Perros de guarda: del mastín napolitano a la alarma de 60 euros
Un propietario rural quiere dos perros que le protejan a él y a su
familia de los intrusos. Maneja cuatro candidatos: mastín napolitano, cane corso, perro lobo checoslovaco y pastor alemán de línea DDR. Pone dos condiciones que descartan media lista: nada de animales que haya que apuntar a barranquismo, nada de alfombras que no se muevan ni cuando salta la verja. Y tres dudas prácticas: ¿cachorro de tres meses o ejemplar de un año?, ¿macho o hembra?, ¿qué raza resiste el clima y el aislamiento de una finca?
La respuesta que recibe no es la que esperaba. La primera recomendación del vecindario digital no es un moloso: son
ocas, cisnes y gansos. Su mala hostia avisa de cualquier cosa rara y no necesitan adiestrador. A partir de ahí, el asunto se parte en dos corrientes que no se reconcilian.
Qué perro intimida de verdad a un intruso
La escuela del disuasión pura apuesta por el pitbull y el rottweiler. No son los mejores guardianes, admiten, pero imponen, y de qué manera. El rottweiler se lleva la mayoría de las menciones: musculoso, ruidoso, territorial. Hay quien sostiene que dos de esos en una finca disuaden a cualquiera antes de saltar la linde. El problema es el ejercicio: sin terreno grande y sin trabajo, un rottweiler se aburre y un rottweiler aburrido es un problema.
La escuela contraria tira de mastines: pastor del Cáucaso, kangal, mastín tibetano, mastín español, boerboel, alano español. Argumentan que un mastín es el mejor perro de guarda que existe, que no ladra, que se planta y da una última oportunidad. El alano, dicen, se usó para cuidar ganado bravo y no teme por su vida si tiene que defender a su dueño.
En medio queda el pastor alemán, y ahí el consenso es más ancho de lo que parece. Una hembra bien integrada en la familia, sostienen, muere por los suyos. El malinois aparece como opción para quien quiera algo más rápido. Y el perro lobo checoslovaco se cae de la lista: independiente, poco sociable, difícil de adiestrar y con problemas para asimilar el pienso.
¿Cachorro de tres meses o ejemplar de un año?
Casi todos coinciden en el cachorro. El motivo no es el cariño: es el vínculo y el control. Un perro criado desde los tres meses acepta comida y órdenes de muy pocas personas, lo que reduce el riesgo de envenenamiento y de que un extraño se lo gane con dos caricias. El trabajo de verja y de mordida, si hace falta, empieza joven.
El matiz lo pone quien selecciona perros para guarda: la socialización temprana no es lo contrario de la vigilancia, es su requisito. Un cachorro aislado no se convierte en un guardián duro, se convierte en un perro miedoso que se esfuma al primer ruido. La receta que se defiende es exposición a estímulos, contacto con extraños y dejar que el animal elija de quién se deja tocar. Sin forzar.
El problema de las razas: la belleza arruinó al perro de trabajo
Aquí llega el giro interesante. La crítica más dura no va contra una raza concreta, sino contra décadas de cría. Los buenos criadores, se argumenta, están enfocados a la belleza y no al trabajo, y en ambos casos la selección fina ha jodido a los perros. Dos buenos padres no garantizan una buena camada, y ni el ojo más experto acierta siempre.
De ahí sale una recomendación que rompe el marco de la pregunta: olvidarse de razas y buscar individuos. Dentro de una misma camada hay perros valientes y perros que no sirven. La alternativa que se defiende es el cruce de perro de presa con moloso, lo que se viene llamando bandog, precisamente para esquivar la endogamia y recuperar función. También el mestizo: menos problemas genéticos, más salud.
El coste real: seguro, licencia y envenenamientos
La letra pequeña aparece tarde pero aparece. La normativa española sobre tenencia de animales potencialmente peligrosos detalla permisos, licencias y seguros, y hay quien recuerda que un seguro de responsabilidad civil ronda los
60 euros. La crítica es doble: la ley es garantista hasta el extremo y, al mismo tiempo, nadie vigila que se cumpla.
El otro coste no se ve en la factura. Los envenenamientos están a la orden del día, y si el perro no vive donde está el dueño, hay que ir cada poco a atenderlo. Hay quien directamente ha abandonado la idea: una buena alarma da menos problemas y sale más barata. La pregunta que queda en el aire es incómoda: ¿cuántos de los que compran un moloso por seguridad acaban con un animal caro, aburrido y encerrado?
El asunto se atasca justo ahí. Unos defienden el mastín como herramienta y otros la alarma como sustituto. Nadie ha puesto sobre la mesa el número que cerraría la discusión: lo que cuesta de verdad mantener dos perros de guarda durante diez años frente a lo que cuesta un sistema de seguridad con cámaras.