad de sus ciudadanos por falta de gasóleo? En los Países Bajos la pregunta ha dejado de ser teórica y ha aterrizado en los medios: existe la amenaza de escasez de
diésel si en diciembre entra en vigor la prohibición de importar petróleo crudo de Rusia. Sobre esa hipótesis se ha desplegado un catálogo de medidas de emergencia que incluye domingos sin automóviles y restricciones de circulación para los turismos diésel no excluidos. La clave está en el matiz: no se han quedado sin combustible, se preparan para el escenario en que el suministro se estreche.
El aviso neerlandés: riesgo de escasez, no sequía de gasolineras
La letra pequeña del aviso es lo primero que conviene fijar. El titular que ha circulado —«Domingo sin automóviles y toque de queda para automóviles diésel no excluidos»— va condicionado con un «si la escasez de diésel aumenta demasiado». El cuerpo de la información lo repite: la amenaza aparece si se ejecuta el mandato de no comprar crudo ruso en diciembre. Traducido: hay un calendario político, no una cisterna vacía.
Esa diferencia explica por qué el asunto se ha convertido en un pulso sobre expectativas. Un invierno neerlandés sin gasóleo no se parece a un invierno sin calefacción: se parece a un país que mueve su comercio exterior con camiones, barcos y tractores.
El riesgo no es de confort, es de logística.Por qué el diésel neerlandés no es el diésel español
En Países Bajos la persecución fiscal del motor diésel viene de lejos. La flota de turismos con ese combustible es mínima y el país ya ha fijado 2025 para prohibir su venta, con la idea de restringir también la circulación. Donde no hay margen de maniobra es en la maquinaria: el gasóleo agrícola resulta insustituible a corto plazo y las máquinas portuarias, aunque han ido migrando al GLP en grúas y equipos de carga y descarga de contenedores, siguen dependiendo del diésel en buena parte de sus operaciones.
Comparar cuotas de matriculación ayuda a dimensionar el problema. Entre 2015 y 2019 el diésel se desplomó en toda Europa, y España no fue excepción:
- Irlanda: del 71% al 46%
- Portugal: del 68% al 40%
- Italia: del 56% al 41%
- Alemania: del 48% al 34%
- España: del 63% al 33%
Con esa foto,
poner el foco en los turismos diésel es mirar donde menos duele. El problema real está en el gasóleo profesional, ese que no se sustituye con una aplicación de movilidad.
El norte rico sufre antes y más: ¿alguien guarda para una guerra total?
Hay una paradoja que recorre el análisis. Los vecinos ricos del norte están notando la crisis energética antes y con más crudeza que España, un país con menos margen fiscal y peor estructura productiva. Se apunta una explicación incómoda: que estén racionando antes para reservar suministro ante un escenario de conflicto prolongado.
La otra lectura es histórica. España ya pasó por su reconversión industrial en los años 80 y 90, con el destrozo social que trajo; en algunos terrenos ese suelo está allanado y el golpe se nota menos. Donde sí se notará, y mucho, es en el turismo. El país que vive del visitante extranjero es el más expuesto a una recesión europea que deje aviones en tierra y hoteles a medio llenar. La comparación con países que ya han pasado por un colapso de suministros recorre las conversaciones, casi siempre como advertencia y casi nunca con la letra pequeña del contexto.
El tren de mercancías como plan B: 6 u 8 horas de Barcelona a Zaragoza
La alternativa ferroviaria aparece en cuanto falta gasóleo. La idea de subir el camión al tren —la autopista ferroviaria— tiene defensores: aprovecha infraestructura ya construida, descarga carreteras, reduce desgaste y permite consumir electricidad en lugar de diésel. Sobre el papel, impecable.
En la práctica, los tiempos matan la propuesta para según qué rutas. La línea de mercancías entre Barcelona y Zaragoza exige un mínimo de seis a ocho horas, una cifra incompatible con la cadena de suministro actual. El experimento mental que circula pasa por tarifas de 50 euros ida y vuelta, con los cinco ocupantes del vehículo incluidos y paradas en capitales de provincia. Hoy el tren sigue saliendo más caro que el coche en demasiados trayectos, y ahí se cae el argumento ecológico.
El 8,2% de inflación que amplía el cuadro
El problema no se agota en el diésel. La inflación estadounidense alcanzó el
8,2% en septiembre, un dato que obliga a revisar la tesis de que esto es solo una crisis energética europea. El encarecimiento se cuela en la cesta de la compra sin pedir permiso: una mozzarella cuesta entre un 20% y un 30% más que un año antes. Cuando el queso sube a ese ritmo, el debate sobre el gasóleo deja de ser un asunto de transportistas.
Queda la escena final. El país que ha hecho de la bicicleta su bandera moral podría acabar organizando domingos sin coche por decreto y no por convicción. La virtud, cuando llega el frío, se parece bastante a la escasez.