Consecuencias catastróficas si Rusia usa la bomba nuclear
El consejero de seguridad nacional de la Casa Blanca,
Jake Sullivan, ha confirmado en televisión que Washington ha trasladado a Moscú, «directa y privadamente» y «en niveles muy altos», que habrá «consecuencias catastróficas» si Rusia emplea armas nucleares en Ucrania. Lo dijo en una entrevista con George Stephanopoulos para ABC News. Toda amenaza de este calibre arrastra la misma pregunta incómoda: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar quien la pronuncia?
Conviene fijar antes un detalle de forma que no es una minucia. Sullivan no es un «asesor» de seguridad nacional: es
el consejero, el mismo sillón que ocuparon Kissinger, Brzezinski, Colin Powell o las dos Rice. Hay quien sostiene que se trata del cargo con más influencia real después del propio presidente. Cuando ese puesto habla de consecuencias catastróficas, no está calentando el ambiente para la galería.
¿Es creíble una represalia nuclear por un tercer país?
La doctrina de la disuasión ampliada sostiene que el paraguas atómico de la OTAN cubre a todos sus miembros por igual. En la práctica, la duda es tan vieja como la bomba. Una parte del análisis lo dice sin rodeos: los arsenales existen para defender el territorio propio y nadie va a aceptar la destrucción de sus propias ciudades por un aliado lejano. ¿Habría represalia por Varsovia, por el Báltico, por un país que no es el tuyo? El argumento de la sangre pesa más que el del tratado.
El contraargumento es de sistema, no de sentimiento: si Estados Unidos tolera que se arrase el territorio de un país al que dio garantías, su palabra deja de valer en todo el planeta y el entramado de alianzas que sostiene su posición global se desmorona de un día para otro. O sea, que la represalia no sería por Ucrania, sería por sí mismo.
Entre esos dos extremos circula una tercera vía que nadie firma: un intercambio acotado. Una detonación sobre suelo ucraniano y una respuesta quirúrgica sobre una ciudad rusa, confiando en que el horror desatado haga innecesario cualquier escalón posterior. Suena a novela. También sonaba a novela el final de la Unión Soviética. Y hay quien añade un dato de consuelo a la inversa: incluso en el peor escenario habría supervivientes, la especie seguiría aquí.
Y luego está la corriente que rebaja todo el asunto a retórica. Un arma atómica que solo se exhibe, viene a decirse, es un arma que ya ha perdido su función; el que la saca para enseñarla, apunta esa lectura, no la va a usar. La advertencia de Sullivan sería entonces un ejercicio de coreografía, no una línea roja.
El «Cuarto Protocolo»: la bomba solo por vías convencionales
En medio del intercambio de mensajes apareció una referencia que conviene aclarar, porque mezcla realidad y ficción. Se habló del
Cuarto Protocolo como un supuesto anexo secreto del Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968: un acuerdo entre potencias atómicas para que las ojivas viajen siempre a su objetivo por medios convencionales —avión o misil— y nunca de otra forma. La referencia salió de la ficción y de la película homónima, no del texto del tratado. Un chiste cinéfilo, en suma, aunque diga algo cierto sobre el miedo de fondo: la sospecha de que la entrega se haga por un canal que nadie pueda rastrear.
Budapest 1994: las garantías que Ucrania cambió por desarmarse
El asunto de fondo es un intercambio firmado hace tres décadas. El Memorándum de Budapest de 1994 establece que Kiev elimina sus arsenales nucleares a cambio de que los demás participantes del acuerdo garanticen su seguridad. Con ese papel en la mano, Ucrania renunció a lo único que disuade de verdad. En abril de 2021, mucho antes de la invasión a gran escala, el entonces representante ucraniano en Alemania, Andrej Melnyk, ya lo había puesto sobre la mesa sin ambages: o se entra en una alianza como la OTAN, o hay que armarse por cuenta propia. Y anteriormente el propio presidente ucraniano, en el poder desde 2019, se planteó retirarse del memorándum a falta de garantías efectivas.
La cronología desmonta uno de los relatos más repetidos. Rusia ya había invadido Ucrania en 2014, cinco años antes de que ese presidente llegara al cargo. El conflicto no empezó con un cambio de inquilino en Kiev.
A eso se suma una pieza jurídica que viaja por canales de mensajería: una lectura de los artículos 106 y 107 de la Carta de la ONU según la cual Rusia, como sucesora legal del ganador de la Segunda Guerra Mundial, tendría derecho a tomar medidas militares contra quienes revivan el nazismo. Es una interpretación que sus críticos consideran forzada, por decirlo suave, pero da la medida de hasta qué punto el plano legal se ha convertido en arma de propaganda. Y en el lado opuesto aparece, sin pruebas, la hipótesis de una falsa bandera nuclear: especulación que conviene tratar como lo que es.
Dónde se atasca la disuasión
Si la amenaza es real, la escalada es real. Si no es creíble, la disuasión ya ha fallado. El problema es que una advertencia de consecuencias catastróficas solo funciona si se mantiene deliberadamente vaga, y esa vaguedad es exactamente lo que permite dudar de ella. Nadie ha movido una ojiva. Nadie ha precisado qué significa catastrófico. Y la conversación pública sigue atrapada entre el miedo y el cálculo, sin que ninguna de las dos partes haya enseñado la mano.
Datos clave del debate
- Memorándum de Budapest, 1994: Kiev renuncia a su arsenal a cambio de garantías de seguridad
- Tratado de No Proliferación Nuclear, 1968: base del supuesto «Cuarto Protocolo»
- Rusia invade Ucrania en 2014, cinco años antes de la llegada del actual presidente ucraniano
- Abril de 2021: el enviado ucraniano en Alemania plantea abiertamente rearmarse