Rusia cierra el año con caída del 6% y Europa crece
¿Están las sanciones asfixiando a Rusia o disparando su superávit mientras Europa se autolesiona? La respuesta corta: las dos cosas, y según qué indicador se mire. Según los datos citados en el debate, el Banco Central ruso proyecta una contracción de la economía del 8% al cierre del ejercicio, con un último cuatrimestre ya cerrado en negativo del 6%. En paralelo, se afirma que la venta de coches y productos electrónicos se ha desplomado, que las aerolíneas canibalizan sus propios aviones por falta de repuestos y que más de 320.000 millones de reservas permanecen bloqueadas.
El dato que sostiene el relato del desabastecimiento
El material del que parte esta discusión arranca con una imagen de Moscú vacío y un desabasto que se describe como notorio. Sobre esa foto se despliega el argumento central: las sanciones están devastando la economía rusa. Los números que se citan apuntan en esa dirección. La contracción del 8% para el conjunto del año, el hundimiento del consumo de bienes duraderos, la salida de empresas extranjeras y la caída de la inversión foránea dibujan un cuadro de deterioro real.
Hay quien añade el coste de la propia guerra. Más de 200 días de conflicto, con un gasto militar que se come cualquier margen fiscal, y una comparación que se repite: la guerra de Irak casi arruinó a Estados Unidos. Si eso le pasó a la primera economía del mundo, la factura para una economía del tamaño de la rusa, con la mitad de su comercio exterior intervenido, no invita al optimismo.
El superávit que descoloca el relato
La contraofensiva analítica llega por el lado comercial. Rusia tiene superávit, sí, pero no porque su industria funcione mejor, sino porque ha dejado de comprar. Los concesionarios venden Lada con tecnología de los años cincuenta, los Mercedes se cambian por coches chinos y el mercado se reconfigura a base de importaciones asiáticas que sustituyen a las alemanas y surcoreanas. El resultado trastorna el comercio, pero no engaña a nadie que mire la composición del PIB.
El argumento energético es el que más tinta gasta. España recibe gas ruso en una proporción que se describe como insignificante, en torno al 10% de un único contrato cuyo primer suministro data de 2018. Quienes sostienen esta tesis añaden que Alemania, Hungría, Eslovaquia o Austria sí se hicieron dependientes por encima del 40% y ahora pagan la factura. La conclusión que extraen: cuando Europa cierre acuerdos con proveedores africanos y de Oriente Medio, Rusia habrá perdido a su mejor cliente y a su principal fuente de tecnología punta. De ahí, dicen, la prisa de Moscú por sentarse a negociar.
La factura europea: 127 euros por 277 kWh
El contrapunto llega desde la cesta de la compra. Un usuario detalla su factura de septiembre: 127 euros por 277 kWh consumidos, frente a 91 euros por 334 kWh el mismo mes del año anterior. Menos luz y más dinero. El salario, mientras tanto, congelado. La conclusión que extrae es que el ciudadano europeo ha perdido poder adquisitivo y que eso no cuadra con el relato de que Europa está mejor.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, deja una diferencia que sorprende a quien lo lee por primera vez. Y no es un caso aislado: el mismo patrón se repite en los precios de la restauración en Kiev, donde una hamburguesa de un euro compraba antes un kilo de pollo. La comparación con los streamings rusos que presumen de pagar 1,50 euros al mes de gas quemando a tope 24 horas cierra el círculo irónico.
La anexión que cambia las reglas
El punto de inflexión que se señala es la certificación de la anexión de las regiones de Luhansk y Donetsk. A partir de ese momento, cualquier ataque ucraniano o de la OTAN sobre esos territorios sería interpretado por Moscú como un ataque directo al territorio ruso, lo que legitimaría una respuesta que incluye el arsenal nuclear. De ahí la movilización de reservistas y la respuesta simétrica de la OTAN. La tensión, en los días y semanas siguientes, se describe como máxima.
China ocupa el hueco
Mientras Europa discute cómo sustituir el gas ruso, los fabricantes chinos de automóviles, televisores y teléfonos inteligentes están reemplazando las importaciones alemanas y surcoreanas en el mercado ruso. El movimiento no es improvisado: responde a una planificación que llevaba años cocinándose. Rusia trata de aislarse de nuevas interrupciones recurriendo a países que no se han sumado a las sanciones, y el resultado es una reconfiguración comercial que beneficia a Pekín y deja a Moscú más dependiente que antes.
La pregunta no es si la economía rusa va a sufrir. Va a sufrir. La pregunta es cuánto tarda Europa en construir la infraestructura para recibir gas de otros proveedores y si, cuando lo haga, queda algo del mercado ruso que merezca la pena recuperar. Con estos mimbres, el cesto se teje solo.