El cine que deja mal cuerpo: de «Mártires» a «La carretera»
Hay películas que no buscan el sobresalto, sino dejar al espectador con el estómago revuelto varios días después de los créditos. La petición que originó este catálogo era explícita: cintas
macabras y espeluznantes, capaces de provocar miedo, inquietud y mal rollo, sin importar el género. La nómina mezcla clásicos de los setenta, cine de autor incómodo y títulos que directamente conviene no ver. Y deja una idea que se repite: el miedo no es lo mismo que la sangre.
La respuesta más socorrida, con sorna, es que el mejor terror no está en el cine. El telediario, un programa de citas o un portal de ofertas de empleo aparecen como candidatos. Es una broma, sí, pero apunta a algo real: el material que deja mal cuerpo no siempre viene etiquetado como ficción.
El canon de los setenta y el terror que no se ve
La base del listado son los cimientos del terror psicológico.
El exorcista,
La semilla del diablo y
La profecía aparecen como referencia obligada, junto a La última casa a la izquierda en su versión original —y no en el remake—, señalada en el hilo como una de las más espeluznantes. El proyecto de la bruja de Blair entra por la misma puerta: cámara en mano y bosque sin rostro.
Por qué el gore no produce el mismo miedo
Aquí está la fractura más productiva del listado. Un participante sostiene que
la gente confunde el miedo con la sangre y con las escenas más escandalosas y salvajes; en el hilo, sin embargo, abundan las recomendaciones de títulos que apelan justo a eso. Mártires (2008), en su versión francesa, aparece entre las más citadas.
Con Saló o los 120 días de Sodoma y A Serbian Film el tono cambia. La segunda acumula un rechazo explícito: se describe como repugnante y se desaconseja verla. El argumento que se apunta es que
lo insoportable no es la ficción sino la sospecha de que bebe de cosas que han pasado.
El mal rollo que no necesita fantasmas
Cuando el catálogo se aleja de lo sobrenatural, se vuelve más incómodo.
La carretera aparece descrita como una historia de ficción que muestra hasta dónde puede llegar el ser humano cuando hay incentivos o necesidad.
El Infierno (2010) se cita como ejemplo de cine mexicano que retrata el narcotráfico con un realismo que destroza el ánimo, y Dogville, de Lars von Trier, cierra el grupo.
En ese mismo saco entran La escalera de Jacob, Cabeza borradora, El corazón del ángel —destacada por su atmósfera cada vez más irrespirable—, A la caza (1980), Boxing Helena y Sorgoi Prakov, también conocida como Descenso a la oscuridad. Esta última empieza como documental de viaje de un creador de Europa del Este que llega a París con una cámara y termina en otra cosa muy distinta.
«Historias para no dormir» y el terror que se cuela en casa
La producción española tiene su propio apartado. Historias para no dormir, la serie dirigida por Ibáñez Serrador, aparece como pieza fundacional, con «El Televisor» señalado por un participante como el episodio que más le gusta. La cabina y ¿Quién puede matar a un niño? completan un trío con secuelas generacionales.
Hay quien recuerda haber visto la segunda con diez u once años y no haber podido dormir hasta que un adulto entró en la habitación a quitarle hierro al asunto. De ese filón, por cierto, se sostiene que bebió el videojuego The Last of Us, aunque la afirmación circula sin documentar.
La sala vacía pesa más que el guion
El contexto del espectador importa tanto como la película. Ver una de estas cintas a los once años no es lo mismo que verla de adulto, y hay testimonios que lo ilustran sin necesidad de estadística. Hay quien recuerda una proyección de La horca (2015) en una sala casi vacía, a las diez de la noche.
La hora y la compañía aparecen en el relato como parte de la experiencia. La otra mitad es la mezcla de géneros. Para ampliar la lista se cita un directorio de cine extremo que reúne desde joyas hasta lo más bizarro imaginable, y un participante avisa de que existe una versión sin cortar con escenas que no aparecen en el montaje oficial.
El punto donde el criterio se atasca
El hilo se cierra con la misma división con la que empezó: hay quien sostiene que se confunde el miedo con la sangre y las escenas más escandalosas, y quien recomienda precisamente los títulos más extremos. Entretanto, se echa en falta un criterio objetivo para separar la película que deja pensando tres días de la que solo revuelve el estómago durante noventa minutos.