Pam sostiene que se odia a los gordos por intuir que son pobres
La número dos de Irene Montero ha respaldado públicamente la tesis de que la aversión hacia las personas con sobrepeso no responde a su físico, sino a la percepción de que tienen escasos recursos. La afirmación, difundida a través de redes y recogida por medios como
Okdiario y
La Razón, ha desatado una tormenta de réplicas. El argumento central es que el rechazo no sería gordofobia, sino
clasismo.
La polémica se enmarca en un contexto donde la inflación y el precio de los alimentos han tensionado la cesta de la compra. La discusión derivó rápidamente hacia un terreno más incómodo: la relación entre obesidad, renta y hábitos de consumo. Y ahí, las aguas se dividieron.
El origen de la polémica: la tesis de Solís y el respaldo de Pam
Todo parte de un párrafo de Solís que Pam citó textualmente: «No se odia a los gordos por ser gordos, sino por intuir que son pobres. No es gordofobia, se llama clasismo». La número dos de Irene Montero mostró su «absoluto apoyo» a esta idea, según recogen los medios citados. La tesis sostiene que la gordofobia no existe como rechazo al físico, sino como parte de una relación percibida entre estar gordo y tener pocos recursos.
La reacción no se hizo esperar. Centenares de personas le recriminaron que vinculara directamente la gordura con la pobreza, recordándole que ella misma percibe un salario de más de 100.000 euros como alto cargo. La contradicción —defender que se odia a los gordos por parecer pobres mientras se cobra un sueldo de directiva— se convirtió en el eje de las críticas.
El argumento histórico: de símbolo de opulencia a estigma de pobreza
Durante siglos, el sobrepeso fue signo de riqueza. Tener carne en la mesa a diario era privilegio de unos pocos. La propaganda soviética de los años 20, 30 y 40 caricaturizaba a los capitalistas como hombres gordos, engominados, fumando puros y zampando cochinillo. El gordo era el burgués. El delgado, el pueblo.
Esa lógica se ha invertido. Hoy, en Occidente, las clases altas son delgadas, se alimentan bien y hacen ejercicio. La obesidad se concentra en los estratos de menor renta. El cambio no es anecdótico: refleja cómo el acceso a comida saludable, tiempo para cocinar y educación nutricional se han convertido en bienes de lujo.
¿Es la obesidad un problema de dinero o de hábitos?
Aquí el consenso se rompe. Una corriente sostiene que comer sano es caro: los mejores cortes de carne, pescado fresco, fruta y verdura de calidad tienen un coste que muchas familias no pueden asumir. A eso se suma el tiempo: cocinar sano requiere dedicación, y quien trabaja doce horas no la tiene.
La postura contraria apunta a que se puede comer limpio y en la cantidad adecuada con poco presupuesto. Lo que no es de recibo —argumentan— es comer mal y mucho. Los alimentos ultraprocesados son baratos, sí, pero también lo es el arroz, las legumbres o los huevos. La diferencia estaría en la educación y en la voluntad, no solo en la cartera.
Los datos disponibles apuntan a una correlación entre menor nivel económico y cultural y mayor porcentaje de obesidad. Pero correlación no es causalidad. Hay gordos ricos y delgados pobres. La discusión, sin embargo, rara vez admite matices.
La réplica política: ¿dónde está la ricofobia?
El argumento más repetido en contra de la tesis de Pam es la asimetría. Si la gordofobia es clasismo, ¿por qué no se denuncia la ricofobia? Es decir, si se odia a los gordos por parecer pobres, se está admitiendo que se odia a los pobres. Y si eso es así, ¿por qué no se legisla contra el desprecio a los ricos?
La crítica apunta a que la Secretaría de Estado de Igualdad inventa tesis para justificar narrativas. Que sus planteamientos no se sustentan en datos reales, sino en percepciones. Y que convertir los complejos personales en objeto de debate político degrada la conversación pública.
El contexto económico: inflación y cesta de la compra
La discusión no es baladí en un momento en que el precio de los alimentos ha subido con fuerza. Si comer sano es caro, y la inflación golpea especialmente a los productos frescos, la brecha entre quienes pueden permitirse una dieta equilibrada y quienes no se ensancha. La obesidad, en ese marco, deja de ser una elección individual para convertirse en un marcador socioeconómico.
Pero el debate se enreda. Porque si la solución es abaratar la comida saludable, la pregunta es cómo. Y si la solución es educar, la pregunta es quién y con qué recursos. Nadie tiene la respuesta completa.
Lo que queda por dilucidar
Con estos mimbres, es previsible que la polémica se apague sin resolverse. La tesis de Pam y Solís seguirá siendo defendida por unos y ridiculizada por otros. Lo que no cambiará es el dato incómodo: la obesidad y la pobreza están estadísticamente correlacionadas en España. Que esa relación sea causa, efecto o casualidad es otro cantar. Y mientras tanto, el precio de la verdura sigue subiendo.