Píldora eficaz en 70 tumores de laboratorio, sin ensayos en humanos
Sí, hay una molécula que arrasa con todos los tumores sólidos que le pongan delante. La puntualización es obligatoria y llega en la frase siguiente: se los han puesto delante en placas de laboratorio. Se llama AOH1996, la firma el Hospital City of Hope de Los Ángeles y su diana es el antígeno nuclear de células proliferantes (PCNA), una proteína que hasta ahora se consideraba «indestructible» y que ayuda a los tumores a repararse y multiplicarse. El ensayo se hizo con 70 líneas celulares cancerosas distintas —mama, próstata, cerebro, ovario, cuello de útero, piel y pulmón— y fue eficaz contra todas.
AOH1996 y PCNA: qué se ha probado exactamente
El compuesto es la culminación de veinte años de investigación en uno de los mayores centros oncológicos de Estados Unidos. Su nombre en clave homenajea a
Anna Olivia Healy, fallecida en 2005 a los nueve años por un
cáncer infantil; la doctora Linda Malkas, que dirige el equipo, conoció al padre de la niña poco antes de su muerte y orientó su carrera a encontrar una cura en su memoria. La hipótesis de partida es ambiciosa: atacar una proteína presente en la mayoría de los cánceres que permite al tumor crecer y reproducirse.
Los datos publicados son de laboratorio. Células en cultivo, no pacientes. De ahí que la noticia, siendo cierta, admita un titular mucho más prudente del que circula: un compuesto innovador muestra actividad frente a líneas tumorales muy diversas y deja intactas otras células en el mismo experimento. Nada más, y nada menos.
Por qué 70 líneas celulares no equivalen a curar el cáncer
Aquí es donde entra el oficio. Un profesional de la química médica lo resume en una frase: «
No hay cura genérica para el cáncer, ni la habrá». Y añade los tres escenarios que explicarían que una estructura tan poco novedosa no la hubiera encontrado antes ninguna farmacéutica. Primero: no se puede patentar, y entonces nadie la financia. Segundo: nadie había explorado esa diana terapéutica, lo que él mismo considera improbable. Tercero, y más incómodo:
no es selectiva, lo que dispara las opciones de fracaso en un organismo vivo.
El cáncer, además, no es una enfermedad sino decenas. Cada tumor tiene su biología, sus mutaciones y su capacidad de esquivar lo que le lancen. Un resultado excelente en placa puede diluirse en un ensayo con personas por toxicidad, por biodisponibilidad o simplemente porque las células de laboratorio llevan décadas adaptadas a vivir en un frasco.
El calendario de los anuncios y el escepticismo ya aprendido
La reacción más repetida no discute el experimento: discute la frecuencia. «Cada año la misma noticia» es la síntesis de una desconfianza sedimentada a base de comunicados. Se compara con el crecepelo, con la fusión nuclear y con el grafeno, tres clásicos del avance eternamente inminente. También con el calendario: agosto es, se repite, el mes tradicional de estas portadas.
La comparación más dura apunta a los tiempos. Hay quien sostiene que con las vacunas del coronavirus se tardó semanas y con el cáncer llevan décadas sin logros, y de ahí deduce desidia. El razonamiento ignora lo obvio —una vacuna contra un virus es un problema cerrado; un tumor es un problema abierto y cambiante— pero mide bien el cansancio acumulado.
El negocio del cáncer: la sospecha que no se va
Otra corriente sostiene que la cura no interesa. El argumento: los tratamientos actuales —quimioterapia, radioterapia, hospitales privados— generan miles de millones, y una pastilla barata que resolviera el asunto en una semana no encaja en ese balance. Se pregunta incluso por qué no se prueba ya en pacientes desahuciados que no tienen nada que perder, aunque el ensayo experimental con enfermos terminales tiene sus propios límites éticos y regulatorios.
Es una sospecha extendida y difícil de refutar, porque el sistema de incentivos de la investigación biomédica es opaco y caro. Conviene separar dos cosas: que la industria priorice lo rentable es discutible; que exista una cura guardada en un cajón es una afirmación que exige pruebas, y nadie las ha aportado.
Ayuno, ph alcalino y origen emocional: los atajos que no se sostienen
En cualquier conversación sobre oncología aparecen tres recetas sin respaldo científico: el ayuno, la alcalinización del organismo y la tesis de que el cáncer tiene origen emocional o es un mecanismo de defensa del cuerpo. Ninguna tiene evidencia detrás. La última, atribuida por un contertulio a cierto ámbito veterinario, sostendría que extirpar el tumor empeora las causas; los mecanismos de defensa antitumoral existen, llevan millones de años en nuestro genoma y aun así fallan, sobre todo en especies longevas como la humana, según resume otro participante.
Cabe esperar dos cosas. La primera, que el AOH1996 entre en ensayos con personas y que estos digan si la selectividad observada en cultivo se mantiene. La segunda, que si fracasa no vuelva a aparecer en portada, y que si funciona no se anuncie como si ya estuviera en la farmacia. Con el historial disponible, la apuesta razonable es prudencia: hay una molécula prometedora, veinte años de trabajo detrás y ningún paciente tratado todavía.