El peor olor que recordamos: carne, patatas y cadáveres
Un arcón congelador averiado durante semanas. La carne de cerdo se pudre dentro, el tufo escapa y quien lo huele asegura que no hay nada comparable: «lo más parecido que hay al olor de cadáver humano, mucho peor que el de perro o gato muerto». La escena abre una discusión que en pocas horas ha reunido decenas de testimonios sobre los olores más insoportables que alguien puede encontrarse. No es un ejercicio de nostalgia: es un catálogo de química cotidiana, de fallos domésticos y de trabajos que nadie quiere hacer.
Qué huele peor: carne podrida, patatas o cadáver
La jerarquía se discute con pasión. Hay quien coloca la carne en descomposición en lo más alto y quien defiende que una simple patata olvidada gana la partida: «El cadáver de un mes es ambrosía al lado de la patata». Otros suben el listón hacia lo orgánico y mencionan la cadaverina, el compuesto que desprende un animal atropellado en la carretera. La conversación se ordena sola en una escala aproximada: un huevo podrido estaría en un 5,5 o 6, un cadáver fermentado en un 9 o 9,5. Por encima, dicen, no hay nada conocido.
El catálogo se amplía con precisión casi forense. Un tupper de arroz olvidado dos semanas. Un muslo de pollo que se vuelve azul verdoso dentro de la nevera. Leche materna en mal estado. Cebollas y patatas en el mismo cajón. Amoniaco industrial. Y el pozo séptico de una finca que se embozó con toallitas: quien lo desatascó a mano recuerda que estuvo una semana con diarreas que olían exactamente igual que el pozo.
El olor de la muerte y de la carne humana quemada
Los testimonios más duros llegan del mundo laboral. Un delfín hinchado en la playa, con los jugos saliendo por los orificios y las gaviotas ya trabajando en los ojos. Las balsas de vacas sacrificadas durante la crisis de las vacas locas, trasladadas a una incineradora en Galicia, cogidas con una pinza y metidas enteras en una picadora. «Aquel olor se te queda grabado en la mente de por vida», resume quien lo vivió.
La carne humana quemada aparece con una descripción contenida pero explícita: un accidente laboral en Egipto, un cuadro eléctrico de alta tensión manipulado sin protecciones, un chispazo y un cuerpo que queda pegado a los cables echando humo. No es el más desagradable, dicen, pero no se olvida. La distinción técnica importa: no es lo mismo la carne desangrada y limpia que se compra en el supermercado que los fluidos internos y los gases que se corrompen dentro de un cuerpo cerrado.
El guante del dentista y otros fallos de higiene
No todo viene de la putrefacción. Un paciente relata una visita al dentista en la que la auxiliar atendía a varias personas a la vez sin cambiar de guante. El olor del guante, contaminado por la boca de otro paciente, resultó peor que la muerte. El afectado protestó con tal intensidad que le oyeron desde fuera y no volvió a pisar la clínica. La anécdota ilustra un problema real: la higiene en entornos sanitarios no es un detalle estético.
También hay espacio para la venganza vecinal. Un grupo de adolescentes trituró medio kilo de sardinas frescas en medio litro de leche y vertió la mezcla con un destornillador sobre la tapicería del coche de un vecino. El sol hizo el resto. El coche pasó el verano con las ventanillas bajadas. «Es el peor olor que yo he sentido», sentencia el autor de la fechoría.
La escala sigue abierta. Huevo podrido, 6. Cadáver fermentado, 9,5. Nadie ha puesto un 10 sobre la mesa. Quizá porque, como apunta alguien con retranca, un cadáver lleno de patatas podridas sería «un win win absoluto».