El mercado de parejas se atasca: buscan proveedor, ellos calculan
Doce kilómetros de carrera, un desayuno en una cafetería recién descubierta y una conversación ajena que termina en carcajada. La escena la cuenta el propio protagonista: dos empleadas detrás de la barra, una de ellas con el día torcido, quejas de dinero y pocas ganas de trabajar, y dos clientas de edad que escuchan el desahogo. En quince minutos la charla deriva hacia una sentencia que resume el asunto: «tienes que echarte un novio rico». De ahí sale el diagnóstico —ya no hay hombres como los de antes, alguien que te mantenga— y de ahí sale también la pregunta que articula el
mercado de parejas español: ¿escasa oferta o filtro mal calibrado?
La carcajada, según su autor, fue involuntaria. Da igual. Lo relevante aparece detrás de la anécdota: dos mujeres que, según quien relata la escena, verbalizan en voz alta el modelo del
proveedor de toda la vida pese a su discurso progresista. La contradicción no es nueva. En ese desayuno quedó retratada sin edición.
¿Por qué se dice que ya no hay príncipes azules?
Porque el ideal del hombre que mantiene, resuelve y aporta estabilidad económica resulta cada vez más escaso frente a una demanda que no baja. El argumento que se repite es de
hipergamia: se descarta a la mayoría y solo se hace visible una franja pequeña. El cálculo que circula es que se rechaza al 90% de los candidatos y que la mirada se queda en el 5% o el 10% con más atractivo, trabajo o ingresos. El resto, dicen, es invisible.
Ese filtro choca con un detalle que se subraya: los hombres de ese tramo superior suelen tener pareja o estar casados con hijos, y a partir de cierta edad el grupo disponible se estrecha. La conclusión que se extrae no es que no existan hombres, sino que no existen
los que se buscan. Sobre esa brecha se construye toda la queja.
El sueldo que haría falta para sostener el modelo de antes
Para que un solo sueldo mantuviera una casa habría que rehacer la escala entera. El escenario que se plantea es explícito:
10.000 euros al mes fijos para él, con plaza estable, y 1.000 para ella, más viviendas de 100 metros cuadrados en grandes ciudades a 50.000 euros. Con esas variables, la conclusión es que la natalidad se dispararía y muchas mujeres no necesitarían trabajar fuera de casa. El problema, añaden, es que ni de lejos es el caso.
El contraste se mide en nóminas. Un caso que se pone sobre la mesa: una mujer de 27 años, con Económicas, que aspiraba a un puesto de alto nivel en finanzas y acabó en el departamento financiero de una multinacional en Madrid con
1.600 euros al mes. Trayectoria, ciudad y coste de vida frente a un modelo que exigía que alguien la mantuviera. La aritmética no cierra por ningún lado.
Mujeres tradicionales fuera de España: el plan alternativo
La salida que gana peso no pasa por renegociar el reparto, sino por cambiar de mercado. Hay quien sostiene que fuera de España resulta más sencillo encontrar un perfil de ama de casa tradicional, con mención a entornos rurales del este de Europa, y quien asegura haber resuelto así su vida: pareja de 44 años, él de 48, ella trabaja media jornada y su sueldo se lo queda ella para gastos personales mientras el grueso familiar lo cubre él. Se presenta como una decisión con retorno: cotización para ella, casa ordenada y una pareja que se mantiene cuidada.
El reverso es una demanda que aparece con detalle: hombres de más de 40, con trabajo e inmuebles, buscando pareja veinteañera, normalita y sin lo que llaman
empozoñamiento, dispuesta a vivir en una aldea. Si eso es factible se queda sin respuesta clara. Lo que sí se constata es que el discurso del ama de casa tradicional ha dejado de ser patrimonio de un solo perfil ideológico.
Natalidad, cotizantes y la cuenta que no sale
La deriva demográfica entra por dos vías. Una: se afirma que en España hay
20 millones de cotizantes y que solo entre
7 y 8 millones sostienen el esfuerzo real. Otra: se plantea que la natalidad no es un objetivo indiscutible, porque, se argumenta, el país pasó de 15 a 50 millones de habitantes y el problema sería el reparto, no el número. Las dos cosas se lanzan como opinión, sin más respaldo que la convicción de quien las dice.
El nudo es el mismo del principio. El modelo del varón proveedor exige una economía que ya no existe y unas expectativas que siguen intactas. Mientras la brecha se mantenga, la queja circulará en las dos direcciones: unos dicen que no pueden, otras dicen que no hay.
Así que la coincidencia es amplia —el desajuste existe— y el desacuerdo es total al repartir culpas. Unos apuntan a la selección de pareja; otros, al
coste de la vida; otros, a un marco legal que, sostienen, deja el riesgo de formar familia casi siempre del mismo lado. Ahí, exactamente ahí, se atasca el análisis.