El urbanismo sin planificar que ahogó Valencia
Construir vivienda donde no hay planificación previa tiene consecuencias. La DANA que anegó el área metropolitana de Valencia dejó al descubierto una realidad que los técnicos llevaban décadas señalando: la ciudad creció hacia donde no debía, ocupando llanuras de inundación, cauces de ramblas y tierras desecadas de la Albufera. El resultado es una corona de municipios dormitorio que se extiende en línea recta durante kilómetros, cada uno construyendo a su aire, sin coordinación ni criterio común.
La tesis que recorre el análisis es directa:
el urbanismo debe planificarse al milímetro, sobre plano, con criterios técnicos y no con el criterio del propietario del suelo. Y esa planificación exige algo que en España sigue siendo tabú: la fusión de municipios para construir áreas metropolitanas compactas, con infraestructuras dimensionadas, alcantarillado adecuado y servicios compartidos.
Por qué Torrente se llama Torrente
El nombre no es casual. El municipio creció pegado a un cauce que desagua las montañas del interior y alimenta la Albufera. Lo mismo ocurre con toda la ristra de localidades que desde Silla hasta Valencia ocupan tierras que antiguamente formaban parte del lago.
El torrente sigue ahí, sin dragar, sin acondicionar, sin diques de contención. Y las viviendas, también.
La imagen que resume el problema es sencilla: en torno a la Albufera se distingue un área más grande con otro color, toda la superficie que ocupaba el lago antiguamente, hoy ocupada principalmente por plantaciones de arroz. Tras la riada, la rambla volvió a llenar en su totalidad el espacio que antaño conformaba el lago. El agua recuperó lo que era suyo.
La ciudad que no puede crecer
Valencia capital mantiene prácticamente el mismo casco urbano desde hace décadas. Está rodeada por murallas invisibles: sus fronteras administrativas. No puede crecer hacia dentro porque ya está llena; no puede crecer hacia fuera porque los municipios colindantes no se fusionan. En lugar de una ciudad grande con avenidas concéntricas, edificios altos y buenas infraestructuras, brotan decenas de núcleos dormitorio donde cada cual construye como le place.
Hay quien sostiene que el libre mercado resolvería esto solo. El argumento se cae por su propio peso:
el libre mercado no dragó el cauce ni construyó diques. Tampoco impidió que se levantaran garajes en zonas inundables ni que se autorizara un centro comercial en el cauce de un río. Todo eso pasó con permisos, con aprobaciones, con firma.
El aviso que nadie quiso escuchar
La gota fría es un fenómeno característico del Mediterráneo que ocurre todos los años en otoño. Unas veces más fuerte, otras más floja, pero siempre. Cualquiera que viva entre Gerona y Almería sabe lo que significa ese aviso. La cuestión no es la sorpresa meteorológica, sino la
corrupción y la irresponsabilidad de quienes autorizaron construir donde no se debía y de quienes, avisados durante días, salieron a merodear por las ramblas con el coche.
El caso del Plan Sur de Valencia aparece en la conversación como contraste incómodo. Un cauce al sur de la ciudad, planificado con visión de futuro y asesorado por ingenieros, que esta vez funcionó y salvó la ciudad de lo que podría haber sido mucho peor. Se financió durante décadas con sellos postales de 25 céntimos. Hoy, ese tipo de infraestructura encontraría resistencia por motivos ambientales.
Fusionar municipios: la reforma que nadie quiere abrir
La propuesta central es una fusión brutal de municipios que permita construir ciudades compactas, concéntricas y bien planificadas. En Valencia ya vive más gente en los arrabales que en la propia capital. El modelo recuerda a Austin o Fénix, pero en versión tercermundista: crecimiento disperso, sin orden, sin lógica, sin control.
El contraste internacional aparece repetidamente. En otros países, el urbanismo es coherente. En España, la norma es el absurdo: se construye en zonas de aluvión y luego se tapián los cauces.
La solución que se propone no es más regulación, sino mejor regulación: planificar antes de construir, no después de inundarse.
Lo que viene
Con estos precedentes, cabe esperar que la discusión sobre el urbanismo español se reabra cada vez que llueva fuerte. La pregunta es si esta vez se traducirá en algo más que reproches. La fusión de municipios, la revisión de los planes generales y la recuperación de cauces son medidas que llevan décadas sobre la mesa. Nadie apuesta a que se ejecuten. Pero el agua, puntual, volverá a recordar dónde estaba su sitio.