El cauce de los 60 que aún protege Valencia
Un canal de unos 15 kilómetros de largo y 600 metros de ancho recorre el sur de Valencia. Está seco casi siempre. Cuando el Turia baja embravecido, ese canal se traga el agua y la ciudad ni se entera. Se construyó en los años 60, tras la riada de 1957, y en 1971 ya se puso a prueba con precipitaciones intensas. Funcionó entonces y, según los datos que se manejan, ha vuelto a funcionar ahora: Valencia y los municipios limítrofes no han notado los efectos de la DANA. El llamado Plan Sur es, probablemente, la obra pública más rentable de la historia reciente de España. Y también la más incómoda de defender en voz alta.
Qué es el Plan Sur y por qué se construyó
La riada de 1957 desbordó el Turia a su paso por Valencia y anegó buena parte del casco urbano. La respuesta fue desviar el río por un cauce nuevo, excavado al sur de la ciudad, que evita que el agua entre en el entramado urbano. El proyecto se ejecutó en los años 60 y se estrenó de verdad en 1971, cuando unas lluvias intensas lo pusieron a prueba. El resultado, según quienes lo defienden, fue que la ciudad no se inundó.
El coste original se cifra en unos
7.000 millones de pesetas de 1970. Actualizado a euros de hoy, ronda los
1.050 millones. Para ponerlo en perspectiva: poco más de la mitad de lo que se dice que va a costar el nuevo Bernabéu. Una obra pensada a 50 o 100 años vista, con un retorno político nulo a corto plazo, y que ha protegido a una ciudad de unos 800.000 habitantes.
Cuánto caudal puede tragar el nuevo cauce
La cifra que más se repite es la capacidad del canal: alrededor de
5.000 metros cúbicos por segundo. Para hacerse una idea, el Turia en una crecida ordinaria mueve una fracción de eso. Cuando el río se desborda de verdad, el cauce nuevo absorbe el golpe y la ciudad sigue a lo suyo.
Hay quien sostiene que sin esta infraestructura, las calles de Valencia estarían enfangadas y habría que lamentar daños personales y materiales de gran magnitud. Las estimaciones que circulan hablan de
decenas o cientos de fallecidos y de pérdidas de miles de millones de euros. No son cifras oficiales, son cálculos de parte. Pero la lógica del desvío es difícil de rebatir: si el agua no entra en la ciudad, no hay tragedia urbana.
El problema no es la obra, es quién la firmó
Aquí empieza el conflicto. El Plan Sur se ejecutó bajo el
franquismo. Y eso convierte cualquier elogio de su eficacia en un campo minado. Una parte del análisis sostiene que la obra demuestra que se puede hacer infraestructura útil al margen de la democracia. Otra parte responde que atribuir el mérito a un régimen autoritario es una simplificación: la ingeniería la hicieron técnicos y trabajadores, no un caudillo.
El tono de la conversación oscila entre la reivindicación histórica y el ajuste de cuentas ideológico. Hay quien pide que se reconozca el acierto sin entrar en filias políticas. Y hay quien directamente pasa de la obra y se queda en la trinchera. Es el país que tenemos: hasta un canal de desvío se convierte en bandera.
Por qué hoy no se podría construir algo así
La pregunta más incómoda es la que compara épocas. Varios análisis apuntan a que una obra de este tipo sería hoy inviable por tres motivos: el informe de impacto ambiental, el coste político de expropiar y el horizonte temporal. Nadie invierte en algo cuyo retorno se ve a 50 años.
El argumento se repite con variantes: en los 60 había gente que trabajaba para hacer cosas de las que se beneficiara el pueblo, y hoy lo que prima es ver cuándo se puede cobrar la mordida. Es una simplificación, claro. Pero la comparación de costes y plazos no ayuda a los defensores del statu quo.
El cauce como símbolo de un país que ya no existe
Más allá del agua, el Plan Sur se ha convertido en un objeto de nostalgia. En la conversación aparecen referencias a las calles sin ciertos problemas, a las familias con piso y casa en el pueblo, a un futuro que se veía brillante. Es una idealización, y como tal hay que leerla. Pero dice algo del presente: la sensación de que las cosas importantes ya no se hacen.
La ironía final es que el cauce sigue ahí, seco, haciendo su trabajo en silencio. Nadie le pone una placa. Nadie lo menciona en los telediarios. Y cuando llueve de verdad, es lo único que impide que la ciudad se convierta en un barrizal. Eso, en términos de rentabilidad social, es difícil de superar.